El quehacer poético, desde la perspectiva del creador, y el quehacer cultural, desde la visión del funcionario, son los temas que aborda Jorge Ruiz Dueñas en ocasión de su más reciente poemario, La esencia de las cosas. Integrante del primer Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, señala que a 24 años de su fundación sigue sin resolverse el marco jurídico de la institución.
Cuando se fundó, por decreto presidencial, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el poeta Jorge Ruiz Dueñas asumió una de sus dos secretarías técnicas. Rememora que entonces se creó un programa encargado del marco jurídico. Veinticuatro años después sigue sin él, pero tampoco se ha logrado resolver lo que, en su opinión, es uno de los principales problemas de la cultura: armonizar modernidad y tradición.
Parece, dice a Proceso, que el éxito de la administración en el campo de la cultura se mide por la cantidad de infraestructura generada, “en miles de metros construidos”, cuando sigue habiendo una ausencia de “auténticas políticas culturales que permitan gestar una matriz cultural propia”.
Nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1946, el escritor –ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 1997– recién publicó un nuevo libro de poemas, La esencia de las cosas, bajo el sello Ediciones sin Nombre, cuyo título evoca la obra filosófica Los reinos del ser, del filósofo de origen español George Santayana, que constantemente lo acompaña en sus viajes junto con el Libro del desasosiego, escrito por Fernando Pessoa con el heterónimo de Bernardo Soares.
Confiesa que siempre le ha intrigado qué hay detrás de las cosas, un cuchillo, una cuchara… Hay ciertamente metal, pero también trabajo, familias, ambientes. Su libro es una reflexión sobre todo ello pero desde la filosofía materialista, no tiene en sentido alguno una visión aristotélica. Dice:
“Hay una visión persa que pasa a los griegos: que el hombre es las cosas que le rodean.”
Fiel a su estilo, su nueva obra es un solo poema “reflexivo-autobiográfico” que, sin embargo, puede leerse como poemas aislados: el del árbol, las flores, las plantas; los objetos inanimados, la cama, la vasija, el reloj; pero también lo inmaterial, el olvido, la memoria o la pesadilla.
La esencia de las cosas
no está en su naturaleza
sino en su evocación
y preserva mi memoria.
Aunque Ruiz Dueñas puso punto final a esta obra en octubre de 2010, fue hasta mayo pasado cuando quedó lista en la imprenta. La pregunta obligada es por qué casi dos años.
–¿Es difícil publicar poesía en México?
Exgerente editorial del Fondo de Cultura Económica y exdirector de la revista Tierra Adentro, quien fuera secretario de León Felipe, afirma que cuando era joven había mayor espacio para los nuevos escritores y un mundo de generosidad en el cual no faltaba un amigo que hiciera las ilustraciones, otro los carteles para la difusión, y así se cuajaba el proyecto. A él prácticamente lo empujó el poeta español a hacer su primera publicación.
Con el tiempo ha ido disminuyendo el número de lectores de poesía y los poetas son más símbolos sociales que autores leídos. Además, no hay aquella apertura tan grande hacia la poesía, “creo que sí hay problemas y dificultades”. Pronto publicará otro libro de poesía, Ultramar, y uno de relatos con notas periodísticas que ha hecho a lo largo de su vida: Contratas de sangre y otras noticias imaginarias.
A veces, explica, la morosidad en dar a la luz un libro de poesía no necesariamente está relacionada con las dificultades editoriales, “aunque debo reconocer que la poesía es cada vez más complicada… Dicen que en los países en desarrollo abundan los abogados y los poetas… probablemente, lo cierto es que no hay tanta poesía que trascienda y menos que pueda ser publicada. Ahora hay más libros de autoayuda”.
Lamenta que en las librerías y los llamados puntos de venta, como las tiendas Sanborns, donde se lleva a cabo la entrevista, se privilegien en las mesas de novedades los libros que tienen éxito en el mercado, los libros de autoayuda, “de salida rápida”, no obstante que autores como Jean-Paul Sartre han sido un éxito mundial:
“El mundo moderno prefiere más que la introspección, la posibilidad de una lectura más acorde con el ritmo cotidiano, entonces busca una literatura narrativa, más si la narrativa –como ahora– está ligada con la cotidianidad, y como la cotidianidad está teñida de sangre la narconovela es un enorme éxito. No sé si pasaremos a la posteridad, que nos recuerden finisecularmente, como los hombres que escribieron las sagas de unos delincuentes, pero me temo que la poesía no es precisamente algo que interese a los grandes negocios, y es una pena porque es una forma de reflexionar, de acercarse a la naturaleza, de acercarse al prójimo, inclusive a la diversidad de la vida social.”
–Incluso hay librerías Educal que también colocan en sus mesas lo que se está vendiendo en el momento, antes que los propios fondos del Conaculta.
–Sí, pero la verdad esto no es culpa de Educal, y de situaciones similares diría yo que no es culpa de las instituciones culturales. Según mi visión y mi experiencia personal, hay una extraña bipolaridad del Estado mexicano hacia la cultura.
Conocedor del tema de la eficacia y la eficiencia de las empresas públicas mexicanas, pues hizo un libro para editorial Trillas sobre el tema, detalla que a este tipo de instituciones se les exige eficiencia financiera y transparencia, que no representen una carga pues incrementan la crisis fiscal del Estado, y “eso está muy bien”.
Y es que en general, argumenta, el Estado no está dispuesto a exponer tantos recursos pues tiene otras tareas como la educación, la salud, la vivienda, que son cargas y van generando déficit fiscal, entonces a las instituciones como Educal o el propio FCE se les exige eficiencia económica, “sin entender que está en su eficacia política, porque la cultura también es una expresión de la política, o debiera de ser”.
Países “que han pasado de forma más sabia por esto”, como Francia, apoyan a sus pequeñas librerías, dan subsidios para que sobreviva la librería de barrio, la de viejo, y exista ese “conocedor del libro” a quien se le dice: “Leí algo con estas características”, y al día siguiente tiene ya el libro buscado.
Es la trama intangible que hay detrás de las cosas materiales de la cultura, enfatiza el poeta. Y a decir suyo es lo que habría que multiplicar:
“No basta con hacer librerías, necesitamos también formar libreros, evidentemente formar lectores, ¡y formar escritores! Por un lado hay una enorme atención a la infraestructura y el éxito se mide en miles de metros construidos o en unidades culturales hechas, está bien, pero no existen políticas culturales como tales para amarrar de manera general, en términos de la república y de manera democrática, tanto la distribución de esta infraestructura material con la infraestructura intangible.”
Tras evocar las Misiones Culturales de José Vasconcelos, insiste en que una política no es sólo hacer metros cuadrados, sino todo el acompañamiento en su conjunto, porque además “salta a la vista la enorme concentración de bienes culturales”. Se concentran fundamentalmente en la Ciudad de México, y cuando uno se va alejando del Valle de México se ve la disparidad en la distribución. E igual pasa en las capitales de los estados con respecto a los municipios.
Armonizar la diversidad
Autor también del libro Cultura, ¿para qué? Un examen comparado, Ruiz Dueñas es enfático al señalar la necesidad de “auténticas políticas culturales” para construir una matriz cultural propia, que si bien permita tener lo mejor de la modernidad del mundo como la tecnología y “que nos haga partícipes de las ideas, de que todos somos ciudadanos del mundo, nos permita separarnos de aquello que no es una aportación y generar algo nuevo. Ser moderno no significa una forma absolutamente novedosa de pensar, es la aceptación crítica de la tradición”.
En este sentido afirma que el primer problema institucional ha sido no saber armonizar tradición y modernidad, reconocer que México es un país multicultural y multilingüístico con desequilibrios sociales y económicos.
“Si no tenemos esa visión detrás, estamos haciendo unidades de cultura, qué bueno, pero no están vinculadas en un entramado mayor.”
Lejos de ello, advierte que la educación y la cultura que estaban originalmente unidas, son ahora una dicotomía. Los tiempos modernos, la globalidad ha obligado a que la formación de los jóvenes sea sólo “una habilitación para ese mundo moderno, generar destrezas y capacidades específicas”, y ya sea en Francia o en México, la educación se ocupa “estrictamente de la formación de mano de obra calificada”, no en el pensar.
Así, cuando a las instituciones culturales se les exige no crear déficit, se les limita el subsidio, se abandona la educación integral de los niños y jóvenes, se va diluyendo la identidad nacional. Recuerda que en Francia se dio también este proceso con los egresados de la École Nationale de l’Administration, llamados “enarcas”:
“Pero en nuestro caso, un país con enormes carencias, que no ha aceptado la multiculturalidad, que pone a juicio las tradiciones, por ejemplo los usos y costumbres (está bien cuando hay afectaciones a la mujer), eso de exigir simultáneamente excesos de eficiencia no es más que –insisto– una visión bipolar.”
Se ve también, cita otro ejemplo, en la desatención a los archivos cuando se quiere avanzar en la transparencia, pues hay “una total carencia de papeles… ¡que no dejó el político, es inaudito!”. Resume:
“El punto es la ausencia de políticas culturales auténticas, confundir la construcción y la generación de ritos hacia un panteón nacional con el apoyo real a la vertebración de una gran misión cultural que abarque al país en su enorme complejidad, en su enorme desequilibrio y en sus enormes contradicciones.”
–Aunque publicó su libro Cultura, ¿para que? en el 2000 las observaciones que hace (sobre la incongruencia jurídica del Conaculta, la dualidad de funciones, entre otras) siguen vigentes.
–A mí me llama la atención que el libro se siga buscando, cuando en cifras está absolutamente rezagado; el presupuesto, por ejemplo, ha crecido de manera significativa, los procesos mismos de creación y multiplicación de entidades culturales.
–Y parafraseando aquel título poesía, ¿para qué?
–Eso se lo planteó Hölderlin. Cuando recibí el premio Xavier Villaurrutia dije: ‘¿Para qué poetas en tiempos de miseria?’, que son nuestros tiempos, entonces traté en esa ocasión de dar una respuesta: Para celebrar la vida, para reafirmar nuestra existencia y para tener ese hálito de esperanza que nos permita permanecer en el jardín de la memoria.
“Y para usar al expresión de Orhan Pamuk: que prolongue la esencia misma la poesía, es un lenguaje que sin duda hace referencias a lo intangible pero nos ayuda a vivir, a sobrellevar nuestra incapacidad para abrirnos brecha en el mundo. La poesía nos permite, amorosamente, cobijar el recuerdo, identificar nuestras sensaciones, nuestras emociones, por lo tanto reafirmar nuestra identidad como seres humanos, para eso es la poesía.” a








