La correspondencia del Apocalipsis

Medio siglo después de la Crisis de los Misiles, los académicos James G. Blight y Janet M. Lang publicaron un libro que contiene la correspondencia cruzada entre los tres principales protagonistas de este episodio: Nikita Kruschev, John F. Kennedy y Fidel Castro. La obra es una bocanada de aire fresco en los estudios históricos y brinda una nueva perspectiva de un conflicto que tuvo al mundo en vilo. Destaca una misiva en la que Castro plantea al líder soviético que ante la eventualidad de una agresión estadunidense a la isla, la URSS debería ser el primero en lanzar un ataque nuclear.

Si “los imperialistas invaden Cuba con el objetivo de ocuparla, el peligro que esa política agresiva representa para la humanidad es tan grande que luego de ese evento la Unión Soviética nunca debe permitir las circunstancias en las cuales los imperialistas puedan lanzar el primer ataque nuclear en su contra”.

Es lo que sugiere Fidel Castro, entonces primer ministro del gobierno revolucionario de Cuba, al líder soviético, Nikita Kruschev, en una carta fechada el 26 de octubre de 1962, en el punto más crítico de la Crisis de los Misiles.

“Si ellos (los estadunidenses) llevan a cabo el acto brutal de invadir Cuba en violación de la ley internacional y la moralidad, ese sería el momento de eliminar tal peligro para siempre mediante un acto de clara defensa legítima, no obstante cuán dura y terrible sea la solución, pues no hay otra”, escribe Castro en su carta al “querido camarada” Kruschev.

El líder del Kremlin interpretó las líneas de Castro como una exhortación para que, en caso de una invasión a Cuba, la Unión Soviética se adelantara a Washington y fuera la primera en atacar con misiles nucleares a Estados Unidos.

De ser así, Castro colocaría a Cuba en el altar de los sacrificios en aras de derrotar al “imperio” y encumbrar al socialismo.

Esa carta –de 10 párrafos– forma parte del legajo de comunicaciones que Castro intercambió con Kruschev, así como las que éste cruzó con el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. Fueron enviadas entre noviembre de 1960 y diciembre de 1962 y forman parte del libro Las cartas del Armagedón. Kennedy /Kruschev /Castro en la crisis cubana de los misiles, escrito por los académicos James G. Blight y Janet M. Lang.

Publicada en septiembre pasado por la editorial Rowman & Littlefield ­Publishers, la obra de estos profesores de la Escuela Balsillie de Asuntos Internacionales y del Departamento de Historia en la Universidad de Waterloo –en Ontario, Canadá–, relata desde la voz de los tres principales protagonistas la cadena de acontecimientos que derivaron en la inminencia de una conflagración nuclear entre las dos superpotencias.

El libro contiene 43 documentos, de los cuales 30 son cartas y otras comunicaciones escritas entre Kennedy y Kruschev. Además presenta tres misivas de Castro al dirigente soviético y dos de éste a aquél. Adicionalmente incluye dos del líder cubano al birmano U Thant, entonces secretario general interino de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Las cartas, plantean los autores, son dramáticas, “idiosincráticas”, a menudo engañosas, algunas veces desesperadas y otras agresivas y acusatorias. Cada una refleja la personalidad, la situación y las intenciones de los tres líderes.

 

Ruta de colisión

 

Los expertos ubican el origen de la crisis en la fallida invasión patrocinada por Estados Unidos a Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Con motivo de ese ataque Kruschev escribió a Kennedy el 18 de abril de 1961: “Le envío este mensaje en un momento de alarma, lleno de peligro para la paz del mundo entero. La agresión armada ha comenzado contra Cuba. No es un secreto para nadie que las bandas armadas que están invadiendo este país fueron entrenadas, equipadas y armadas en Estados Unidos”.

Lo exhorta: “Aún no es muy tarde para evitar lo irreparable. El gobierno de Estados Unidos tiene aún la posibilidad de no permitir que la flama de la guerra prendida por las intervenciones en Cuba crezca a una conflagración incomparable”.

Y le advierte: “Le prestaremos al pueblo cubano y su gobierno toda la ayuda necesaria para repeler un ataque armado”.

En una nueva carta, fechada el 22 de ese mes, Kruschev le recuerda la participación estadunidense y niega que su gobierno busque “ventajas o privilegios en Cuba”. Lo previene: “Señor presidente, está tomando una ruta muy peligrosa. Piense en ello…”.

Poco tiempo después de la invasión fallida Kennedy autoriza la Operación Mangosta, contra objetivos económicos en la isla y que incluye un plan para asesinar a Castro y a otros dirigentes revolucionarios. El 31 de enero de 1962 Estados Unidos logra la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos y el 7 de febrero de ese año el presidente estadunidense firma el embargo comercial contra la isla, que persiste hasta la fecha.

A mediados de agosto de 1962 Kennedy recibe reportes de que “algo nuevo y diferente” está sucediendo en la isla: la construcción de un “megasitio militar”, encabezado por unos 5 mil especialistas soviéticos.

El 4 de septiembre de ese año envía a su hermano y fiscal general, Robert ­Kennedy, a advertirle al embajador soviético, Anatoly Dobrynin, que Washington no tolerará la existencia de armas ofensivas en Cuba. El diplomático le responde que esa instalación es estrictamente defensiva.

Sin embargo el 29 de agosto la Agencia Central de Inteligencia (CIA) informa a Kennedy sobre el montaje de varios sitios de lanzamiento de misiles tierra-aire en la isla. El presidente comprende que se trata de plataformas nucleares.

Ante ello emite una advertencia pública: si Estados Unidos descubre armas nucleares en Cuba, las removerá de inmediato.

Del otro lado del mundo, Ernesto Che Guevara y Raúl Castro, hermano de Fidel, visitan a finales de agosto a Kruschev con el texto de un tratado sobre la instalación de misiles en Cuba. Demandan que el acuerdo se difunda de inmediato pues creen que eso puede fortalecer la percepción mundial de un arreglo cubano-soviético, que persuadiría a Washington de invadir a la isla.

El dirigente soviético se niega y se apega al plan inicial: visitará Cuba a finales de noviembre y discutirá con Castro la forma en que la nación del Caribe puede ser un buen socio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

El 11 de septiembre el líder soviético anuncia el envío a Cuba de armamento “defensivo” y su solicitud de que se envíe personal militar y técnico para adiestrar al ejército de la isla. Además insinúa amenazante que un ataque contra la nación caribeña lo sería también contra su país.

El 16 de octubre el asesor de seguridad nacional estadunidense, McGeorge Bundy, comunica a Kennedy que la CIA confirmó la construcción en Cuba de sitios para el lanzamiento de misiles de mediano alcance. Asimismo le dice que la agencia identificó cohetes de alcance medio e intermedio.

Kennedy ordena un bloqueo naval alrededor de Cuba (conocido como “cuarentena”) y la activación de la alerta militar.

En una misiva fechada el 22 de octubre Kennedy le dice a Kruschev: “El rápido desarrollo de bases para misiles de largo alcance y otros sistemas de armas ofensivas en Cuba ha procedido. Debo decirle que Estados Unidos está resuelto a que esta amenaza a la seguridad del hemisferio sea removida”.

Al día siguiente Kruschev le contesta: “Debo decir francamente que las medidas indicadas en su declaración constituyen una seria amenaza a la paz y la seguridad de las naciones y sólo pueden ser reconocidas como interferencia abierta en los asuntos internos de la República de Cuba, la Unión Soviética y otros Estados”.

Y añade: “Espero que el gobierno de Estados Unidos demuestre sabiduría y renuncie a las acciones perseguidas por usted, que pueden llevar a consecuencias catastróficas para la paz mundial”.

 

Botón rojo

 

A partir de ese momento, los tres involucrados cruzan mensajes amenazantes.

El 23 de octubre Kennedy le escribe a Kruschev: “Reconocerá que el paso que desató la actual cadena de acontecimientos fue la acción de su gobierno dotando en secreto armas ofensivas a Cuba”. Y lo exhorta a que “ambos mostremos prudencia y no hagamos nada para permitir eventos que vuelvan la situación más difícil de controlar de lo que ya es”.

Al día siguiente viene la respuesta indignada de su interlocutor: “Sólo imagine, señor presidente, que hubiéramos presentado las condiciones de un ultimátum como el que usted nos ha presentado con sus acciones. ¿Cómo hubiera reaccionado? Se hubiera indignado ante tal paso de nuestra parte”.

Y alerta: “Estaremos entonces obligados a tomar las medidas que consideremos necesarias y adecuadas para proteger nuestros derechos”.

Las palabras vuelan en el papel. De Kennedy a Kruschev, el 25 de octubre, en cuatro párrafos: “Le pido que reconozca claramente, señor ministro, que no fui yo quien lanzó el primer reto en este caso y que a la luz de este récord las actividades en Cuba requirieron las respuestas que he anunciado”.

Conciliador y a la vez amenazante el dirigente soviético le expone al estadunidense el 26 de octubre en un largo escrito: “Tengo la sensación de que tiene alguna comprensión de la situación que se ha desarrollado y un sentido de responsabilidad. Aprecio esto”.

Prosigue: “Nos amenaza con la guerra. Pero sabe bien que lo menos que recibiría a cambio sería lo que nos habría dado. Sufriría las mismas consecuencias”.

Y le pide: “Normalicemos las relaciones”.

Pero mantiene tensa la palabra: “Si ha hecho esto como el primer paso hacia el inicio de la guerra, evidentemente nada queda por hacer de nuestra parte sino aceptar su desafío”.

Es en este punto cuando Castro envía a Kruschev la citada carta del 26 de octubre en la cual le anuncia: “De un análisis de la situación y los reportes en nuestra posesión, considero que la agresión es casi inminente dentro de las próximas 24 a 72 horas”. A partir de ello, le dice que si se efectúa una invasión a la isla, la Unión Soviética “nunca debe permitir las circunstancias en las cuales los imperialistas puedan lanzar el primer ataque nuclear en su contra” y que “sería el momento de eliminar tal peligro para siempre mediante un acto de clara defensa legítima, no obstante cuán dura y terrible sea la solución, pues no hay otra”.

Al día siguiente, Kruschev envía una carta a Kennedy en la que, en tono conciliador, ofrece una salida al conflicto: “Pienso que es posible terminar la controversia rápidamente y normalizar la situación. Estamos dispuestos a remover de Cuba los medios que usted reconoce como ofensivos. A cambio Estados Unidos removerá esos mismos medios de Turquía”, en alusión a los cohetes instalados en abril de 1962 apuntando al sur soviético.

El acuerdo incluiría que ambas superpotencias asumieran el compromiso de respetar las fronteras de Cuba y Turquía y no invadir a esas naciones.

El mismo 27 Kennedy le escribe al soviético: “La primera cosa que necesita hacerse es, sin embargo, trabajar para frenar las bases de misiles ofensivos en Cuba y para inutilizar los sistemas de armas ofensivas”.

Plantea que la Unión Soviética acuerde remover todos los sistemas armamentistas en Cuba bajo la observación y supervisión de la ONU y otorgue salvaguardias para no introducirlas de nuevo. A cambio, ofrece el levantamiento del bloqueo naval contra Cuba y garantías de que no invadirá esta nación.

El 28 de octubre Kruschev le escribe a Kennedy: “El gobierno soviético, además de instrucciones emitidas previamente sobre el cese de labores en los sitios en construcción para las armas, ha emitido una nueva orden sobre el desmantelamiento de las armas que usted describe como ‘ofensivas’”.

En su respuesta –enviada ese mismo día– Kennedy le reconoce el gesto: “Pienso que usted y yo, con nuestras pesadas responsabilidades de mantener la paz, fuimos conscientes de que los sucesos estaban aproximándose a un punto donde los eventos pudieron haberse vuelto inmanejables”.

 

Reclamos

 

El 30 de octubre el dirigente soviético le escribe a Castro: “El acuerdo condujo a la liquidación del conflicto en la zona del Caribe, el cual, como bien se percata, fue caracterizado por el choque de dos superpotencias y la posibilidad de su transformación en una guerra mundial termonuclear con el uso de misiles”.

Y reprueba la recomendación que Castro le hizo en su carta del 26 de octubre: “Propuso que fuéramos los primeros en lanzar un ataque nuclear contra el territorio del enemigo. Usted obviamente se da cuenta a dónde hubiera llevado esto. Hubiera sido el inicio de una guerra termonuclear.

“Querido camarada Fidel Castro, considero esta propuesta de usted incorrecta, aunque entiendo su motivación.”

Kruschev le enumera: “Obviamente Estados Unidos habría sufrido enormes pérdidas, pero la Unión Soviética y todo el campo socialista también las habrían sufrido. Cuba habría sido quemada en el fuego de la guerra. Pero no estamos luchando contra el imperialismo para morir, sino para aprovechar todas nuestras posibilidades, para perder menos en la lucha y ganar más”.

El dirigente cierra con optimismo: “Le deseo éxito, camarada Fidel Castro. Aún habrá maquinaciones en su contra, pero, junto con usted, adoptaremos todas las medidas necesarias para paralizarlas y continuar con el fortalecimiento y el desarrollo de la Revolución Cubana”.

La réplica de Castro es dura. Escribe el 31 de octubre, en la que será la última comunicación directa entre ambos en relación con este conflicto: “Me di cuenta cuando las escribí que las palabras contenidas en mi carta podían ser malinterpretadas por usted y eso fue lo que ocurrió, tal vez porque no las leyó cuidadosamente, tal vez por la traducción, tal vez porque quise decir mucho en tan pocas líneas”.

Le pregunta: “¿Cree, camarada Kruschev, que estábamos pensando egoístamente en nosotros, en nuestro generoso pueblo dispuesto a sacrificarse no de una manera inconsciente sino completamente seguro del riesgo que corría? Sabíamos, y no presumo de ignorarlo, que hubiéramos sido aniquilados, como insinúa en su carta, en el caso de guerra nuclear. Sin embargo eso no nos llevó a pedirle que retirara sus misiles, a pedirle que negociara”.

Y le rebate: “Y no le sugerí que la URSS debía ser el agresor porque eso sería más que incorrecto, sería inmoral y despreciable de mi parte. No sugerí, camarada Kruschev, que en medio de la crisis la Unión Soviética debía atacar, que es lo que su carta parece decir; en cambio, que ante un ataque imperialista la URSS debía actuar sin vacilación y no debía nunca cometer el error de permitir el desarrollo de unas circunstancias en las cuales el enemigo realizara el primer ataque nuclear contra la URSS”.

El 20 de noviembre empieza a distenderse la situación, con la anuencia del dirigente soviético a retirar todos los misiles en un plazo de 30 días, al tiempo que Kennedy ordena el levantamiento de la cuarentena naval y la desactivación de la alerta militar.

La Crisis de los Misiles había sido superada.