De entre las obras de teatro de calidad que se presentaron en el 40 aniversario del Festival Cervantino, nos encontramos con dos espectáculos de teatro físico: uno proveniente de la República Checa, Woycek de Büchner, y una versión de Macbeth realizada por la Compañía polaca Teatro Canto de la Cabra. También un par de obras infantiles como Gulliver proveniente de Chile e Ilusión de la Compañía Tatuas de Sinaloa. Se extraña la escasa participación teatral mexicana en este aniversario así como de significativas compañías a nivel internacional.
Los espectáculos teatrales de festival pareciera que tienen una necesidad o inseguridad de su presente, ya que se recurre a autores o personajes clásicos, como si estuviéramos en el Renacimiento, para reinterpretarlos y llevarlos a la escena. La cartelera teatral mexicana no es ajena a este fenómeno y nos encontramos atosigados de Shakespeares, Chejovs, Millers y cualquier extranjero más, mientras nuestra identidad se desvanece.
La versión de Macbeth que la compañía polaca presentó fue de una gran fuerza. La tensión y atracción es tan alta desde que empieza la obra que no sabemos si se va a mantener. Su adaptación goza de una gran teatralidad: selecciona los momentos climáticos de los personajes centrales, sus relaciones, sus conflictos internos y sus traiciones, manteniendo la energía de principio a fin. Continúa con las enseñanzas de Grotowski (su sede se encuentra en donde él radicó) e incorpora el canto y el movimiento como elemento fundamental. Ellos llaman a su procedimiento técnica de coordinación, pues integran a su actoralidad diferentes modulaciones de voz, cantos tradicionales celtas, música y danzas japonesas. Participamos de un gran ritual donde el coro siempre está presente y los personajes se desprenden y se reintegran a él fluidamente. Los palos con los que bailan y actúan se convierten en parte de su cuerpo. Proyectan sus emociones y enfatizan la gestualidad vocal transmitiendo un sinfín de sentimientos. Nos conmovemos, por ejemplo, con el proceso de enloquecimiento de Lady Macbeth y el sufrimiento del rey al saber de su muerte.
Las brujas abren el espectáculo entre rezos y conjuros imponiendo el ritmo que permanecerá a lo largo de toda la obra. El director Grzegorz Bral, fundador de la compañía junto con los protagonistas de la obra: Gabriel Gawin y Anna Zubrzycki, utiliza un mínimo de elementos haciendo de un espacio vacío el lugar donde explotan los enfrentamientos. El vestuario de Cristina González es austero y se acerca a la estética de los monjes. La presencia constante de la música con su intérprete y sus instrumentos orientales impregna la atmósfera de un lirismo deslumbrante.
Entre las propuestas de divertimento estuvo el espectáculo de la canadiense Dulcinea Langfelder, El lamento de Dulcinea, con la intención de abordar desde otra perspectiva la relación de Don Quijote de la Mancha con su amor platónico. Una mujer mayor juega con los técnicos que la acompañan, sus actores, y el teatro dentro del teatro forma parte de la propuesta. Combina el sentido del humor con un despliegue técnico interesante, ya que las pantallas y el video participan dinámicamente. Las pantallas son sábanas que se agrandan, se estrujan o se empequeñecen o son mamparas móviles que contienen imágenes modificadas donde las estatuas hablan, los libros se queman y los personajes se moldean. El lamento de Dulcinea es una propuesta vital donde el público asistente pudo reírse con ganas.








