LYON, FRANCIA (apro).- Blanca, rubia y judía, Robyn Orlin nunca ha encontrado la paz en su país. Nacida durante el ominoso apartheid, decidió entrar en la danza contemporánea sintiéndose mal por la vergonzosa separación entre blancos y negros que sucedía en Sudáfrica. Y después, con la llegada de la integración racial, pasó a ser parte de un grupo de artistas que se consideran políticamente no correctos para ser promovidos dentro y fuera de esa nación.
Parcialmente emigrada a Francia, Orlin presentó en la Biennale de la Danza que concluyó el pasado martes 2 en esta ciudad, Beauty remainded for just a momento then returned gently to her starting position (La belleza permaneció por un momento y entonces retornó gentilmente a su posición de inicio), una puesta en escena muy esperada, ya que en Francia y en Europa en general la coreógrafa es considerada como una de las principales creadoras de la vanguardia.
Sencilla, tranquila, la artista tuvo una conferencia previa al inicio de sus funciones, en la que sin ahondar demasiado quedó en evidencia que su trabajo no brilla del todo en su país de origen, y no precisamente por falta de calidad. De hecho, esta crítica intentó localizarla hace diez años en Johannesburgo, Sudáfrica, sin obtener más que respuestas ambiguas sobre el lugar donde trabajaba.
She is too white (Ella es muy blanca) fue la respuesta obtenida de un funcionario cultural que a manera de disculpa trataba de referirse a la coreógrafa de danza contemporánea más importante de aquel país.
Su obra en esta ciudad, interpretada sólo por bailarines de raza negra trata sobre los estereotipos de la belleza y los lugares comunes que existen sobre su país.
“La idea inicial fue la de romper con la imagen de África como víctima, lo que siempre se ha convertido en cliché. En otras palabras tratar de decir o hacer algo realmente positivo sobre ese continente. Algo muy difícil para mí debido a mi condición de vida pasada. El apartheid fue una experiencia terriblemente brutal, y como mujer sudafricana blanca todavía enfrento sus horrores. Es algo profundamente enraizado en la psique africana y creo que en la del resto del mundo también.
“Lo que quiero decir es que cada vez encuentro más difícil colaborar con otros artistas de la región que siempre se plantean como víctimas. Hay que moverse de ahí porque África es mucho más que un continente de desgracia y falta de fortuna. Mi coproductor en África me ha dicho que no es suficiente exportar minerales y recursos naturales para ser procesados. Nosotros debemos procesarnos a nosotros mismos para salir adelante.”
Un tanto transgresora bajo la mirada europea, Orly utiliza en su puesta en escena todos los lugares comunes posibles sobre la forma de actuar y conducirse de los sudafricanos negros, su manera de vestir y las excentricidades que caben en el medio.
La puesta en escena se inicia cuando a la entrada se le entrega al público una botella con agua y se le advierte que es para el montaje. En el abarrotado teatro una bailarina-actriz de tremenda garra le pide al público que abra su botella y realice diferentes ruidos al tomar el agua: tragarla sonoramente, hacer buches y gárgaras. Posteriormente pide que se hagan ruidos retorciendo las botellas vacías y finalmente pide que se arrojen las botellas al foro y que lo que hay ahí “no es basura, sino una instalación”.
Delirante, el público asistente al foro Transbordeur, se deja llevar de la mano por la guía hasta donde ella quiere: le quita sus camisetas a los asistentes para hacerse una falda gigante y posteriormente intenta revenderlas entre el público. Vestidos con diseños de material reciclable, los bailarines-actores se desbordan en su pasión y entrega. Las pocas secuencias de movimiento que hacen los muestran llenos de un particular vigor que merecería ser puesto más al servicio de la obra.
Escenas de video con leones y víboras recalcan que esas cosas son “feas” que hacen daño y que de África hay que buscar lo lindo. Un tanto costumbrista y lírico, el espectáculo es recibido por los franceses como un hito por poner al fuego una serie de esquemas racistas en los que tanto blancos y negros se han venido apoyando en Sudáfrica.
La compañía de Robyn Olrlin, Moving Into Dance es la más importante de su país de origen aunque como la propia Orlin señala, su status como creadora sudafricana “allá” sea un tanto extraño y hasta bizarro.
Interesante como fenómeno, el montaje de Orlin, no obstante genera otra respuesta en los latinoamericanos presentes entre el público. Un argentino afirma que “no le abrió ninguna puerta hacia una experiencia estética y más bien le parece que hay un sobrado paternalismo de Orlin sobre sus bailarines que definen belleza como “la sonrisa de Robyn o la risa de Robyn”.
Otros apuntan que es grotesco el ego de la coreógrafa que pudo haber dejado ver más la valentía de los cuerpos de sus bailarines y ocultado un poco más su enorme necesidad de reconocimiento.
Pero por el lado que se mire, la propuesta de Orlin es fundamental de verse y conocerse. Se puede estar en desacuerdo con lo que se percibe en foro, pero dadas las condiciones históricas de Sudáfrica y el enrizamiento de estereotipos que la misma creadora señaló existen sobre una región del mundo tan alejada de Europa y América, su valor artístico queda desplazado ante el manifiesto social y político que se esgrime con sólo decir la palabra maldita apartheid.
Pasaran muchos años antes de que la danza contemporánea sudafricana pueda ser analizada en su peso específico real, es demasiado pronto aún para no cargarla de prejuicios, sentimientos cruzados, falsas promesas y sobreprotección cultural.
Madre adoptiva de una pequeña de raza negra, Robyn no encaja en ningún mundo, ni en el de su familia que la ha apoyado siempre de alguna forma, ni en el de la creación artística “pura”. La mejor definición de su trabajo la contó Orlin en su conferencia cuando narró que su abuela con acento Yidish le decía: “hijita hiciste un desastre allá arriba, en el foro, todo quedó patas arriba”.








