El gobierno de la cocaína

Narcotráfico, conjuras internacionales, traiciones y muerte se hilan para formar la trama del libro testimonial El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado, escrito por Ayda Levy, esposa del magnate boliviano del caucho que habría de convertirse en el mayor productor de cocaína a escala mundial. Asociado con el líder del cártel de Medellín, Pablo Escobar, el empresario financió un golpe de Estado que en julio de 1980 llevó a la presidencia de Bolivia al general Luis García Meza. Recuerdo ominoso o advertencia futura, el texto de Levy previene acerca de las capacidades del narco para influir y controlar la vida política de países enteros. Con autorización del sello editorial Debate se presenta un fragmento de la obra.

El 17 de julio de 1980, al amanecer, desperté en la alcoba de mi casa de Santa Cruz sobresaltada por el ruido del motor de un helicóptero y disparos de armas de fuego que se escuchaban a la distancia. En ese momento escuché que un radio de transistores transmitía las notas musicales de la marcha Talacocha, signo inequívoco de que el país había despertado con un nuevo golpe de Estado en nuestra corta historia republicana. La revolución había estallado esa madrugada con el levantamiento en armas de la guarnición acantonada en la ciudad de Trinidad, capital del departamento del Beni. Enseguida me di cuenta de que la iniciativa del general García Meza y del coronel Arce Gómez, con la intermediación y apoyo logístico de Altmann y la ayuda económica de Roberto y otros empresarios cruceños, se estaba llevando a cabo tal cual había sido planificada durante los últimos siete meses. Iban a impedir a toda costa la toma de posesión de Siles Zuazo, programada para el siguiente 6 de agosto de 1980. El líder de la UPD había ganado la elección presidencial en las urnas junto a su compañero de fórmula Jaime Paz Zamora, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), quien salvó su vida de milagro al ser el único sobreviviente de un extraño accidente aéreo en el cual sufrió graves quemaduras un mes antes de los comicios, realizados a finales de junio.

A medida que pasaban las primeras horas de la mañana, el apoyo al golpe se fue generalizando, aunque todavía se libraban sangrientos combates en el resto de las ciudades del territorio nacional. En especial en La Paz, desde donde se informaba que el ejército tenía acorralados en el edificio de la COB a los dirigentes de los partidos de izquierda y los líderes del Partido Socialista. Otro boletín de prensa decía que la señora Lidia Gueiler Tejada, presidenta constitucional interina de la República, había recibido un ultimátum de parte de los golpistas para entregar de inmediato el mando de la nación a su primo, el comandante del ejército, general Luis García Meza Tejada. Antes del mediodía se confirmó el éxito del golpe. Una junta militar tomó juramento y dio posesión a García Meza como presidente.

El régimen que instauró el gobierno de facto fue de terror. Las noticias acerca de la desaparición de Marcelo Quiroga Santa Cruz y la persecución, encarcelamiento y tortura de centenares de dirigentes políticos de izquierda eran de nunca acabar. El coronel Luis Arce Gómez, ministro del Interior de la nueva dictadura, dijo en su célebre y macabro discurso de posesión que los opositores a su gobierno y los comunistas “deben andar con el testamento bajo el brazo”. Sus palabras hicieron temblar todos los estamentos de la sociedad boliviana. Fue el inicio de la “era del miedo”.

Para alejarme de la incómoda situación en que de manera incomprensible nos había colocado Roberto al aceptar colaborar con la flamante narcodictadura, decidí acompañar a mi hija a las Filipinas. Heidy fue elegida Miss Bolivia para representar al país en el concurso Miss Young International, que debía llevarse a cabo en Manila el 17 de agosto de ese año y en el que ganó el título de Miss Talento.

En el exótico archipiélago, durante los días previos al evento, tuve el tiempo y la tranquilidad necesarios para analizar los pormenores de los últimos acontecimientos ocurridos en Bolivia, y pude aclarar mis ideas. Sentía la imperiosa necesidad de agarrar el toro por las astas y retornar a casa de inmediato, para poner freno al desquiciado plan en que se había embarcado Roberto.

Como parte de los premios que recibió mi hija, embajadora de la belleza boliviana, fuimos invitadas por la organización del concurso a conocer la ciudad de Tokio. Originalmente el certamen se realizaba en la ordenada y moderna capital nipona. La invitación incluía, además, las ciudades de Hong Kong, Taipéi y Bangkok, donde fuimos tratadas con rango diplomático. Luego, gracias a la amistad nacida entre nuestras hijas, decidí aceptar la invitación de los padres de Miss India para conocer Nueva Delhi. De esa increíble ciudad, mezcla de culturas, religiones y tradiciones, partimos por cuenta propia hacia Sídney, con una breve escala en la antigua colonia inglesa de Singapur, donde disfrutamos un par de días de esa maravillosa isla, ciudad y país. En Australia nos esperaban mis queridos compadres Carol Sabag y su esposa Consuelo Rodríguez, quienes habían emigrado desde Santa Ana a esas lejanas tierras 10 años antes y no veíamos desde entonces.

Junto a ellos y sus hijos, quienes fueron nuestros guías turísticos durante la semana que estuvimos en Sídney, visitamos y recorrimos los exuberantes jardines botánicos reales, asistimos a una función de gala en la Opera House e incluso aprovechamos para tomarnos fotografías abrazando a los koalas en el Taronga Park Zoo. La necesidad que tenía de compartir con alguien de extrema confianza los problemas que habíamos tenido recientemente en Bolivia hizo que invitara a Consuelo a conocer Nueva Zelanda. Nuestra corta estadía en Auckland sirvió para ponernos al día sobre nuestras vidas y contarle mis penas y preocupaciones. Después de escuchar sus consejos, por primera vez desde mi partida de Santa Cruz me sentí reconfortada. Sintiendo un gran alivio en el alma, emprendí junto a mi hija el viaje de retorno.

La sensación de paz infinita que me dio la gira por Asia y Oceanía se esfumaría de forma gradual a medida que pasaban los días, luego de mi llegada a Bolivia. En todas las reuniones sociales se comentaba que Roberto había tomado el control total de la producción y comercialización de la cocaína a nivel nacional. Decían que había logrado elevar y mantener el precio de venta a los narcotraficantes colombianos del sulfato base hasta nueve mil dólares americanos por kilogramo, con lo que el narcotráfico dejaba, por primera vez en la historia, millonarias ganancias a los bolivianos. Lo extraño de todo esto era que nadie lo reprochaba ni criticaba. Al contrario, la admiración, el cariño y el respeto que la gente sentía por él crecían con desmesura y hasta nuestros familiares y amigos lo aplaudían. Lo más doloroso para mí y mis hijos eran los comentarios sobre las relaciones amorosas que mantenía mi esposo con incontables amantes, en su mayoría reinas de belleza y jóvenes mujeres ligadas a la farándula.

Los recuerdos martillaron mi cabeza. Recordé el oprobio que sentía por la oposición de mi padre a nuestro amor. La única vez que discutí seriamente con él fue en Cochabamba, a nuestro regreso del Uruguay, en el año 1956. Ese día me pidió prudencia y sugirió que restara entusiasmo e importancia al cuento de hadas que había vivido durante mis vacaciones de verano en Punta del Este. No podía concebir que mi relación con el hijo de su socio y mejor amigo no fuese de su agrado. Me dijo: “Muchos darían todo lo que tienen por un hijo o un hermano como Roberto, pero no como yerno o marido. Es un mujeriego empedernido”. Mi madre no pensaba lo mismo y, metiéndose en la discusión, le respondió: “El amor es un sentimiento tan noble que es capaz de cambiar la naturaleza del hombre. Tú, por ejemplo, cambiaste hasta de religión para casarte conmigo”.

Por algún motivo que el destino me tenía reservado y que no termino de descifrar hasta el día de hoy, a la edad de 23 años tomé la decisión más importante de mi vida en un instante. Los últimos años había esquivado propuestas matrimoniales de cotizados pretendientes sin siquiera pensarlo dos veces, pero a todo le llega la hora. La mañana del 11 de abril de 1958 llamé a mis padres desde la ciudad de La Paz para comunicarles mi decisión y recibir sus bendiciones. Esa misma tarde nos casamos en una ceremonia íntima en la iglesia de los Reverendos Padres Carmelitas. En la noche ofrecimos una recepción privada en la casa de la querida familia Valdivieso, a la cual invitamos a algunos familiares y a nuestros amigos más cercanos. Cuán equivocadas estábamos mi adorada madre y yo al creer que el amor podía cambiar la naturaleza de todos los hombres. Desafortunadamente, los años le darían la razón a mi padre.

Sobre mojado, llovido. La sorpresiva visita de Esteban, hijo de un criado de mi padre, me puso los pelos de punta. Por orden de Roberto, antes de mi viaje a las Filipinas éste se había trasladado hasta la pequeña población de Rurrenabaque, en la provincia Ballivián, para supervisar un nuevo proyecto agropecuario que mi esposo realizaba en sociedad con gente del gobierno para supuestamente surtir de carne vacuna a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol).

Las pocas dudas que tenía acerca del papel que desempeñaba Roberto en la abstracta pero poderosa estructura gubernamental se fueron disipando a medida que, de la boca temblorosa de nuestro empleado, las palabras fluían a borbotones con tono asustadizo. Cada sílaba me golpeaba el pecho y me quitaba la respiración. A ratos hacía esfuerzos para entender el acento de Esteban, mezcla de dialecto movima y español, cuando me contaba sobre un descomunal número de aeronaves de gran tamaño que aterrizaban en la pista de una de las propiedades. Los uniformados que llegaban en los aviones y algunos civiles con acento extranjero se marchaban de inmediato en embarcaciones de la fuerza naval. Eran los encargados de transportar la pesada carga, que consistía en centenares de turriles metálicos, bidones plásticos y maquinaria por el río Tuichi hasta un campamento ubicado en las colindancias del parque nacional Madidi, una de las mayores reservas mundiales de biodiversidad, donde en menos de lo que canta un gallo construyeron una larga pista de aterrizaje. Al despedirse, me entregó una nota escrita por el mayor de sus hijos donde pude leer con claridad las matrículas de los aviones: FAB (Fuerza Aérea Boliviana), EB (Ejército Boliviano), TAM (Transportes Aéreos Militares), CP (Bolivia), PT (Brasil) y HK (Colombia).

Lo primero que hice cuando Roberto llegó a la casa fue consultarle acerca de esos vuelos. Me dijo que una parte los hacían nuestros aviones y el resto eran aeronaves de las diferentes fuerzas del Estado que su socio y pariente, el ministro del Interior coronel Luis Arce Gómez, a nombre del gobierno, puso a disposición de la empresa para transportar combustible para los tractores y maquinaria agrícola, que estaban haciendo trabajo de desmonte y sembrando pasto en el proyecto que se encontraba en pleno desarrollo en la provincia Ballivián. Al comentarle mi extrañeza acerca de las matrículas extranjeras de algunos de los aviones que utilizaban una de nuestras pistas de aterrizaje y mostrarle el papel que me entregó Esteban, lanzó una carcajada y exclamó: “La persona que te dio esa información no sabe dónde está parada. No entiende absolutamente nada sobre códigos y nomenclatura aeronáutica”. Pasadas las fiestas de fin de año mi matrimonio estaba completamente en crisis. Una desconfianza exagerada comenzó a aflorar desde lo más hondo de mi ser a raíz de los constantes viajes que realizaba mi esposo dentro y fuera del país. Algo me decía que no me estaba contando toda la verdad.

El 8 de enero de 1981 mis hijos organizaron un gran banquete en nuestra casa de la ciudad de Santa Cruz para celebrar el cumpleaños número 49 de su padre. Entre los invitados llegados del exterior me llamó muy fuerte la atención la presencia de un par de jóvenes de nacionalidad colombiana, quizá porque no estaban vestidos para la ocasión. Roberto me los presentó como sus socios en el proyecto agropecuario que estaba desarrollando junto al gobierno en la provincia Ballivián. La extraña pareja apenas pasaba los 30 años de edad. Sus nombres eran Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha. El dúo dinámico: Pelícano y Mexicano, como los llamaba mi esposo.

Ambos eran de mirada escurridiza. El primero era de estatura media, robusto, tez blanca y bigotes. El otro era de menor altura, moreno y regordete. Este último, quien llamaba “tío Roberto” a mi esposo, era de pocas palabras. Tuve que leer sus labios durante el breve diálogo que mantuvimos para tratar de adivinar lo que me decía, debido a su marcado y cerrado acento. Escobar, en cambio, era dicharachero. Se deshizo en halagos dirigidos a su anfitrión, a mi persona y a mis hijos.

Mientras conversábamos, Roby ordenó a los empleados que encadenaran a un árbol una pareja de tigres que teníamos en el jardín para evitar cualquier susto o accidente con alguno de los invitados. Al verlos, Escobar estalló de alegría y dijo: “Ave María, don Roberto. No me voy sin que me regale un par de esos gaticos. Van a ser el adorno de Nápoles”. Luego, dirigiéndose a mí, prosiguió: “Distinguida señora, ojalá que en un futuro no muy lejano decida acompañar a su esposo a mi tierra. Será un honor recibirla y atenderla en mi casa como usted se merece”. Agradecí su invitación por pura gentileza, consciente de que jamás él ni ningún otro de su especie tendría tal honor. Hice esfuerzos para encontrar alguna razón que me ayudase a entender la presencia de estos individuos en mi casa y, peor aún, que fueran socios de Roberto, con quien no tenían nada en común.

Durante el almuerzo, la mayor parte del tiempo el “dúo” se mantuvo callado y alejado del resto de la gente. Observaban atentamente de pies a cabeza a los otros invitados, quienes, además de nuestros familiares, eran dignatarios de Estado, miembros del cuerpo diplomático, empresarios y representantes de las familias tradicionales del país. Sólo noté su entusiasmo cuando un grupo de mariachis ingresó entonando las melodiosas notas de El Rey, un tema ranchero que se había puesto muy de moda en los últimos meses y no había festejo ni celebración en la cual no se escuchase. Los colombianos fueron los primeros en irse ni bien terminaron de comer. Cuando se despidieron, recordé el viejo refrán que siempre repetía mi madre cuando mis hermanas querían acortar las largas sobremesas de tertulias familiares: “Indio comido, indio ido”. Noté que, antes de partir, se acercaron al coronel Luis Arce Gómez, con quien conversaron por algunos minutos. Enseguida, el propio ministro del Interior los acompañó hasta la entrada principal de mi casa y ordenó a su edecán que los llevara al aeropuerto en una unidad oficial del ejército de su uso personal.

Los últimos comensales se marcharon con algunas copas de más al caer el sol. Lo primero que hice al quedar a solas con Roberto fue cuestionarlo sobre qué tipo de relación comercial podía tener un respetable hombre de negocios como él, hijo del patrón de Santa Ana y rey del ganado, sobrino nieto del amigo de los reyes de Inglaterra y España, bisnieto del fundador de la Casa Suárez y rey de la Quinina y sobrino bisnieto del rey de la Goma, con ese par de bandidos. Su respuesta me dejó muda: “La participación de ese par de bandidos, como tú los llamás, es fundamental para sacar al país de la pobreza”. Ante la contundencia de sus palabras y el tono de su voz, no tuve más remedio que morderme los labios y quedarme callada para no estropear con una discusión sin comienzo ni final tan bonita noche y lo que quedaba de ella.