Señor director:
Le solicito publicar esta carta, que me gustaría titular: Mi adiós negado a Chavela.
He dedicado una parte considerable de mi existencia a Isabel Vargas, dentro de la cual habitaba Isabel Vargas. Esto lo he hecho con gusto, con el placer y el compromiso que establecen, en contrato voluntario, dos amigos, dos almas que se encuentran y deciden construir una alianza, una amistad pura y sincera, donde nunca media ningún otro interés que el de compartir, de hermanarse. Mucha gente puede dar fe de esto. Como muchos, fui testigo en varias ocasiones de su genio artístico, aplaudí como audiencia esa particular virtud suya de transmitir emociones, al punto de sentir que esa voz conocía cada hilo de nuestros sentimientos, que representaba en su canto. Como pocos, fui parte de su vida íntima: de sus amores, pasiones, platillos favoritos, su nostalgia casi eterna por el tequila, ese compañero de vida que debió abandonar para seguir viviendo.
Ahora que Isabel no está, todos los recuerdos vuelven y se proyectan en mi mente, trayendo consigo momentos de carcajadas y algunas lágrimas, historias y anécdotas… esa es mi herencia y mi mayor tesoro… y no existe nadie que pueda borrarlo o robarlo de mí.
Con Chavela viajé de los escenarios hasta los médicos y los hospitales. La confianza que nuestra amistad labró así lo permitía. En México o en Costa Rica, o en donde fuera, como amigo pasé con ella varias noches en una fría habitación de hospital, sólo pidiendo a cambio que su salud se restableciera.
Ahora que Chavela Vargas no existe en el plano físico, lamentablemente también surgen personajes descoloridos que, en su afán de triunfar sin tener un talento como el de ella, se adjudican méritos inmerecidos, se martirizan y, lo que es peor, se autodenominan como sus íntimos amigos. Es fácil hablar de una persona que ha muerto, porque ya no está para defenderse o contradecir.
Chavela tenía muchos conocidos pero pocos, muy pocos amigos. En mi entender, un amigo conoce la vida del otro de cabo a rabo, desde sus preferencias y temores hasta algo tan simple como lo que puede y no puede comer. Tarde o temprano un amigo llega a conocer y a interactuar con la familia de su par; esto es irremediable y es una condición que se logra con tiempo, porque construir una amistad también es cuestión de tiempo.
Hay quien dice que Chavela estaba peleada con su país y con su familia. Lo primero radicó en un pleito con una generación que no la aceptaba, con un país muy pequeño, que no ofrecía entonces un espacio para su Arte. Lo segundo lo puedo negar de manera rotunda, pues como amigo departí en varias ocasiones con sus familiares. Puedo jurar ante cualquiera que ella profesaba un amor profundo y verdadero hacia su hermana Ofelia, por la que siempre veló y de la que estaba constantemente pendiente. También, numerosas veces me manifestó su aprecio por su sobrina Yisela, compañera de almuerzos, compras y diligencias. Puedo hablar del entusiasmo que le causó una visita de su sobrino Rodrigo en una clínica donde estaba ingresada, o de su encuentro con su sobrina Yasmín en un homenaje que le hiciera la Embajada de México en Costa Rica.
Cuando una persona muere, sus amigos sólo pueden esperar que alcance la paz y que se haga honor a su nombre y a su legado. Uno pasa por un periodo de duelo, de extrañar a esa persona y asimilar su ausencia, que duele, más aún cuando se ha negado la posibilidad de contacto.
Hace unos años, en 2009, me dirigí a Tepoztlán con su sobrina Yisela. Sólo quería verla un rato, darle un beso y tener la certeza de que estaba bien. Al llegar a la quinta La Monina solicité verla. Acto seguido y con paso lento apareció, ayudada por alguien para caminar. Al verme sonrió y me dijo: “Siempre me encuentras. Podría irme a Tierra del Fuego o Alaska e igual me encontrarías”. Entonces la señora Patricia Escobedo, hija de la propietaria del lugar, se presentó, con una actitud en extremo agresiva y soltó una catarata de amenazas y gritos, al tiempo que obligó a retirar a Chavela que, consternada, fue llevada lejos, sin entender qué pasaba.
Luego la llamé por teléfono y tuve la suerte de que ella atendiera. Tuvimos un diálogo corto, en el que ella me comentó que no tenía ninguna “bronca” conmigo, que era un asunto ajeno a nuestro cariño. Esta fue la última vez que la escuché, pues a cada nuevo intento de comunicación se daba el bloqueo.
Al morir Ofelia, el año anterior, sentí el deber de amigo de decírselo. Cuando llamé, me pidieron hablar primero con la señora María Cortina y me dieron un número de teléfono. Al marcar la línea, estaba ocupada, y cuando finalmente tuve acceso me saludó su buzón de voz. Aún así, dejé un mensaje con el motivo de mi llamada y mis números telefónicos, pero estas son las horas en que todavía espero su llamada.
La verdad otorga la libertad, y este era un lema de Chavela. Sólo quiero que mi amiga Isabel descanse en paz, que logre acurrucarse en su sueño eterno sin molestia alguna. Pero honrar su nombre implica aclarar la verdad, y eso motiva estas líneas. Yo ya la he llorado, la he despedido a mi manera, a la suya, a la nuestra. Ojalá y las personas que ahora parecen estar dispuestas a pelear por su legado hagan lo mismo y en sus corazones sólo medie el recuerdo de esa persona fuerte y noble, que nunca mendigó por el sucio olor del dinero y cuya fama e inmortalidad conquistó con sus propios méritos, jamás acreditándose el talento de otros ni arrimándose a un árbol para gozar de su sombra sin haberlo plantado. Ella era uno de esos robles poblados, llenos de vida, y no necesitaba ni el campo ni el agua de otros para crecer. Chavela era única e irrepetible, y honrar su memoria significa respetar su intimidad y reconocer que su nombre se escribe en singular, nunca pluralizado con la débil luz de espíritus menores, sin luz propia.
Atentamente
Alfredo González








