Extravío… ¿O qué?

MÉXICO, D.F. (apro).- Atolondrados congéneres con vida: perdónenme que así los califique, más lo hago porque veo que actúan sin reflexión, de manea ilógica, como podrá comprobar el que entre ustedes sea la presente.

Por décadas, poco más o menos desde mediados del pasado siglo, principalmente economistas, seguidos por sociólogos y otros estudiosos del tema, estuvieron hablando insistentemente del llamado “capital humano”, presentado como uno de los elementos más importantes en el proceso de producción de bienes y servicios.

El concepto, por cierto, no es nuevo, nada más andaba en pasos perdidos en el laberinto del pasado, de donde lo sacaron Teodoro Schutz y Gary becker para apuntalar la teoría de que el crecimiento de las sociedades occidentales primero y después de países como Japón y Corea por ejemplo, podía explicarse si se tomaba en cuenta la variable llamada “cantal humano”.

Éste se puede mejorar partiendo de una educación que, sin ignorar la información, hago hincapié en el moderno y revolucionario paradigma, como ustedes lo llaman, del conocimiento, ya que él puede aumentar los grados de destreza, experiencia y formación de las personas y con ello acrecentar la productividad y la misma competitividad, tan necesarias por imprescindibles en toda economía de mercado.

Lógicamente, este pensar traído de nuevo a la economía, vino a dar más impulso y entusiasmo a la vieja lucha de tantos por el derecho a la educación, para todos uno de los medios más poderosos de dar igualdad en la lucha por la vida a todos… y hasta vino a prestar un tinte humanitario a la economía neoliberal en la que respiran, sometida rígidamente a las leyes del mercado y de beneficios a cualquier precio.

Este tinte de humanitarismo, debo confesarlo, a servidor también le ilusionó esa vuelta a un pasado de más de dos siglos, iniciado por servidor de ustedes precisamente. Padre de la economía política, como ustedes me han hecho, no sólo me preocupé por el aumento de la producción de bienes, a más de eso igualmente me preocupé y puse a discusión los problemas que la riqueza y el progreso técnico provocan en la criatura humana, mismos que hasta esos días de ustedes siguen complicándoles la vida.

Si lo han olvidado, les recuerdo que servidor escribió que la causa más importante de la infelicidad en mi tiempo, y el que muchos obreros u obreras cayeran en la delincuencia y la prostitución, así como en la estupidez, se debía en no pequeña parte a lo que propuse como beneficio y deseable para el aumento de la riqueza y el progreso de las naciones: la división social del trabajo y el empleo de las máquinas en la producción de bienes.

Consciente de ello, fue por lo que di gran importancia a la educación pública como reductora de los males citados. Por supuesto, no fui el único.

Otros de mis contemporáneos, así como posteriores seguidores de mis teorías e incluso opositores de las mismas, también participaron en mi consideración sobre la importancia de la educación pública.

Por ejemplo Nalthus, campeón de las restricciones curativas y preventivas para la buena marcha de la sociedad, fue uno de ellos, aunque agregaba que la instrucción para el pueblo debería concientizar a los hombres y mujeres del común para que redujeran la tasa de nacimientos.

J. R. McCulloch, el primer catedrático de economía en la Universidad de Londres, expresó que los países con grandes recursos naturales no mejorarían si no los iluminaba el sol de la ciencia, ya que el conocimiento es el verdadero productor de la riqueza en la civilización.

Teniendo en cuenta esa corriente de advertencias y recomendaciones, les confieso que en estos últimos tiempos me he desilusionado del pretendido humanitarismo predicado por el neoliberalismo, pues compruebo que su brazo armado, es decir, su economía en ejercicio, lo desmiente con sus reformas laborales y flexibilizaciones al trabajo que está imponiendo en el mundo entero y con los cortes y recortes que está obligando a hacer a la asistencia y educación públicas.

En este último renglón veo con tristeza e indignación como se reprime brutalmente a los miles y miles de jóvenes que en diversas partes del mundo se están manifestando para reclamar una mejor educación pública o por lo menos más barata, como ocurre en Chile. Estos hechos me llevan a pensar que esa globalidad en que viven es una sociedad felicida, pues estúpidamente está condenando a la infelicidad, y con ello propiciando a la caída en el crimen y la prostitución a su juventud… a su futuro mismo.

¿Qué pensar de estos hechos?

A usted, lector de la presente, ¿qué juicio le merecen?

Con mi sentido pésame por lo que les está ocurriendo.

ADAM SMITH