TOKIO, JAPON.- A primera vista, la desproporción entre una potencia económica que explota en gran escala la energía nuclear, con todos los riesgos contra el medio ambiente que implica, puede sonar a ingenuidad, o a mero truco publicitario, y algo habrá de esto; pero lo cierto es que debido al exceso de población y a la disciplina, en Japón siempre ha existido la tendencia de ahorrar energía y reciclar el desperdicio, mucho antes que en Europa.
El Festival Internacional de Cine de Tokio, el único (hasta donde tengo noticia) en mantener una propuesta ecológica, sigue adelante pese a las dificultades financieras que acarreó el tsunami de Tohoku; logros como la alfombra verde fabricada con material reciclado por donde desfilan las celebridades, o la energía de fuente natural utilizada en las proyecciones en las salas de Roppongi Hills, anteceden a la tragedia de la terminal nuclear de Fukushima.
Más que en años anteriores, en la selección y actividades del festival se notó el deseo de ahorrar y salir del paso de manera decorosa; el Sakura Grand Prix fue para una cinta francesa, El otro hijo de Lorraine Levy; el cine francés mantiene su prestigio en Japón y nadie impugnaría el premio a pesar de la presencia de cintas japonesas como Kuro del realizador Daisuke Shimote, que combina el rigor de Ozu con las contradicciones de la vida moderna japonesa, mereciera mayor reconocimiento. La tierra de la esperanza, dramática exploración de las consecuencias del tsunami realizada por el genial Sono Sion, quedó fuera de concurso.
Dos sucesos aceleraron el pulso del festival:
Uno, miedo a represalias por parte del gobierno de Beijing debido a la disputa de las islas Takeshima entre China y Japón. La película Feng Shui del chino Wang Jing estuvo a punto de no exhibirse cuando director y actor tuvieron que cancelar el viaje por sugerencia de su gobierno; el director del festival defendió la universalidad del cine, pero otras cintas chinas fueron suprimidas.
Dos, suceso más triste y con mayores consecuencias, fue la muerte de Koji Wakamatsu, atropellado por un taxi el 17 de octubre, un realizador que empezaba a ser descubierto en México. Su obra abarca varias décadas desde el cine erótico con tintes surrealistas de los sesentas hasta El Ejercito Rojo Unido, una crónica de la brigadas rojas japonesas. Hacia 2010 había ganado el Oso de Oro en Berlín con Caterpilar una feroz crítica al fascismo japonés.
Paralelo al festival, sin zozobras políticas o presiones de mercado, el National Film Center, un oasis cerca del centro financiero de Tokio que cuenta con una impresionante colección de cine y una completísima hemeroteca, presenta una exposición de los cien años de la compañía productora Nikkatsu; la primera cámara que compraron a los Lumiéres, fotografías y cintas de Ozu Naruse, directores y actores legendarios desde el cine mudo, la época de oro de los cincuentas hasta la lo poco que queda del poderío de esta gran productora. Todo un seguimiento, también, de las técnicas de animación, desde lo más rudimentario hasta la modernidad; lo más conmovedor es quizá la máscara mortuoria de Kenji Mizoguchi.








