De rituales y vacuidades

Al presidente Enrique Peña Nieto lo envuelve la vieja iconografía priista. No obstante, aunque el tradicional ritual cobra vida y se activan vocablos y personajes que por años estuvieron en la sombra, al nuevo mandatario le falta el histrionismo de la vieja clase política que durante décadas ostentó el poder. De ello dio prueba en la cena ofrecida por él y su antecesor en el Palacio Nacional y durante la ceremonia de su investidura. El PRI retorna a Los Pinos inmerso en usos y costumbres… y vacuidades.

Reticente a desaparecer de la opinión pública, la noche del 30 de noviembre el aún presidente Felipe Calderón organizó una cena en Palacio Nacional a la que acudieron varios de los extranjeros invitados por el mandatario electo Enrique Peña Nieto a su investidura.

Luego de departir con dignatarios, jefes de Estado y de gobierno e incluso miembros de la nobleza europea, Calderón esperó la llegada de Peña Nieto para, juntos, encabezar una ceremonia de transmisión del mando de los nuevos responsables de las Fuerzas Armadas y del gabinete de seguridad que reditó la forma en que Calderón asumió el poder seis años atrás.

Los invitados fueron testigos de un singular evento protocolario en el que Calderón entregó la bandera a su sucesor. En su afán por fortalecer el presidencialismo mexicano, desde su toma de posesión el priista Peña Nieto puso en movimiento una fusión de estilos, conductas y lenguajes de los otrora fastuosos rituales del PRI con las formas propias de los panistas.

Esta vez la ceremonia se institucionalizó y fue transmitida por los canales gubernamentales. Se pudo observar, por ejemplo, el momento en que el gabinete de seguridad rindió protesta ante Peña Nieto y cómo, en cuestión de minutos, cada uno se marchó a sus nuevas oficinas.

Aunque la Carta Magna sólo prevé la ceremonia en el Congreso, donde el mandatario saliente entrega la banda presidencial a su sucesor, quien rinde protesta conforme a lo establecido por la propia Constitución.

Si bien convocó a Palacio Nacional el 30 de noviembre, Peña Nieto se reservó el besamanos, pero se apropió del formato utilizado por los panistas en su toma de posesión.

 

El nuevo PRI

 

El sábado 1 la procesión de potentados parecía interminable en Palacio Nacional. Al lugar llegaron el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, así como los presidentes centroamericanos y el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.

Los trajes de los asistentes, diplomáticos en su mayoría, recrearon en el Patio Mariano una atmósfera cosmopolita, resguardada por los centenarios muros de Palacio Nacional y por miles de soldados y guardias presidenciales desplegados en el Centro Histórico capitalino.

Era una concentración elitista en la que estuvieron en la misma fila empresarios como Carlos Slim, Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas Pliego repartiendo sonrisas, pese a las guerras que los enemistan en el ámbito de las telecomunicaciones.

En lo general el PRI regresa al poder acompañado de rostros conocidos como Fernando Ortiz Arana, Humberto Roque Villanueva, Jorge de la Vega Domínguez, Gustavo Carvajal Moreno.

A Peña Nieto lo acompañan también personajes como Eliseo Mendoza Berrueto, presidente de la Cámara de Diputados con Miguel de la Madrid, a quien muchos ya ni recuerdan. También estuvieron los presidentes de los comités estatales del PRI, los gobernadores del partido, algunos presidentes de congresos locales y, naturalmente, la dirigente del sindicato magisterial: Elba Esther Gordillo.

En los viejos tiempos los priistas solían acompañar estos eventos con silbatos de ferrocarrilero, matracas y sonoros vítores, mientras en las bocinas sonaban los acordes de “Jesusita en Chihuahua” o “La marcha de Zacatecas”. Esta vez fue diferente.

Más que emanada de las “fuerzas vivas” del partido, la concurrencia era glamorosa, por lo que el sonido ambiental fue cuidadosamente escogido. El ambiente se saturó de música instrumental cuando se colocaron las pantallas en Palacio Nacional para observar la transmisión de mando en el Palacio Legislativo de San Lázaro. Y cuando la ceremonia terminó, se oyó la popular melodía “Devórame otra vez”.

También se oían los aplausos en medio de una discreta y refinada algarabía de los asistentes, acostumbrados a los eventos solemnes, entre ellos algunos de los integrantes del gabinete peñista, muchos de los cuales han estado en activo desde que hace décadas iniciaron su carrera política: Gerardo Ruiz Esparza, Emilio Chuayffet, Enrique Martínez, Pedro Joaquín Coldwell…

Algunos se encumbraron durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari: como el mexiquense Chuayffet, gobernador y secretario de Gobernación en ese periodo; Francisco Rojas, quien estuvo al frente de Pemex ocho años; Jesús Murillo Karam, gobernador de su natal Hidalgo y Claudia Ruiz Massieu Salinas, hija del asesinado José Francisco Ruiz Massieu y sobrina del exmandatario.

Cachorros de los cachorros de la Revolución, quizá, aquellos cuyos padres fueron asesinados o antaño los cubrió la tragedia también encuentran su lugar en el regreso del priismo: Luis Donaldo Colosio Riojas, uno de los invitados que más llamó la atención en la ceremonia, aunque se desconoce si será invitado por Peña Nieto.

Los que sí quedaron bien posicionados son Luis Videgaray e Ildefonso Guajardo, quienes incursionaron en la política durante el salinismo.

En general, el gabinete y la concurrencia que acompaña a Peña Nieto en el arranque de su gobierno no causó sorpresas; tampoco la asistencia de los gobernadores de izquierda y de Miguel Ángel Mancera.

Lo que sí llamó la atención es el nombramiento de José Antonio Meade como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la reaparición pública de Josefina Vázquez Mota desde que fue derrotada en julio.

Axioma de partido: En política no hay sorpresas, hay sorprendidos.

 

Las fuerzas vivas

 

En el PRI, el partido de las formas, hay lenguajes, invocación de vocablos, maneras, gestos, tonos. No obstante Peña Nieto parece ajeno a todo eso. El sábado 1 se dedicó sólo a repartir saludos, sonrisas y miradas.

Sin embargo, los vocablos resurgen. Las palabras del pasado se convierten en promesas de futuro: institucionalidad, unidad nacional, principios revolucionarios.

Peña Nieto afirmó incluso que “el pasado es identidad y fuente de inspiración”; también, que “la democracia llevó su tiempo”. Y aunque aludió al 2 de octubre de 1968, omitió decir que la matanza estudiantil fue perpetrada por los poderosos de su partido.

Cuando dijo que ha habido estabilidad macroeconómica desde hace tres lustros, se cuidó no mencionar el llamado “error de diciembre” de 1994.

A ratos se emocionó y habló de “pasión por México” e insistió en la palabra “oportunidades”, emulando a su antecesor, Felipe Calderón, quien casi en los mismos términos solía hablar, en ese orden, de país democrático y plural, con libertad de expresión y justicia.

De eso habló Calderón en la cena del pasado 30 de noviembre en Palacio Nacional 14 horas antes de entregar la banda presidencial a Peña Nieto. Ambos dijeron que la transición fue “ordenada, transparente y apegada a la ley”. Los dos, también, parecen tener un programa similar: anunciaron en su periodo de transición, transparencia y combate a la corrupción, incluso ensalzaron a las Fuerzas Armadas.

Calderón quería la cobertura universal de salud; Peña Nieto habló de seguridad social universal. Calderón lanzó un acuerdo por la educación que fracasó, Peña planteó lo mismo.

También hubo asomos militaristas: el panista declaró la guerra al narco, el priista lanzó ya una cruzada contra el hambre, aunque también da coba el Ejército al decir que su eje central es combatir la pobreza.

El panista presumió la infraestructura de su gobierno; el priista invertirá hasta en ferrocarriles. El presidente saliente no pudo con la disputa por las telecomunicaciones; el que llega anuncia dos nuevas cadenas de televisión.

Y si bien, en las giras de su partida Calderón aseguró que estaban sentadas las bases para un México más moderno, próspero, seguro y justo, Peña Nieto tendrá que iniciar esa tarea para concretarlo:

“En la vida de un país, seis años son un periodo corto, pero 2 mil 191 días son suficientes para sentar las bases de un país próspero, de oportunidades y de bienestar para todos”.