El hispano Alex de la Iglesia es un artista encolerizado, un maestro de la farsa cáustica, la finalidad de su obra es criticar y enjuiciar a la sociedad de consumo y a sus instituciones, de ahí que sus personajes a veces se sientan un poco planos, diseñados para ilustrar ideas más que gente de carne y hueso que sufre y goza; ahí radica, también, la diferencia con Almodóvar, otrora su descubridor y productor (Acción mutante, 1993), para quien la carne y el hueso, la ley del deseo, quedan por encima de dictaduras y prejuicios.
A primera vista, La chispa de la vida (España-Francia, 2012) carece del humor de trabajos anteriores, como El día de la bestia; faltan ácido y retruécanos; lo que ocurre es que la anécdota se haya tan estirada que un poco más de estire y todo revienta, había que agarrotar, literalmente, para sujetar el cuerpo de la cinta.
Desempleado por largo tiempo, Roberto (José Mota), un publicista, viaja con su esposa, Luisa (Salma Hayek), para visitar con ella el hotel de Cartagena (Murcia) donde habían pasado su luna de miel; en el lugar del romántico hotel se construye ahora un museo turístico para mostrar el teatro romano del lugar. Para colmo de la mala suerte, Roberto tropieza sobre un andamio donde se clava una barra de hierro en la cabeza; sobrevive paralizado, sólo puede mover los brazos y nadie se atreve a moverlo por temor de algo peor. En tropel llegan la prensa y los medios de comunicación, nacionales e internacionales; el publicista decide aprovecharse de la situación. El dilema es que amigos y socios saben que para que la cosa produzca como se debe, Roberto tendría que morir. Quién ganará, ¿el individuo o la deshumanización de las agencias de comunicación que explotan el voyerismo del público?
La alegoría es evidente; difícil respirar en esta tirantez. Todos los temas que indignan al director están aquí presentes, el desempleo con sus millones de desempleados, el paro que paraliza, la comercialización turística que destruye la posibilidad de un refugio romántico, y, sobre todo, la explotación mediática del dolor humano. Todo puede ser motivo de espectáculo y contabilizarse en dinero. El anfiteatro romano es ahora el lugar de la lucha de un desgraciado frente a los medios, los nuevos leones del circo; el dios al que se ofrenda este cristiano es el capital. No hay problema de interpretación, el eslogan de la Coca-Cola es el título del filme.
Empalado por el sistema de mercado, con una barra de hierro en la cabeza, la risa no se da fácil; José Mota sostiene su personaje con un rostro serio, apenas alguna disquisición que da lugar a la risa, o situaciones marginales, como la de una vecina preguntándole si le apetece un trozo de tortilla española. El comentario de Luisa, estupenda Salma Hayek, de que “no hay cosa más difícil que regresar la noche a casa, sin empleo”, habla del dolor que contiene la imagen del hombre estacado que sólo puede hallar su mejor suerte convirtiéndose en fenómeno de feria; y aquí la risa se borra porque Luisa queda a cargo de la sensatez, la dignidad que se resiste aún a entregarse, por un pedazo de tortilla, al circo mediático.








