Nueva zafra municipal

Con el mes comenzaron las nuevas administraciones en los 125 municipios de Jalisco. La nota dominante es la confirmación del regreso del PRI, que a nivel municipal ahora gobierna a más de las tres cuartas partes de los jaliscienses.

No menos significativos son otros hechos: el arrinconamiento del PAN, que desde 2009 ha venido en caída libre; el retroceso del PRD, que ahora no tiene un solo regidor en Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá, y el debut de Movimiento Ciudadano (MC) como gobierno en una decena de municipios, dos de los cuales están entre los más cotizados de la entidad: Puerto Vallarta y Tlajomulco de Zúñiga.

Este panorama predominantemente priista, que se irá intensificando todavía más en los meses venideros (a partir de noviembre, con la llegada de la nueva Legislatura local; en diciembre, con la toma de posesión de Enrique Peña Nieto como presidente de la República, y desde el 1 de marzo del año entrante con el cambio en la gubernatura de Jalisco), lleva a plantearse una primera pregunta: ¿qué cosas hizo bien el PRI para haber conseguido tanto en la más reciente cosecha electoral? Bien, lo que se dice bien, muy poco o casi nada, por lo que la explicación del nuevo apogeo tricolor habría que buscarla en otra parte.

Para empezar, habría que indagar aquello que ha hecho mal el partido ahora en franca retirada (el PAN) luego de haber gobernando Jalisco durante ya casi tres sexenios y de haber mantenido también la hegemonía, hasta hace tres años, en el ámbito municipal. Luego de un prolongado y generoso tiempo de gracia brindado por la ciudadanía, los gobiernos panistas fueron enseñando el cobre y decepcionando a propios y extraños, hasta el punto de que en las elecciones más recientes para gobernador la tribu albiazul bajó hasta la tercera posición. Múltiples pifias, soberbia, frivolidad, poca o nula competencia profesional, corruptelas, perversión del servicio público (al que muchos panistas tomaron como un medio de autoservicio), despilfarro del dinero de los contribuyentes en obras decepcionantes y en proyectos fallidos, se cuentan entre las señas de identidad de las administraciones estatales y municipales del PAN.

Y como ese estilo torcido de gobernar no sólo no tuvo enmienda, sino que su tendencia fue más bien al empeoramiento, la ciudadanía jalisciense castigó en las urnas al partido blanquiazul, al que tantas oportunidades le había dado, y decidió entregar al PRI el mando del estado, la mayor parte de plazas en el Congreso de Jalisco y el grueso de los municipios, no obstante que el tricolor había ido calentado la banca durante largos 15 años por las mismas causas que ahora alejan al PAN de la toma de decisiones en los asuntos públicos. ¿De qué tamaño debió ser la decepción del electorado jalisciense con los gobiernos panistas para que mandara a este partido hasta el tercer lugar en las preferencias electorales y para que decidiera darle un nuevo voto de confianza al partido en el que muchos veían como la encarnación misma de la corrupción?

Ante ello, cabe otra pregunta, ¿por qué la izquierda política no se hizo merecedora de esa oportunidad y el electorado de Jalisco prefirió el regreso del PRI? La respuesta no es tan difícil: por varias razones, entre las cuales dos parecen ser las principales. Una, la pulverización y el canibalismo entre las fuerzas políticas de la izquierda, que llegó a extremos esquizofrénicos en el proceso electoral. Y la otra sería el hecho de que tradicionalmente el electorado jalisciense nunca ha sido muy proclive a los gobiernos de izquierda.

No obstante lo anterior, el candidato a la gubernatura por el MC, Enrique Alfaro, no sólo alcanzó la más alta votación que hasta ahora ha podido lograr un abanderado de la izquierda en la entidad, sino que quedó a poco más de cuatro puntos porcentuales del ganador de la contienda. Por lo que, de no haber mediado el juego sucio que personeros “izquierdistas” del PRD emprendieron contra el principal abanderado del MC y a favor no del candidato perredista, sino, ¿quién lo creyera?, de su “adversario” del PRI, es muy probablemente que el ahora gobernador electo sería Enrique Alfaro y no Aristóteles Sandoval.

Ante el colapso panista y el canibalismo de las izquierdas, la familia tricolor –que sabe dirimir internamente sus diferencias y presentarse de manera compacta ante sus adversarios– no tuvo mayores problemas para capitalizar las debilidades de sus contendientes y acabó quedándose con la parte del león. Por lo que hace al ámbito municipal, el lunes de la semana pasada la familia de marras tomó posesión de esa ventajosa parcela.

¿Qué harán los gobiernos municipales del PRI para conservar su predominio en el ámbito municipal y no tener que entregar dentro de tres años los ayuntamientos que ahora controlan? De entrada, seguramente buscarán demostrar que no son peores ni más incompetentes que los panistas. Y tratarán de resolver, con el apoyo del próximo gobierno del estado, así como del federal (ambos de filiación priista) algunos de los problemas con los que definitivamente no sólo no pudieron las administraciones del PAN, sino que en varios casos acabaron por complicarlos todavía más.

Tal cosa sucedió, por ejemplo, con el transporte colectivo de la zona metropolitana de Guadalajara, o con la necesidad de garantizarle fuentes alternas y seguras de agua potable a la misma urbe y a la región de Los Altos. En uno y otro caso, lo único que hicieron los gobiernos del PAN fue perder un tiempo precioso (¡nada más 18 años!) y despilfarrar de manera escandalosa el dinero de los contribuyentes en proyectos tan descocados como la fallida presa de Arcediano y la decepcionante primera y única línea del Macrobús.

En el primer caso, el próximo gobernador de Jalisco enfrentará el acuciante compromiso de tener que cumplir con quienes lo eligieron y con los jaliscienses en general, ante quienes se comprometió a ampliar la cobertura del Tren Eléctrico Urbano, algo que ya había hecho desde su anodino paso por la alcaldía de Guadalajara. En caso de que no volviera cumplir con esta reiterada promesa, ahora en su más ventajosa condición de primera autoridad del estado, y si los alcaldes metropolitanos –con excepción del edil de Tlajomulco, todos de filiación priista– no le exigen que cumpla, entonces los habitantes de esta parte del mundo habrán conocido por partida doble a un nuevo demagogo de marca.

Otro tanto se podría decir del asunto del agua potable. El gobernador electo adquirió el compromiso de revisar lo de El Zapotillo –y eventualmente incluso de pedir su cancelación– para salvar las poblaciones de Jalisco amenazadas por ese proyecto y defender los intereses del estado en la repartición de los recursos hídricos, lo que en definitiva no pudieron o no quisieron hacer el gobernador saliente Emilio González Márquez y funcionarios como César Coll Carabias.

Por el momento, los ganadores de la nueva zafra municipal –que en la mayoría de los casos heredaron gravosos adeudos de quienes los precedieron en el cargo y que por eso verán limitado su margen de maniobra– tienen un recortado tiempo de gracia para cumplir sus promesas y compromisos de campaña. De no hacerlo, no sería nada raro ver a los triunfadores de hoy convertidos en los derrotados de mañana y viceversa.