Las universidades mexicanas se han concentrado en dos de sus funciones primarias: la transmisión del conocimiento y el desarrollo de la investigación; concomitantemente a ello, la conservación y la valorización del patrimonio universitario también han estado presentes en la agenda universitaria.
Pero ahora enfrentan un nuevo desafío con la reconcepción de su patrimonio cultural, ámbito donde las colecciones universitarias emergen como uno de los puntos cardinales. Más aún, dar cuenta de su antigüedad y amplitud, de la excelencia de sus investigaciones –conducidas en los cubículos y laboratorios universitarios por investigadores de prestigio– representa no solamente un esfuerzo en términos de identidad, sino una forma de vigorizar sus actividades y de reafirmar su vocación de mediación cultural.
En cuanto a las colecciones universitarias, más que poseer una dimensión patrimonial e histórica tienen una dimensión heurística y no se les puede aislar de una profunda reflexión en lo que respecta a su producción, empleo, interpretación y difusión.
La trascendencia de las colecciones universitarias en las últimas décadas ha sido objeto de intensos debates. La declaración de la UNESCO de 1999; la creación de la asociación Universum y la formación del Comité Internacional para los Museos y las Colecciones Universitarias (UMAC, por sus siglas en inglés) conforme a la resolución del Consejo Internacional de Museos (ICOM) celebrada en 2003 en Stanbury, Reino Unido, tratan de revertir su fragilidad y su estado balbuciente.
Las colecciones universitarias se deben a las ideas de Guillermo de Humboldt, quien preconizó en Berlín la asociación de la investigación con la enseñanza superior. El modelo alemán representó una profunda metamorfosis en la concepción misma de la Universidad y provocó la primera gran escisión de las colecciones científicas y su asignación a los institutos especializados alemanes.
La órbita de las colecciones universitarias es elíptica: Uno de sus polos tiene que ver con la conservación y la difusión centradas en el objeto, ámbito en el que las colecciones de arte son emblemáticas. El otro polo considera al objeto como el centro del conocimiento y del discurso; es el caso de las colecciones científicas.
Los desafíos que gravitan alrededor de estos planteamientos son esenciales; exigen una sensibilización y elaboración de los instrumentos y procedimientos a efecto de perennizar este patrimonio cultural.
Hacia el conocimiento perenne
La dispersión de textos legales respecto a las colecciones universitarias en nuestro país es singular y pone en predicamento la perdurabilidad del conocimiento generado por nuestras comunidades científicas, a lo que el sistema universitario está obligado.
La premisa jurídica resulta incontrovertible: la salvaguarda de toda colección permanente compuesta de diversos bienes es de interés público, lo que obliga a la coherencia y a la preservación de la integridad material no solamente del objeto en sí mismo, sino de su vínculo con la unidad científica o artística.
Existe pues, en términos técnicos, una servidumbre de indivisibilidad que impone a la vez la integridad de la colección y la imposibilidad de la disociación de los bienes que la componen. Los bienes afectos a una colección deben permanecer indefectiblemente en ella.
Al margen de cualquier consideración patrimonialista, el valor y la coherencia deben ser apreciadas en función de su interés científico, técnico y estético, lo que evitaría la dilapidación de nuestro patrimonio cultural. La pertenencia de un objeto a una colección se da en múltiples ocasiones cuando éste pierde su función primaria y con ello su temporalidad, o bien su carácter utilitario; empero es cuando emerge la relevancia de su valor científico, técnico y estético.
No debe sin embargo haber confusiones: no todo objeto amerita estar en las colecciones. Si el criterio científico y artístico, y por lo tanto el de interés público cultural, es el que debe prevalecer, sus elementos de composición deben atender a sus calidades intrínsecas: su relevancia cultural, su rareza, su originalidad…
Esta premisa tiene que prevalecer sobre el carácter orgánico que responde al interrogante de la pertenencia de la colección, lo que pondría el énfasis en su valor patrimonial, y entonces el análisis se desplazaría a la consideración de su propietario: personas privadas o públicas.
Pero aun en las colecciones particulares el espíritu que debe animarlas ha de ser claro; lo trascendente es la conservación y la transmisión del conocimiento, corolario de su perdurabilidad. Las colecciones, museos de ideas, son instrumentos insustituibles para la educación y el progreso de la ciencia.
De la documentación a la información
El patrimonio cultural mexicano enfrenta en las colecciones universitarias un desafío inédito si se atiende a un conocimiento universal transparente. En nuestra época emerge una nueva concepción del documento que se caracteriza por una desmaterialización del conocimiento (Müller) en una nueva forma de su registro, clasificación y ordenación. El libro y el archivo son absorbidos por esta nueva concepción, para multiplicarlos en una nueva unidad: es la información la que remplaza al documento (Fayet-Scribe). Las bibliotecas y los laboratorios pierden por lo tanto su carácter de receptáculo de conservación de libros y de acumulación de espécimen para convertirse en centros de información.
Las ciencias sociales han sido tradicionalmente ciencias documentales. Sin embargo, del régimen documental han transitado, bajo el impulso informático, al régimen de la información. Las prácticas de la investigación social han variado y buscan afanosamente su estabilidad; la mutación se caracteriza por el vértigo de su rapidez y de su generalización, lo que ha alterado el vínculo de la sociedad con la información. Este último aspecto obligó a una reconcepción y abrió el debate en torno a la nueva función del archivo en las sociedades modernas. La reacción mexicana sobre el particular es singularmente tardía.
El énfasis en las ciencias sociales radica en su carácter interpretativo, que por otra parte ha servido como fundamento para desproveerlas de su carácter científico, que las distancia de las ciencias exactas, a su vez gobernadas por su carácter experimental.
La anterior es empero una aproximación incorrecta; el carácter experimental de las ciencias sociales está constituido por los procedimientos relativos al registro de las observaciones y al de su análisis. Es en este contexto en donde cobra especial relevancia la conservación de las colecciones universitarias, las cuales permiten construir una historia sincrónica de las ciencias sociales en la que se les puede analizar como un conjunto de iniciativas científicas que interactúan entre sí.
En la perspectiva universal, a inicios de la última mitad del siglo XX se hizo necesaria la reformulación de la metodología de las ciencias sociales y emergió el diseño de los Data Archives. Estados Unidos demostró una vez más su liderazgo en esta materia, inicialmente con la fundación del Roper Public Opinion Center en la Universidad de Connecticut, y posteriormente con el desarrollo de la Inter-University Consortium for Political and Social Research (conocida por su siglas ICPSR) en colaboración con el Institute for Social Research y el Social Science Research Council, patrocinado por la prestigiosa National Science Foundation (Silberman). Este consorcio, que se encuentra radicado en la Universidad de Ann Arbor, Michigan, agrupa a más de 700 universidades, fundamentalmente estadunidenses, y se ha convertido en uno de los centros de información más importantes a nivel universal para las ciencias sociales.
A estos esfuerzos le siguieron los europeos con el Consejo Europeo para los Archivos de las Ciencias Sociales (CESSDA, por sus siglas en inglés), que agrupa entre otros a los británicos con el programa Qualidata en la Universidad de Essex, y a los alemanes con el Forum Qualitative Social Research en la Universidad Libre de Berlín, el Zentral Archiv en la Universidad de Colonia, el Zuma en la Universidad de Mannheim, responsable de la encuesta Allbus para el International Social Survey Program, y el Informationszentrum en la Universidad de Bonn, todos agrupados en el Gesis, que provee a los investigadores en ciencias sociales de un conjunto de servicios que van desde la adquisición y puesta a disposición de elementos cuantitativos, hasta un banco de elementos bibliográficos, asesoría para el desarrollo metodológico y la formulación de encuestas anuales relativas al desarrollo social (Cribier/Feller).
La réplica de estos sistemas en los demás países europeos ha sido constante y a nivel universal con la Organización Mundial de Archivos (conocida por sus siglas en inglés IFDO).
El interrogante ahora de las ciencias sociales en nuestro país debe sustraerse de sus procesos de autonomía científica al interior del campus universitario e insertarse en los procesos institucionales e intelectuales que ahora se van a desarrollar entre el sistema nacional de archivos y la Universidad y su investigación.
La cultura de la salvaguarda
La política de conservación universitaria es variable y azarosa, para decir lo menos. En la mayoría de nuestros centros de investigación, incluso en los mismos laboratorios, se carece de un servicio de archivos y de una política de inventario y de clasificación de los fondos creados por los investigadores y de sus investigaciones en curso, lo que impide una cultura de la salvaguarda susceptible de asegurar la perdurabilidad de los elementos cualitativos de la investigación, la acumulación de los elementos de las investigaciones y la reflexión constante que requieren las ciencias sociales.
En la nueva legislación de archivos, el sistema nacional de archivos evoca un problema sustantivo en lo que respecta a la investigación social en el país. Resulta impensable que una argumentación científica pueda ser validada si los elementos de convicción permanecen inaccesibles.
En efecto, la matriz de las ciencias sociales se ha visto fuertemente alterada por la nueva concepción de los archivos, que incide en la acumulación de sus elementos de convicción, en la verificación empírica de cualquier hipótesis de trabajo que asegure la validación de sus resultados y, por extensión, en la pertinencia y los límites de los modelos interpretativos.
Es aquí en donde existen perspectivas excluyentes en la noción de los archivos: para el investigador social, la conservación implica compartir y difundir el conocimiento (sharing data), en tanto que para el archivista la conservación es prioritaria, lo que implica condiciones precisas y restringidas de acceso. Una cultura de salvaguarda se hace imperativa.
La mediación cultural
La ley le impone a las universidades la mediación cultural en ciencia y en arte, que son los componentes de nuestra cultura. Un interrogante aquí tiene que ver con la forma en que debe amalgamarse la gran diversidad de criterios y metodologías de los testimonios materiales de nuestras civilizaciones, de las que se nutren las colecciones universitarias.
Obras de arte, objetos científicos o técnicos responden a especificidades muy diversas, especialmente los técnicos, que experimentan rupturas constantes con su pasado. Los centros e institutos son diferentes entre ellos porque responden a proyectos y vocaciones muy diversas.
La formación del patrimonio cultural y natural requiere de nuevas premisas jurídicas, y en forma más apremiante en el ámbito de las colecciones de ciencias sociales.
En suma, las colecciones universitarias contribuyen de manera significativa a la formación de ese patrimonio, que le asegure a la sociedad mexicana un conocimiento perenne y su consecuente transmisión. Es finalmente el estricto cumplimiento al mandato que le da la ley al sistema universitario en la mediación cultural al que éste debe someterse, y sólo a él debe responder.
*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.








