“Lady Hamlet”

El “ser o no ser” esta vez no es pronunciado por un joven que fingiendo enloquecer trata de vengar la muerte de su padre. En esta ocasión, la versión de Aurora Cano a la obra de teatro Hamlet de William Shakespeare, es ella, la protagonista, quien venga la muerte de su madre, la reina, y toda la historia gira alrededor de ella.

Se agradece que la propuesta no sea de actrices interpretando personajes masculinos, es decir mujeres queriendo ser hombres, sino que, con arrojo, la directora haya visualizado la posibilidad de que el mundo esté escrito y encabezado por mujeres. En general se logra el cometido aunque por momentos haya textos o personajes, como el de Ofelia, que difícilmente sostienen la inversión.

La obra abre con la aparición del fantasma de la madre de Lady Hamlet, interpretado con solidez por Margarita Sanz, la cual plantea uno de los conflictos sustanciales de la obra: “¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar las armas?”. Las preguntas en las que se ven envueltos los personajes centrales de la tragedia sobre cómo enfrentar la  adversidad,  manejar  el odio, la venganza o el amor no correspondido, más allá de cuitas domésticas, es indistinto para el género masculino o femenino, y ver representando a la nueva reina Hamlet, a la madre de Fidelio/Ofelia, Polonio, o la propia Lady Hamlet, confirma la visión contemporánea de estar por encima de los roles (aunque sólo sea en concepto, porque bien sabemos que esta desigualdad subsiste hasta nuestros días).

Aurora Cano incursiona en un modo distinto de ver una tragedia shakespiriana y elige una estética a partir de una cámara negra con una esfera/círculo con distintas proyecciones que imprimen color al escenario, así como ciertos colores en el ciclorama. La luna permanente, con imágenes que hacen una metáfora o referencias análogas a lo que sucede en la acción, da unidad a la propuesta y la estética en el diseño de la escenografía realizado por Cuarto-B, y la iluminación discreta y atinada de Gabriel Torres está acompañada de un vestuario en distintas gamas de grises, diseñado por Mario Marín, que combina lo clásico con lo contemporáneo, correspondiendo muy bien a la intención misma de la obra.

Es llamativa la versión de la directora en cuanto a la inversión de géneros, aunque es débil dramatúrgicamente hablando, pues el ritmo es irregular, el intermedio en el último fragmento es innecesario y los agregados a la mexicana rompen con el estilo planteado.

Los actores son de primera línea, entre los que se encuentran, además de Margarita Sanz, Ana Chiocchetti, Marcos García y Rafael Pimentel. Los actores más jóvenes salen avante del reto aunque se quedan en la superficie en cuanto a la interiorización y fuerza dramática que sus personajes requieren, por lo que la dirección de actores es más débil que las resoluciones escénicas, tan acertadas, que la directora Aurora Cano consigue en esta propuesta. Fidelio, por ejemplo, en cuyos textos se mencionan sus cualidades, no corresponde a la interpretación del actor, y Lady Hamlet no logra la intensidad y fuerza que su personaje requiere.

Aun así, el resultado es atractivo tanto por el juego con el género como por la estética propuesta y el contraste musical que incluye fragmentos de música mexicana que chocan en un principio, pero que finalmente nos hacen más cercano este drama inglés con aires universales.