“Einstein en la playa”

Robert Wilson y Philippe Glass, en colaboración, crearon en 1976 la ópera minimalista Einstein on the beach que fungió como un parteaguas en los escenarios de aquella época al jugar con música, teatro, danza, performance, canto y video.

La partitura de esta ópera en cuatro actos, fiel a los principios del minimalismo, está construida a partir de un simple patrón, acordes o frases manifiestas que se repiten con ligeros y paulatinos cambios. Así, la duración del espectáculo rebasa las cuatro horas, no tiene intermedios y entre cada acto se incluye un interludio nombrado como un Knee play musical que podía utilizarse de descanso.

La propuesta de Robert Wilson, como director, diseñador escénico y de iluminación, es alejarse del naturalismo y transmitir al espectador la tensión que procuró en las 9 escenas. La tensión no se da de golpe sino a partir de un ritmo monótono con cambios poco perceptibles. La imagen avasalla, toca el corazón y nos dejamos sumir en un estado casi hipnótico que nos conduce sin usar el intelecto o la interpretación de cada imagen plástica. Sí hay chispazos que nos invitan a pensar en la revolución que Einstein implicó para el mundo: el descubrimiento de la energía atómica, la posibilidad de los viajes espaciales, ir del tren de vapor al autobús, entre muchas otras. Y es porque vemos de pronto un cohete pequeño atravesar lentamente toda la bocaescena del Palacio de Bellas Artes o una imagen total con pequeñas letras explicando la bomba atómica o a muchos hombres trazando, escribiendo y calculando.

También hay imágenes o sucesos emblemáticos relacionados con este gran científico: los miembros del coro se cepillan los dientes al unísono y rematan sacando la lengua, el violinista usa una peluca cana asemejando al maestro, y todos los actores y bailarines portan el pantalón, la camisa y los tirantes que caracterizaba a Albert Einstein. Visualmente los íconos de las matemáticas y la física están presentes: la teoría de la relatividad, los signos geométricos y el coro contando del uno al ocho o enunciando las notas musicales. Seguramente la totalidad de  Einstein on the beach tiene una interpretación, una asociación o una metáfora, pero al presenciar el espectáculo nada más le queda al espectador quedarse quieto observando y dejando que, aún con el peso de la monotonía y el tiempo, las imágenes circulen en nuestro cuerpo y nuestra mente. Wilson señala que su teatro “no busca significar, sino ser; que es un teatro que late siguiendo el impulso de la intuición”.

Para Robert Wilson la comunicación no se da a través del lenguaje –sus primeros espectáculos fueron casi en silencio–, y en esta ópera incorpora la poesía de Charles Knowles con el que trabajó en su primera obra en 1969, El rey de España. Charles Knowles es un poeta autista cuyos textos son aleatorios, libres en el decir y cuyos significados van y vienen en un subtexto invisible. Wilson, hasta la fecha, incorpora en sus espectáculos la poesía de este autor con el cual se identificó desde un principio porque él también tuvo, desde niño, problemas con el aprendizaje y la verbalización. Un par de textos más: los del juez y el chofer, fueron ideados por Samuel M. Johnson, actor que interpretó esos personajes en el primer estreno de la ópera.

La coreografía de Lucinda Childs es muy al estilo de los años setenta, donde se desprende del acartonamiento de la danza clásica pero que de ninguna  manera  se libera.

Einstein on the beach no sigue una anécdota ni una trama; son escenas como fotos poderosas que se mueven lentamente con seres vivos y existen simultáneamente a un ritmo musical repetitivo, frío pero penetrante, con voces que reiteran una y otra palabra, frase u  oración al estilo de Philippe Glass y también de Laurie Andersen con la que colaboró en los setenta.

Para Glass es una obra antibelicista, pero sea lo que sea, no deja de impresionarnos esta puesta en escena que el fin de semana se presentó en el Palacio de Bellas Artes y que en pleno siglo XXI, incorporando la tecnología de hoy, se mantiene a la vanguardia dentro de la tendencia escénica donde la imagen y la música son las protagonistas.