La capital de la “prosperidad”

No pocas veces Guadalajara ha vivido de mitos. Ahora mismo, de manera inusitada, se le presenta una nueva oportunidad: una dependencia de la Organización de las Naciones Unidas llamada UN Habitat dice haber hecho un estudio entre 86 ciudades de los distintos continentes para determinar cuáles urbes cuentan con los mejores índices de prosperidad en el orbe. El organismo llegó a la conclusión de que la capital de Jalisco es “la ciudad más próspera de América Latina” (Milenio Jalisco, 29 de agosto de 2012).

La fuente de esta noticia, más que halagadora para no pocos tapatíos y que debió difundirse oficialmente la semana pasada durante el Foro Mundial Urbano en la ciudad italiana de Nápoles, es Eduardo López Moreno, director mundial de Urbanismo de la ONU. Según él, la capital tapatía está a un paso de entrar al primer círculo de las ciudades más cotizadas del planeta:

“Guadalajara no aparece mal en el índice, aparece en un grupo con ciertos cimientos sólidos para avanzar hacia la prosperidad. Lo que, aclaro, no significa que sea una ciudad próspera, pero que tiene todas las condiciones para serlo. Hay muchas ciudades en el mundo que todavía tienen que reunir dichas condiciones, Guadalajara las tiene y por eso aparece alta en el índice de medición”.

Sin ánimo de hacerle al aguafiestas y más allá de que para algunos espíritus crédulos de la comarca la declaratoria pueda ser algo así como un masaje a su ego personal y colectivo, cabe hacer unas cuantas preguntas: ¿en qué se basaron los integrantes de UN Habitat para llegar a semejante conclusión? ¿Estuvieron acaso en Guadalajara para observar directamente las condiciones en que se encuentran las distintas zonas y barrios de la ciudad (particularmente el centro y la periferia), para advertir las condiciones de sus calles (tan llenas de baches como congestionadas de automóviles), para darse cuenta del deficiente y anacrónico sistema de transporte público que priva desde hace años, y para constatar el  hecho de que la mayor parte de las aguas residuales de la ciudad siguen siendo vertidas, sin tratamiento alguno, al río Santiago, uno de los más contaminados de América Latina?

Todo hace suponer que los observadores de asuntos urbanos de la ONU hicieron esa declaratoria desde un escritorio y a partir de datos con poco o nulo sustento. De lo contrario no habrían llegado a la conclusión de que “el índice de prosperidad” de Guadalajara la estaría colocando por encima de Buenos Aires, Santiago, Sao Paulo, la Ciudad de México, etcétera, ciudades que cuentan, por ejemplo, con Metro, avanzado sistema de transporte colectivo, del cual carece la capital jalisciense.

Guadalajara es la ciudad mexicana con el mayor número de automóviles por habitante, algo que no debe entenderse como signo de “prosperidad” urbana, sino de desarrollismo. Y ello porque esa eclosión de vehículos automotores (se habla de más de 1.8 millones de unidades), aparte de saturar calles y banquetas, es la mayor fuente de contaminación atmosférica de la zona metropolitana de tapatía.

Nunca como ahora el primer cuadro de la ciudad había acumulado tantos achaques: un uso habitacional tan menguante que, después de las 10:00 de la noche, esa zona se vuelve tan desolada que pareciera ser el escenario ideal para el crimen perfecto; un creciente número de casas en el abandono, muchas de ellas con reconocido valor patrimonial y que, ante la negligencia e incluso la malicia de sus propietarios, suelen colapsarse durante la temporada de verano; crecimiento desmedido del comercio informal; explosión demográfica de indigentes y personas que sobreviven en la vía pública; un desaseo que salta a ojos vistas, etcétera.

Mención aparte merece el fallido proyecto que pretendía construir la Villa Panamericana en los alrededores del parque Morelos. Durante la administración de Alfonso Petersen Farah  esta iniciativa municipal se había concebido no sólo para convertirse en la sede temporal de los atletas que concurrirían a los Juegos Panamericanos de 2011, sino como “la punta de lanza” de un proyecto habitacional mucho más ambicioso, el cual se proponía repoblar el primer cuadro de Guadalajara. Pero a la hora de la verdad, no todos los vecinos y casatenientes en el entorno del parque Morelos quisieron vender sus inmuebles, aun cuando Petersen Farah y compañía los adquirían pagándolos a dos o tres veces su valor comercial. Otro obstáculo fue la oposición de los regidores del PRI para que el ayuntamiento de Guadalajara contratase un crédito por mil millones de pesos, y uno más fue la tajante desaprobación que el presidente de la Organización Deportiva Panamericana (Odepa), Mario Vázquez Raña, para que la Villa Panamericana se construyera en ese sitio.

Para la comuna tapatía y para el primer cuadro de la ciudad, aquello terminó siendo un pésimo negocio, pues aparte de que los terrenos fueron comprados a sobreprecio, el entorno del parque Morelos quedó hecho ruinas con las fincas demolidas para el fallido Proyecto Alameda, el cual pretende ser rescatado ahora, aunque de manera parcial, como parte de otro ambicioso proyecto que más bien parece un nuevo sueño guajiro: el de la cacareada Ciudad Digital que, según dicen sus promotores, pondría a la capital jalisciense en mapa mundial del ramo y sería una caudalosa fuente de empleos bien remunerados.

En honor a la verdad, las profesiones u oficios que más han prosperado en la Guadalajara del siglo XXI es el de “cuidacoches”, “viene-viene”, limpiaparabrisas, magos de crucero, vendedores ambulantes y anexas, con personas que poco a poco se han ido apoderando de la vía pública ante la complacencia, la indiferencias y hasta la complicidad de autoridades municipales y de tránsito. (Por no ser tan visibles como las anteriores, aunque no por ello menos reales, no se incluyen aquí a las personas que han sido reclutadas por el llamado crimen organizado.) ¿Será acaso ésta la “prosperidad” de que hablan los señores de UN Habitat?

Lo factores que han llevado a Guadalajara a esa situación son diversos y tocan por igual a las distintas órdenes de gobierno, al sector privado (por no crear las plazas de trabajo que las nuevas generaciones demandan) y a las universidades de la región, pero de manera particular a la universidad pública (la Universidad de Guadalajara), que cada semestre les cierra las puertas a decenas de miles de jóvenes que, a quererlo o no, pasan a engrosar las filas de los llamados “ninis”, adolescentes que ni estudian ni trabajan, muchos de los cuales quedan a la merced, en el mejor de los casos, del comercio informal y, en el peor, del crimen organizado y también del desorganizado. Esto último es muy explicablemente la principal causa de la creciente inseguridad pública en la que vive la sociedad tapatía.

En otras palabras, la declaratoria de los señores de la ONU, que coloca a Guadalajara como la ciudad “más próspera de América Latina” y una de la urbes que tienen “todas las condiciones” para figurar en la élite mundial, no pasa de ser un cuento chino, un cuento que no sería muy sensato que los habitantes de la capital jalisciense lo tomaran como la neta del planeta.