Ruta de la muerte

Los indocumentados centroamericanos que atraviesan México en su ruta hacia Estados Unidos lo arriesgan todo. Saben que su itinerario está plagado de peligro: secuestros, extorsiones, asaltos, sobre todo para quienes recorren la llamada ruta del Golfo. Pese a ello, siguen saliendo de sus países, principalmente de Honduras y El Salvador. Ellos resumen su drama con una frase: “Venimos decididos a todo, incluso a perder la vida a manos de Los Zetas”.

“Venimos decididos a todo, incluso a perder la vida a manos de Los Zetas.”

Muchos de los indocumentados centroamericanos que atraviesan Guadalajara en su camino hacia Estados Unidos repiten esta frase con frecuencia. Antes, dicen, utilizaban la ruta del Golfo de México porque la situación era menos peligrosa.

Israel Melgara Enrique, un hondureño de 33 años originario de Santa Bárbara, justifica su viaje lleno de riesgos: “Siempre me ha gustado Estados Unidos”.

No es la primera vez que se dirige al norte. En 1990, cuando tenía 18 años, dejó su tierra por primera vez. Desde entonces, relata, “van como seis veces que voy y vengo. Ya le sé las mañas al camino. Ahora está más difícil que antes, está más duro ya sea por los ladrones y por Los Zetas; por un montón de cosas, ahora uno arriesga más la vida”.

Abre sus ojos claros cuando narra que Los Zetas tienen una consigna contra los migrantes: “Si no les da uno la cuota –dice–, no te dejan pasar. Te golpean y hasta te matan. La cuota es de 100 dólares por cabeza: la tiene uno que soltar desde que cruza la frontera, sólo por caminar en estas vías”.

–Y ustedes, ¿cuentan con esa cantidad? –se le pregunta.

–Nadie la tiene. Pero te obligan. Si no se las das, te golpean o te matan. Ellos traen armas; uno va sólo con la mano de Dios.

En Estados Unidos, Israel ha trabajado como roofie (reparador de techos) en Chicago y Denver. En su tierra natal era agricultor, pero el dinero que percibía era insuficiente para mantener a su esposa y sus tres hijos.

“Hace un año jalé para allá con mi señora y mis niños, pero ya no hubo trabajo y nos regresamos. Estaba ganando mil 200 dólares a la semana, pero bajó la chamba. Voy a ahorrar para que viva bien mi familia, igual que yo por acá. A mis niños no los voy a dejar. Lo que ando haciendo es por ellos, pa’ que estudien y no queden igual de burros, como yo, que nada más hice la primaria”, comenta.

Durante la entrevista, Israel y otros 20 inmigrantes esperan el tren de las “cuatro máquinas” que los llevará a Nogales. Suspira. Dice que todavía le falta tomar “un chingo de trenes”.

Al fondo, un paisano suyo interpreta un rap en inglés. Tiene el cuerpo lleno de tatuajes y consume mariguana. Lleva lentes oscuros. Lo acompañan varios compatriotas, quienes forman un círculo a su alrededor para pasarse la verde.

La escena se desarrolla en un tejabán, a un costado de una enorme fábrica de cerveza. Junto a este derruido refugio hay una pequeña barda en la que está recargada Angelina, la única mujer del grupo, también originaria de Santa Bárbara. Madre de cinco menores cuyas edades oscilan entre los cinco y 17 años, decidió emigrar a los Estados Unidos por la miseria en que vive.

En su pueblo, dice, se dedicaba a cortar café. “Ahora voy ver de qué me toca trabajar”, comenta. A sus hijos los dejó al cuidado de su pareja, quien previamente había emigrado al país del norte pero como “no hizo nada estando allá”, Angelina le dijo que ahora le tocaba ir a ella. Él se quedó a cuidar a los niños.

Al despedirse, su marido le advirtió sobre los riesgos que afrontaría en ese tren, que era peligroso para una mujer. “Yo le dije: pues que Dios que me ayude”, relata Angelina. Y añade: “Por eso me vine”. El día de la entrevista llevaba 18 días de travesía en compañía dos de sus cuñados.

Corrió con suerte, pues muchas mujeres son atrapadas por delincuentes apenas cruzan la frontera sur, comenta Alfredo Sandino, quien en un principio se negó a platicar su experiencia acuciado por el hambre; no había probado alimento en varios días.

Originario de Tegucigalpa, la capital de Honduras, Alfredo dice que es la primera vez que sale de su país, el cual abandonó hace 30 días. Dice que decidió tomar la ruta del Pacífico, en lugar de la del Golfo, “porque por ese lado están macheteando, asaltando y matando a los migrantes. A mí me quitaron mis documentos, mi dinero –4 mil 500 lempiras–, y una mochila. Por poco me llevan (secuestrado)”.

Él ingresó a México con otras 80 personas. Ya en territorio chiapaneco, en la zona conocida como La Arrocera, fueron emboscados por un grupo que se desplazaba en cuatro camionetas y otros autos sin placas. Sus integrantes “iban tapados de la cara” y armados con metralletas. Se llevaron a tres señoras de origen salvadoreño, mientras que a los hombres los despojaron de sus pertenencias y los patearon. Muchos alcanzaron a correr.

De los 800 indocumentados sólo volvió a ver a cinco. Ahora anda solo. “Así es mejor –asegura–. Voy a Sinaloa”.

Relata: “No crea que es un juego. No ando así por gusto, también en el tren se pone peligroso. Me ha tocado ver cómo algunos compañeros son despedazados. Hace tres días, por ejemplo, a una señora la partió en dos. Eso pasó llegando a Arriaga (Chiapas). Cuando se quiso subir se le fue la pata, se cayó en un riel y le pasó la rueda encima. Otros se caen mientras están dormidos. Yo me amarro para no caerme. El tren se zangolotea mucho”.

Su propósito, dice Alfredo, es llegar a Carolina del Norte, donde vive un sobrino que le ayudará a conseguir empleo en el campo de tabaco. Admite estar desesperanzado y él mismo se pone como plazo 15 días para llegar a su destino. “Si no, me regreso. Ya me cansé de pasar por tantas cosas”.

Y remata: “Ya me robaron; me correteó la policía, y casi me secuestran. Uno no duerme bien porque en las vías también roban. Nadie te ayuda; todos desconfiamos de todos”.

Su compatriota Mauricio Cuatro, originario de Danlí El Paraíso, es optimista y confía en llegar pronto a su destino. Ya lo hizo en 1999, cuando viajó por primera vez a Estados Unidos. Allá estuvo hasta 2008, cuando decidió regresar a su país para estar algunos meses con su familia.

En Estados Unidos Mauricio encontró empleo en el área de la construcción, donde hace de todo. Dice que aun cuando nunca ha transitado por la ruta del Golfo, sabe de los peligros que entraña hacerlo. “Me he enterado que a quienes se internan en ella los asaltan y a veces llegan a matarlos. Gracias a Dios a nosotros no nos ha pasado nada”.

Al llegar a la frontera Mauricio buscará a un “pollero” y le pagará 5 mil dólares para que lo pase al otro lado junto con su sobrino Franklin.

La ZMG como refugio

 

Hace dos años, los inmigrantes se mantenían en las zonas aledañas a las vías del tren. Hoy se les puede ver por toda la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG), donde buscan ayuda económica, además de comida, ropa y zapatos.

Para Eduardo González Velázquez, doctor en ciencias sociales e investigador del  Tecnológico  de  Monterrey,  la decisión de los inmigrantes de salir a calles transitadas se debe a que “llegan cansados, golpeados y deciden estar mucho más tiempo de lo que normalmente estaban (…) algunos me han dicho que deciden quedarse y emplearse, están buscando trabajo en la Central de Abastos y en obras de albañilería para reunir dinero y continuar su camino”.

González Velázquez conversó con un migrante que había sido deportado de California y estaba trabajando en el tianguis del parque Morelos para conseguir dinero y regresar a Estados Unidos. Estima que esta práctica será cada vez más común, por lo que no descarta una presencia mayor de migrantes en Guadalajara.

Si antes sólo estaban de paso, “hoy han decidido quedarse un poco más para agarrar dinero, aire y fuerzas para seguir su camino –menciona–. Sin embargo, también me he encontrado a muchos que andan en Guadalajara, pero de regreso al sur, a su país”. La mayoría son de Honduras y El Salvador.

Proceso Jalisco encontró a Toño, un hondureño con su brazo enyesado y una mochila en la espalda que pedía dinero a los automovilistas en el cruce de las avenidas Chapultepec y Washington.

“Tengo 15 días aquí. Voy a San Antonio a buscar trabajo, pero me tuve que quedar porque me rompí mi brazo y así no me puedo subir al tren. Necesito las dos manos”, comenta.

Admite que no le gusta pedir limosna, pero le urge tener dinero para proseguir con su camino. Dice que en el comedor FM4 ha recibido atención por parte de los voluntarios que atiendan a los indocumentados en tránsito hacia Estados Unidos.

En sus dos años y medio de operaciones, la organización FM4 ha ayudado a 10 mil migrantes, en su mayoría hondureños, con comida, ropa, asesoría jurídica y medicamentos.

De los 450 que llegan cada mes al comedor sólo 2% son mujeres. A ellas, dice Alonso Hernández López, uno de los encargados del establecimiento, se les permite estar hasta tres días.

Subraya que hay excepciones: “Para la atención en el comedor, por ejemplo, si sabemos que el tren salió muy rápido, prolongamos el servicio de atención, pero normalmente tres días alcanzan perfectamente para que una persona alcance a abordar el siguiente”.

Sobre los guatemaltecos, el investigador del Tec de Monterrey considera que en su mayoría deciden emigrar sólo a Chiapas, incluso “consiguen permiso del Instituto Nacional de Migración para venir a México y luego regresan a su tierra. A ello se debe que no los encontremos tan adentro del país”.

Sobre este punto, Hernández López, del área de investigación del FM4, expone dos teorías sobre los inmigrantes hondureños: la primera es que entre ellos se corre la voz de que la ruta del Pacífico es más segura; la segunda, que prefieren ir a California porque ahí están asentados muchos de sus compatriotas.

Por el contrario, explica, “en la ruta del Golfo o la que atraviesa el centro del país y termina en Ciudad Juárez están expuestos al secuestro, la muerte o la cooptación por parte de sicarios, quienes los obligan a incorporarse a las organizaciones del crimen organizado”.

–¿A qué se debe que los indocumentados se internen en la ZMG? –le pregunta la reportera.

–Hay factores externos que visibilizan su presencia. A raíz de la masacre de San Fernando, Tamaulipas, los medios de comunicación comenzaron a darle espacios al tema migratorio. A ello se debe que la ciudadanía asocie a quienes llevan una mochila en la espalda con los migrantes.

Comenta también que mucha gente preferiría verlos sólo en la zona de las vías; por eso se alarman cuando “invaden” la ZMG. Lo cierto es que el tren es ahora el transporte en el que la mayoría de los indocumentados se desplazan hacia Estados Unidos.

Para González Velázquez, es una falacia considerar a los inmigrantes como delincuentes: “Lo menos que quiere el migrante centroamericano en nuestro país, al igual que el indocumentado mexicano en Estados Unidos, es meterse en problemas.

“En ese sentido, estoy seguro que la mayoría de ellos no son criminales ni molestan a la gente. Aunque debo admitir que en Guadalajara, Saltillo, Sonora y Chiapas algunas bandas se colocan cerca del paso de los migrantes para mimetizarse con ellos y cometer delitos”.