La crítica por descrédito, que arropa el fin de este sexenio, busca en las deficiencias personales del titular del Poder Ejecutivo las causas del fracaso estrepitoso en que deja sumido al país. El coro descalificador ensaya de consuno en la partitura de don Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar. Sólo ahí se busca el origen de tanta pifia. Casi no se oye diversidad en el análisis, mucho menos voces disonantes que parapeten la defensa de Felipe Calderón. Su condena histórica inicia en vida, antes de que aborde la barca de Caronte, antes de que entregue siquiera la banda presidencial.
Es fórmula de nuestro canibalismo despedir con rechifla y trompetilla al rey destronado. Decían los viejos que “del árbol caído todos hacen leña”. Pues a éste árbol no esperamos siquiera a verlo tirado. Ya en proceso de disecación le estamos amputando las ramas. No hay sorpresa en el hecho. Aunque todas son condenas a toro pasado, cuando ya no puede el hostigado dar vuelta a sus buriles para herir, cuando se le tiene acorralado y ceñido, o reducido a la impotencia por decirlo con modos taurinos. Una vez convertido en nuestra presa favorita, haremos cera y pabilo con él por unos días, para luego lanzarlo a la palestra del olvido. Son nuestras formas acostumbradas.
Lo extraño reside en la insensibilidad del castigado en captar el retiro del favor público. Desde las oficinas de la Presidencia, desde donde se emite el cuidado de su imagen, siguió saliendo la loa insistente; continuaron el halago y la festinación de lo acertado de sus actos, la calificación positiva a sus medidas de fuerza. No se detuvo él ante el crimen artero ni la tierra arrasada. Inundó el país con una terrible ola de sangre. Pero de esos comunicados propagandísticos no destila un asomo de autocrítica, ni siquiera por el apotegma clásico de que “alabanza en boca propia es vituperio”.
De los videos generados y transmitidos al público los hay hasta procaces. Sirva de ejemplo aquel donde el abuelo ilustra a sus nietos ingenuos e inocentes con una lección histórica ante el fuerte de San Juan de Ulúa: “Los valientes de 1823 nos dieron aquí la independencia”. Y ¿qué pasó con tales valientes?, preguntan los infantes: “Siguen estando ahí, en la Sedena, en la Armada de México”. ¿Continúan acaso combatiendo contra el despotismo español o profundizan en nuestra ya conquistada independencia? De verdad que tales comerciales políticos no soportan el más leve análisis.
Otro ejemplo que apabulla es el recuadro en el que “el presidente del gobierno de la República” da las gracias “por hacer de éste un sexenio valiente”. ¿A quién se las da? ¿A los ciudadanos o a los militares? Más adelante alude con claridad a los señores de las bayonetas, cuando les da las gracias por “darlo todo por nosotros”. Pero sean aludidos los milicos, como ciudadanos comprometidos con la custodia de la salud de la República, o sea la masa informe que sostiene toda la tramoya con el pago de los impuestos, ¿cuándo autorizamos de manera expresa que llevara las medidas de fuerza hasta el extremo, como lo hizo? Y aunque lo hubiéramos hecho, ¿la ejecución alevosa de más de 90 mil ciudadanos da para ser festinada?
Hay en este punto en particular dos manchas que nunca van a poder ser borradas. La primera es la responsabilidad por nunca haber agotado para los muertos la presunción de inocencia, pues no se les dio la oportunidad de ser juzgados y declarados culpables. No llevarlos ante un tribunal, ¿es timbre de orgullo para un gobierno? Y si está prohibida la pena de muerte, ¿puede pavonearse de cumplir y haber hecho cumplir las leyes que nos rigen? La otra es evadir su responsabilidad por haber orillado a tantos ciudadanos a la delincuencia, como secuela del modelo económico impuesto y sostenido desde el gobierno. ¿Era solución atinada entonces la ejecución sumaria? Y más: ¿es válido decir que fue una solución valiente?
En marzo de 2011 ya sonaba escandaloso el número de víctimas: 35 mil muertos. Según el Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos (IDMC, por sus siglas en inglés), 230 mil personas habían abandonado sus lugares de origen; la mitad había buscado refugio en Estados Unidos (La Jornada, 26 marzo de 2011). Tal migración forzada derivó de esta violencia desatada.
El gobierno tenía que haber puesto su cuero a remojar. No lo hizo. Al contrario, ahondó en tan errónea línea. Ahora se maneja en 100 mil la cifra de los muertos. El Pentágono propone un tope de 150 mil.
Como el sonsonete laudatorio proviene de las oficinas de la Presidencia, obligan las preguntas: ¿Es esta elevada suma de crímenes resultado de una conducta política valiente? Tanto sadismo, tanta alevosía, ejercida por quien posee el monopolio de la fuerza, ¿puede ser calificado como pundonor, como servicio a la patria? ¿Quién es la patria, que exige tamaños y tan incomprensibles sacrificios? ¿Quién decide segar la vida de los iguales, sin siquiera dar el derecho de barandilla?
¿A qué absolutismo invocar, tan pertinaz y tan terco, que no se ha detenido siquiera en el crimen desatado? ¿De qué valentía se presume, si el enemigo, embozado y fulminado, ni siquiera ha mostrado su rostro? ¿De cuál valentía habla, pues, el poder establecido, si estuvo sacrificando a quienes tenía que cuidar o enderezar?
No hay forma de entender lo ya vivido. Lo mejor será tirarlo al muladar de la historia, como error pasado. Para adelante queda, como clamor unitario, que este infausto baño de sangre debe ser detenido. Para esto hay que ir a la fuente real que lo originó y parar la masacre. Tan proterva violencia nos viene de las ocultas esferas del poder, de la instancia obligada a buscar la concordia y los arreglos pacíficos entre los ciudadanos.
La función primordial del poder, y en ello reside su propia razón de ser, consiste en buscar y aportar todos los medios y las herramientas posibles para que los ciudadanos, en sus litigios, no acudan al enfrentamiento y no diriman sus diferencias por la vía violenta. Esta vocación por la paz, alimentada y sostenida desde los nichos del gobierno, es la única que da realmente cariz de valentía a sus actos.
Si no actúa de tal modo, sus excesos sólo obedecen a móviles de cobardía, de mezquindad y de abyección sojuzgante. Entonces, eso de estar calificando de valientes a sus actos, que son generados por una irracionalidad inducida, es mero cinismo, es sadismo puro, estupidización tolerada y fracaso teledirigido. El cuadro ya está chueco. Habrá que enderezarlo. Ya veremos si lo entienden los que llegaron al relevo.








