En el Teatro Polyforum se acaba de estrenar la adaptación de Mauricio Pichardo a un best seller de Gaby Vargas, que nos invita a asistir a un espectáculo de divertimento. Con la ilusión de presenciar una comedia donde la condición de la mujer contemporánea sea mostrada con desenfado y una visión crítica, nos encontramos con una puesta en escena decepcionante. Inicia irónicamente con una mujer profesionista comprometida con su trabajo y se enfrenta a los reparos que su esposo le pone al no cumplir con sus funciones de ama de casa. Finalmente todo se arregla casi por arte de magia en una forzada reconciliación marital.
Con un reparto de estrellas de telenovela, los actores y la directora se enfrentan a la particularidad que implica un escenario y lamentablemente lo solucionan como si fuera un set de televisión. Laura Flores, conocida por su papel en la telenovela Un refugio para el amor, y René Casados en el papel de un sacerdote en la telenovela Abismo de pasión, que acaba de concluir, se mueven de un lado a otro sin descanso. La actriz y joven directora Abril Mayett inicia la obra en una intensidad de conflicto contante donde se reclaman, se echan en cara y chocan sin matices. Caminan de un lado a otro, como si no estarse quietos fuera la única forma de ocupar el escenario. Un escenario diseñado e iluminado por Pedro Pazarán, que no logra jugar con los claroscuros y la focalización mantiene la escena totalmente iluminada con un final nocturno que sale del espacio único delimitado durante toda la obra. El lugar donde sucede la acción es la oficina de la mujer donde llega y se va su esposo o irrumpe la amargada y exitosa productora interpretada por Eugenia Cauduro. A veces podríamos pensar que es la casa del matrimonio o un lugar donde la intimidad sería la característica principal. Los colores son el rojo y el negro tanto en la escenografía como en el vestuario, desgastando la visual sin más gama. Es así como se desaprovecha el foro circular del Polyforum que presenta grandes retos y opciones para una puesta en escena.
El texto de Gaby Vargas parte del conflicto que suscita el que su jefa directa la haya asignado como productora asociada, lo cual le implica una dedicación casi de tiempo completo. Su esposo, inconforme, tiene que encargarse de un maleducado hijo, al cual poco a poco va haciendo entrar en razón. La ausencia de ella en la casa llega a su climax cuando su jefa la amenaza de que si no concluye su trabajo asignado la despide, por lo que deja de asistir al cumpleaños de su hija. Tal vez en el texto original se da un proceso de reacomodo y transformación de los personajes para llegar a un final feliz, pero en la adaptación de Mauricio Pichardo el cambio es abrupto y de la noche a la mañana la productora le insiste y casi la obliga a tratar de recuperar a su familia, y él, después de haber roto con ella definitivamente, vuelve a amarla a la luz de una farola cuando regresa.
El trabajo actoral acartonado y superficial responde al tipo de actuación que se da en las telenovelas, pero que en teatro el espectador, al compartir espacio y energía, se queda con muy poco, pues la transmisión de emociones no se consigue. Lo que queda son actuaciones clichés donde René Casados trata todo el tiempo de hacerse el chistoso, aunque poco es lo que el público se ríe. Laura Flores trata de simpatizar con el espectador pero sus esfuerzos se hacen demasiado evidentes. Con poca naturalidad juega con las ganas de ir al baño, con el ir y venir interrumpido por el teléfono o su desasosiego final.
En Soy mujer, soy invencible… ¡y estoy exhausta!, es más bien el espectador el que queda exhausto poco tiempo después de iniciar la obra.








