La muerte del legendario dirigente comunista español Santiago Carrillo, ocurrida el pasado martes 18, trajo a la memoria de los sectores progresistas de España su contribución al establecimiento de la democracia en la península ibérica luego de la dictadura de Francisco Franco. Odiado desde siempre por la derecha de ese país, sobre todo desde que retornó de su largo exilio, Carrillo fue un revolucionario en toda regla, testigo de acontecimientos históricos clave en su patria: desde la revolución de 1934 hasta la Guerra Civil, desde la transformación ideológica del Partido Comunista Español hasta su contribución a la transición política española…
MADRID.- El 22 de diciembre de 1976, Santiago Carrillo fue detenido en esta capital por la policía política española semanas después de haber entrado clandestinamente, procedente de Francia, para lo cual se disfrazó con una peluca elaborada por el peluquero de Pablo Picasso y cambió su apariencia con lentes de contacto.
El entonces líder del Partido Comunista Español (PCE), a la sazón ilegal, regresó a su país a bordo de un Mercedes Benz que conducía su amigo, el empresario Teodulfo Lagunero, con lo cual concluyó casi 38 años de exilio.
Abandonó España en febrero de 1939, luego del triunfo del ejército golpista de Francisco Franco, y permaneció en el exilio prácticamente durante toda la dictadura, contra la luchó al sumarse al frente republicano.
“Durante ese exilio pasé seis meses en París, seis meses en Moscú, seis meses en Nueva York, un año y medio en Cuba, un año y medio en México, un año en Buenos Aires y vuelta a Europa, por Portugal”, relató Carrillo en una entrevista con Televisión Española en febrero de 2011, al cumplir 96 años.
Su detención fue propiciada por él mismo para obligar al gobierno de Adolfo Suárez a reconocer su presencia legal en España e iniciar así el camino para la legalización del PCE, y para forzar su participación en el proceso de reformas que vivió el país durante la etapa conocida como la Transición Española.
El martes 18 este líder histórico murió en su casa a los 97 años. Prácticamente todas las fuerzas políticas reconocieron su papel central en la Transición Española a la democracia, pese a que esto le acarreó costos en lo electoral y críticas al interior del PCE por desvanecer el proyecto comunista. Salvo los ultraderechistas, entre ellos un sector de la prensa, que le achacan la matanza de Paracuellos de Jarama, el resto de la clase política lo valora.
Desde muy joven, Carrillo Gijón, nacido en Asturias el 18 de enero de 1915, se afilió a las Juventudes Socialistas de España (JJSS) y a la Unión General de Trabajadores (UGT), de la que su padre fue dirigente. Se desempeñó como aprendiz en una imprenta y comenzó escribir en el periódico El Socialista, donde cubría la información parlamentaria tras la proclamación de la Segunda República española, en abril de 1931.
Dirigió la revista socialista Renovación y fue elegido secretario de las Juventudes Socialistas. Durante esta época participó en el movimiento revolucionario del 34, por lo cual fue encarcelado; obtuvo su libertad hasta 1936.
Carrillo se contagió del fervor de la Revolución bolchevique durante su primer viaje a Moscú, adonde acudió para negociar la unificación de las juventudes socialistas y las comunistas, fusión que dio lugar a las Juventudes Socialistas Unificadas.
Tras el alzamiento de la cúpula del ejército y el inicio de la Guerra Civil, Carrillo se sumó a los combates. “A mí la guerra me sorprendió en París”, dijo en la entrevista televisiva. También recordó que llegó a la capital francesa en la mañana, y para mediodía los periódicos galos publicaron la noticia de que el ejército se había sublevado contra la Segunda República”.
“Esa misma noche tomamos el tren; llegamos el 18 por la mañana a Irún (País Vasco) para mi comienzo en la guerra”. Combatió en una columna en Aguilar del Campo. Luego regresó a Francia para entrar por la frontera a Cataluña, donde también participó en el frente de combate.
En 1936 fue designado consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Ocupaba este cargo cuando ocurrió la matanza de más de 2 mil reos –que se presumía podrían ser fieles a los militares alzados– en Paracuellos de Jarama, población cercana a la capital.
El régimen franquista y su propaganda lo acusaron de esa masacre. Algunos historiadores y la prensa de derecha repitieron esa versión hasta la actualidad con el argumento de que no fue ajeno al hecho. Sin embargo, investigaciones historiográficas recientes confirman que no tuvo nada que ver en esos acontecimientos.
Lucha desde el exilio
Luego del triunfo de los militares y el establecimiento del régimen de Franco, los dirigentes comunistas abandonaron España rumbo al exilio “porque no había estructura capaz de resistir la dictadura y de ayudar a los miles de militantes que no pudieron exiliarse; falta de previsión que era indiscutible en la derrota de la República”, escribió Carrillo en su libro Eurocomunismo y Estado.
“En los años cincuenta, los principales centros intelectuales del PCE estaban ubicados en Francia y en México. En este país fue donde se exiliaron Vicente Uribe, Pedro Checa y Antonio Mije”, refiere Jesús Sánchez en su libro Teoría y práctica democrática en el PCE.
En enero de 1945 se realizó en México la primera sesión de un congreso de diversas fuerzas en el exilio, cuyo fin era conformar un gobierno republicano en el exilio en el que estuvieran representados los republicanos, los socialistas partidarios de Indalecio Prieto, los libertarios y los nacionalistas vascos y catalanes.
Pese a las reticencias de los integrantes del PCE a formar parte de un gobierno presidido por Juan Negrín, finalmente modificaron su postura, cuya formalización se dio después de una sesión en Toulouse, en diciembre de ese año. Carrillo fungió como representante sin cartera en ese gobierno.
Bajo el cobijo de Dolores Ibárruri, La Pasionaria, la emblemática líder comunista durante la Segunda República y la Guerra Civil, Carrillo llegó a la Secretaría General del PCE.
“En el IX congreso (1956), después de la lucha armada, la postura de reconciliación nacional en su línea política no fue pacífica en su seno. Hubo un desgarramiento interno: por un lado Vicente Uribe y Antonio Mije, y una nueva hornada cuyo nexo común era su pertenencia a las Juventudes Socialistas Unificadas, que se habían articulado alrededor de Santiago Carrillo. No cabe duda de que la victoria de estos últimos coadyuvó en el congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética), y la actitud de la presidenta del PCE, Dolores Ibarruri, La Pasionaria, que comprendió los nuevos aires dentro del PCE y apostó por la corrección de la estrategia política y los nuevos dirigentes que la sostenían”, consigna Sánchez en su texto.
En 1960, Carrillo y Fernando Claudín ganaron el Comité Central del PCE y se inició el rompimiento de la fidelidad a Moscú, que concluyó con la invasión rusa a Checoslovaquia en 1968. Ambos líderes impulsaron la política de renovación nacional impuesta por la realidad nacional. Carrillo permaneció al frente del PCE de 1960 a 1982; este partido aglutinó la posición de mayor firmeza en contra del régimen franquista.
La legalización del PCE
Los contactos entre Carrillo y Adolfo Suárez se iniciaron en septiembre de 1976 mediante dos intermediarios: Jaime Ballesteros y José María Amero. El líder comunista planteaba el reconocimiento del PCE y el segundo pedía a este partido que reconociera la bandera española, la monarquía y la unidad de España.
El 2 de marzo de 1977, Carrillo, junto con los líderes comunistas Enrico Berlinguer, del PC italiano, y Georges Marchais, del PC francés, presentaron formalmente el movimiento eurocomunista, muy desligado de Moscú.
Pese a los recelos de los militares y de los poderes fácticos del franquismo, el 9 de abril de 1977, en plena Semana Santa, Suárez legalizó al PCE, rompiendo así la promesa que les había hecho de que no lo haría.
En el libro Memoria de la Transición (Grijalbo, 1983), Carrillo cita al vicepresidente del gobierno, Alfonso Osorio, quien recuerda que el gobierno de Suárez “se negaba en redondo a legalizar al Partido Comunista. En diversas entrevistas con las fuerzas armadas así lo había declarado Suárez añadiendo su creencia de que en aquel momento Suárez era sincero”.
En su primer discurso tras la legalización del PCE, Carrillo expresó: “La noticia me produce la misma satisfacción que van a sentir millones de trabajadores y demócratas en España. Es un acto de credibilidad y fortaleza al proceso de marcha hacia la democracia”.
Y se refirió a Suárez en estos términos: “Yo no creo que el presidente Suárez sea un amigo de los comunistas. Le considero más bien un anticomunista, pero un anticomunista inteligente que ha comprendido que las ideas no se destruyen con represión e ilegalizaciones. Y que está dispuesto a enfrentar a las nuestras, las suyas. Bien, ese es el terreno en el que deben dirimirse las divergencias”.
Antes, el 27 de enero de 1977, Suárez y Carrillo se reunieron en privado. Se piensa que en este encuentro se estableció el compromiso del PCE de renunciar a la reivindicación de la República a cambio de la legalización. El líder comunista relató en la entrevista de televisión: “Suárez le pidió permiso al rey para tener la conversación, porque entonces era muy delicado reunirse conmigo. Llegué 10 minutos antes que él y nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida.
“Lo primero que me dijo Suárez fue: ‘usted y yo hemos estado jugando una partida de ajedrez sin vernos, y usted me ha obligado a poner la ficha donde usted ha querido’. Esto te gana un poco tu voluntad, esa actitud modesta. Y la conversación fue prácticamente una conversación de amigos.
“Hay gente que piensa que Suárez me dijo: ‘tú vas a hacer esto y esto’. Y que yo le dije: ‘pero tú tienes que hacer esto y esto’. No es verdad. Estuvimos hablando seis horas de la situación política del país, de la situación de la economía”.
Prosigue: “Ahí Adolfo Suárez se convenció de lo que yo quería y yo me convencí de que en verdad Suárez iba a establecer una sistema democrático, la forma del sistema de gobierno, las reformas”.
El dirigente comunista participó en las elecciones de 1977, en las que su partido logró 20 escaños con una votación de 9.2% del padrón, que él mismo calificó de “desastre”. No contaban con que habría un cierto desencanto y que la gente temía que una victoria mayor del comunismo provocara una nueva reacción de los militares. Carrillo renovó su escaño en 1979 y en 1982.
El 23 de febrero de 1981, durante la sesión del Congreso de los Diputados donde se realizaría la votación de investidura del nuevo presidente, Leopoldo Calvo Sotelo (de UCD), tras la dimisión de Suárez, un grupo de guardias civiles armados irrumpió en el recinto. Se trataba de un intento de golpe de Estado que había sido promovido por un sector del ejército, inconforme con los avances democráticos. Los golpistas fueron aislados y la asonada no prosperó.
“Cuando estábamos votando hay un ruido y aparece Tejero y eso me da enseguida el conocimiento de cuál es la situación”, comentó Carrillo en la entrevista televisiva. Añadió que permaneció sentado en su curul al igual que Suárez y el exvicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado, a diferencia del resto de parlamentarios, quienes con un disparo del militar se escondieron abajo de sus lugares.
“Mi reacción, siendo el dirigente del PCE y diputado elegido por el pueblo de Madrid, fue que yo tenía que portarme decentemente, dignamente, y que yo no iba a tirarme al suelo delante de esa gente, ni iba a hacer ninguna concesión. Toda esa noche, mi preocupación era esa; era posible que nos mataran, pero ahí lo que cabía era salvar el honor”.
En 1996, el ministro del Interior del gobierno de José María Aznar, Jaime Mayor Oreja, le regresó a Carrillo la peluca con la que había entrado a España en 1976. “Pero no era la mía, eran una peluca y unas barbas; la mía está en alguna dependencia del Ministerio de Cultura, yo la he visto ahí, pero yo ni necesito ni quiero esa peluca, de la que tenía unas ganas enormes de liberarme”, ironizó Carrillo.








