Nacido para batear

Desde niño era muy bueno en los diamantes. A los 15 años podía lanzar la pelota a 87 millas por hora. Pero eran el bat, la insólita confianza en sí mismo y una agilidad impensada en un niño barrigón lo que más sorprendía. Hoy, las Ligas Mayores se sacuden con Miguel Cabrera, el jugador venezolano que acaba de obtener la triple corona ofensiva, hazaña que nadie había logrado desde hace más de 45 años.  A este toletero se debe que los Tigres de Detroit disputen ahora la Serie Mundial. Proceso se sumergió en el mundo de Cabrera para conocer quién es este fenomenal pelotero que desde niño asombró a sus padres y a sus mentores…

CARACAS.- Debía llegar el día en que Germán Robles le hablara a Miguel Ángel García, supervisor de scouts de los Marlins de Florida, en Venezuela, acerca de un joven prodigio: Miguel Cabrera.

Robles trabajó como hojalatero en un taller automotriz; se graduó como contador y probaba suerte ayudando a García a encontrar prospectos para el beisbol.

Venezuela es tierra fértil para el juego de pelota. No existe otra nación sudamericana donde el futbol vaya a la zaga en el corazón del pueblo, y Robles pensó que su experiencia como entrenador de equipos infantiles podría ayudarle.

Hoy en día existen centenares de venezolanos como Robles. Sin embargo, en 1998 apenas comenzaba el boom y el excontador todavía no alcanzaba a prever el papel que estaba por jugar en la carrera de uno de los mejores peloteros del mundo, figura que puso a los Tigres de Detroit en la Serie Mundial.

“Soy tío de Miguel”, cuenta Robles, por entonces el cazador de nuevos valores de los Marlins de Florida en la zona central de Venezuela, a dos horas de viaje desde Caracas. “Los conozco a él y a su hermana Ruth desde que eran pequeños. Goya, su mamá, es hija de una media hermana de mi mamá”.

Goya es Gregoria Torres, quien fue estrella de la selección nacional de softbol. “Era buena jugadora”, recuerda Robles. “Fueron 13 años en la selección nacional. En esa familia todos son atletas”. Miguel Cabrera no lo parecía cuando jugaba a las canicas con sus amigos en el barrio La Pedrera de Maracay, una calurosa ciudad de mediano tamaño ubicada a 100 kilómetros de la capital.

El niño José Miguel “era gordito, bien simpático, tranquilo. No era peleonero. Era un muchacho común y corriente”, recuerda el tío. Pero se transformaba cuando entraba a una cancha de volibol, de basquetbol o de futbol.

“Era un atleta muy completo”, dice Robles. “Y su pasión era el beisbol”.

José Miguel era bueno en los diamantes. Muy bueno. Representó al estado de Aragua en campeonatos nacionales. Sus mentores cuentan que a los 15 años podía lanzar la pelota a 87 millas por hora.

Pero eran el bat, la insólita confianza en sí mismo y una agilidad impensada en un niño barrigón lo que más sorprendía.

“Desde chiquito –cuenta el padre de José Miguel– su pasión era agarrar el bat e irse al campo.”

No tenía que ir muy lejos. Los Cabrera vivían en un pequeño terreno donde se alzaban tres casas. La pared de una de ellas, donde vivía la abuela materna, aún marca el límite con el terreno de juego.

 

Artista del bat

 

El barrio de La Pedrera no era el único lugar donde el adolescente repartía tablazos y causaba admiración.

“Era muy conocido en toda la ciudad, por los campeonatos nacionales junior y juveniles”, asegura la periodista Hilmar Rojas, quien en 1999 realizaba sus prácticas profesionales en el diario El Nacional y hoy trabaja en Panamá para la Asociación Mundial de Boxeo.

En julio de ese año, Rojas se apareció una mañana ante su editor de deportes. Sabía dónde vivía ese niño de 16 años que acababa de firmar un contrato por 1.8 millones de dólares con los Marlins.

“A los 15, Miguel sacaba la pelota en línea en el estadio José Pérez Colmenares”, continúa Rojas, en referencia al parque donde juega el equipo profesional de la ciudad.

La que publicó Rojas fue la primera entre centenares de primeras planas que los medios impresos han dedicado a este artista del bateo, quien acaba de obtener la triple corona ofensiva en las mayores. Desde 1967 nadie había conseguido esta hazaña, sólo lograda por un puñado de leyendas, casi todos inmortales del Salón de la Fama.

“Millonario a los 16”, tituló Rojas. Pero Cabrera era todavía menos un millonario que un chico de 16.

“Vivía en una casa grande, pero humilde. Había un patio de tierra con gallinas. No me gustan las gallinas, y Miguel empezó a corretearlas para que yo pudiera pasar. Adentro, la sala estaba llena de sus trofeos y fotografías. Él casi no hablaba. Parecía muy tímido, como si estuviera asimilando lo que le había tocado vivir. Sus padres hablaron por él”, relata la periodista.

Goya y José Miguel padre asumieron la representación de su hijo, en todos los aspectos. El célebre agente Scott Boras intentó que Carlos Ríos, su representante en el área, consiguiera los derechos para negociar la firma del prospecto. Boras ha sido abogado de los más ricos y talentosos peloteros de la gran carpa.

Los esposos tenían otra idea. El padre fue lanzador amateur. Junto con la madre softbolista, asumieron el rol de entrenadores y agentes.

García llegó a la vida de los Cabrera cuando el muchacho tenía 14 años y tres meses. Lo recuerda a la perfección y lo repite sin dudar. Era el supervisor de scouts de los Marlins en Venezuela y Robles trabajaba para él, recorriendo las poblaciones vecinas a Valencia y Maracay.

Antiguo lanzador de los Piratas de Pittsburgh y los Ángeles de California, García había escuchado hablar del risueño mozalbete que defendía las paradas cortas con casi tanta agilidad como velocidad tenía en el swing.

Muchas organizaciones sabían del joven. Pero García supo pronto que contaba con una inesperada ventaja, cuando otro scout le habló de la relación familiar de Robles con Goya Torres.

“La primera vez que vi jugar a Miguel me llamaron la atención sus herramientas”, dice García, en referencia a la fuerza y los desplazamientos del joven. “Pero lo que más me llamó la atención fue su actitud. Tenía los instintos. Era el líder en su equipo”.

Gregoria y José Miguel pulieron con afecto esos recursos y esos instintos, así como su disciplina personal. Tenía la habilidad atlética y, por lo visto, los mejores entrenadores.

“El día que vi a Goya tomando roletazos en un campo de pelota se me pararon los pelos –dice García–. Es extraordinario que tanto tu padre como tu madre puedan hablarte de sus vivencias en el deporte.”

Puede que de ahí venga la insólita tranquilidad y desenvoltura que Cabrera exhibe en los diamantes.

 

Ligamayorista a los 20

 

A los 16 años Miguel ya había jugado en un partido de beneficencia junto con Andrés Galarraga, Omar Vizquel, más de dos decenas de estrellas del beisbol venezolano y hasta el mismísimo Hugo Chávez, recién estrenado presidente. Aquel 22 de enero de 2000 le pegó de hit a Ugueth Urbina, el cerrador de los Expos de Montreal. El toletazo fue casi una travesura. Le lanzó suavemente, con una pelota de softbol.

Cabrera había demostrado que podía hacer lo mismo en el ámbito profesional. El 30 de diciembre de 1999, pocos meses después de aparecer en la portada de El Nacional, debutó con los Tigres de Aragua y en su primer encuentro también dio un hit.

A los 18 años empujó a los felinos a su primera final en una década, al disparar tres jonrones en la semifinal.

Apenas cumplidos los 20 fue subido a las grandes ligas por Florida y en el encuentro de su estreno dio un cuadrangular, para dejar en el terreno a los Mantarrayas de Tampa Bay.

Cuatro meses después, Cabrera era el cuarto bat de los Marlins en la Serie Mundial.

Es célebre el episodio que protagonizó en el cuarto choque de ese clásico de octubre. Roger Clemens, el astro de los Yanquis que logró más de 350 victorias y 4 mil 600 ponches, le recostó al novato una recta que lo tiró al suelo. El recluta se levantó, se sacudió la tierra y miró fijamente al lanzador, sin decir palabra.

El mensaje era claro: bienvenido a las mayores. Cabrera volvió a cuadrarse y castigó el siguiente pitcheo, un lanzamiento sobre la esquina de afuera del plato, enviándolo detrás de la barda derecha. Así respondió a la bienvenida. Florida ganó esa Serie Mundial.

Cabrera mira a veces a los ojos de los periodistas con el mismo semblante con que miró a Clemens. Pero en octubre de 2006 invitó a su casa en Miami a dos reporteros, enviados a seguirle en su carrera por el título de bateo en la Liga Nacional, que ese año perdió por escaso margen.

“Me gustaría que la gente supiera en Venezuela quién soy en realidad”, confesó, al caer la noche. “Esta es mi casa. Y mi familia. Una familia normal, como cualquier otra”.

Su esposa Rosángel, su novia desde el bachillerato, ya llevaba en brazos a Rosángel Brisel, la primera de los tres hijos de la pareja. Con ella ha vivido lo bueno, que ha sido mucho, y lo malo, que también ocurrió.

En octubre de 2009 una llamada telefónica de Rosángel a la policía de Detroit desencadenó un capítulo inesperado. Cabrera fue arrestado bajo el cargo de violencia familiar. El informe policiaco precisó que el pelotero se encontraba bajo los efectos del alcohol. No se presentaron cargos.

En enero de 2010 una investigación periodística reveló que después del incidente el jugador se había sometido a tratamiento contra el abuso de bebidas alcohólicas. Pero en febrero de 2011 volvió a ser arrestado en una autopista de Florida cuando se dirigía al campo de entrenamientos de los Tigres de Detroit, con una botella de whisky a medio consumir y en estado de ebriedad.

“Fue una sorpresa porque en su familia nadie había tenido ese problema. Quizá había llegado al estrellato demasiado rápido. Quizás estaba agobiado por problemas personales. No sé decirlo”, dice Robles.

“Esa no era la persona que yo conocía. No puedo excusarlo, pero el que yo conozco siempre ha sido un muchacho educado, tranquilo”. Cabrera juró que cambiaría. Prometió dejar el alcohol.

 

Filantropía

 

En octubre de 2011, cuando Miguel aseguró la primera de las dos coronas de bateo que ha ganado en la Liga Americana, un reportero le preguntó a sus compañeros Víctor Martínez y Magglio Ordóñez, también venezolanos, si para festejar llevarían a los vestidores una botella de champaña, como Carlos Guillén hizo para Ordóñez en 2007, cuando éste también fue líder de bateo.

“¿Y para qué?”, respondieron, a coro. “Miguel no bebe más que agua”.

Este año inició sus trabajos la Fundación Miguel Cabrera, para ayudar a organizaciones dedicadas al deporte infantil. Hoy es uno de los 30 finalistas del premio Roberto Clemente, un galardón que se entrega anualmente al pelotero que mejor combine la excelencia deportiva con el trabajo comunitario.

“La gente grande regresa en grande. Y Miguel siempre ha sido un grande”, dice Robles.

“Ese es el Miguel que conozco”, interviene García. “El que en los entrenamientos primaverales se da tiempo en las noches para aconsejar a los novatos; el que procura que los jugadores de ligas menores reciban comida latina en el spring training; el que tomó bajo sus alas a varios jóvenes venezolanos en Detroit”.

García ya había ganado la confianza de la familia Cabrera Torres la víspera de la firma del prospecto pretendido por una decena de organizaciones de Grandes Ligas. El lazo que se inició el día cuando Robles lo puso delante del adolescente dio fruto dos años después: los Dodgers de Los Ángeles llegaron a ofrecer 2.2 millones de dólares por el joven José Miguel. Los padres del pelotero prefirieron a los Marlins.

García volvió a verse con el matrimonio en Detroit, hace unos días, en plena Serie Mundial. Ahora coordina el sistema de detección de talentos de los Tigres de Detroit en América Latina. La vida ha mantenido juntos sus caminos.

Robles, que ahora es supervisor de scouts en Venezuela para los Nacionales de Washington, recuerda las primeras palabras de Miguel, después de firmar su contrato millonario: “Papá, no quiero que vuelvas a llenarte las manos de grasa. Nunca más”.

A José Miguel Cabrera padre lo conocían en Maracay como el orgulloso hojalatero cuyo hijo prodigio daba batazos de largo metraje. Nunca más volvió a reparar automóviles. Cumplió la promesa que le hizo a quien una década después sería aclamado como el mejor bateador del beisbol.