Señor director:
Le agradeceremos publicar esta carta en relación con las versiones sobre Chavela Vargas que han aparecido recientemente en Proceso, a partir de la difusión del reportaje de Columba Vértiz titulado Bloquean las autoridades a la sobrina de Chavela Vargas (edición número 1867).
Como abogados y por imperativo, afirmamos sólo aquello que podemos probar con documentos o testimonios. Nada más.
Es cierto que Isabel Vargas salió de Costa Rica a inicios del siglo pasado y que fue en México donde labró su leyenda, mutando a “Chavela Vargas”. Su rencor hacia su país por la falta de reconocimiento no es seña propia. Lo mismo reprochaban sus amigas de entonces, Yolanda Oreamuno y Eunice Odio, ticas remarcables que, desde ese autoexilio que por sesgo académico e ímpetu cultural se impusieron desde muy jóvenes, la invitaron a viajar a ese país de tanto folclor y grandes espectáculos que era México ya por entonces.
Costa Rica se le hizo chiquita y por eso se fue. Luchó contra la aplanadora social que evita el genio original y ataca toda diferencia intelectual, creativa o sexual. Si eso pasa hoy, tremendo debió ser el contexto hace casi un siglo.
En principio, no se quedaría en México sino en Cuba, donde vivió varios años de intenso crecimiento artístico y tanto trabajo como pachanga. De ahí salió para México, país que convertiría en su principal sede, mas no la única. España se sumó mucho después a su pulmón, casi como un segundo respiro. Costa Rica nunca se le salió del todo, la llevaba en su sangre, dijera lo que dijera. De modo que doña Isabel no perdió contacto con su mundo, del que nunca salió su familia, hasta que la sacaron, no hace mucho por cierto.
Tenía casas en Costa Rica, también en Cuernavaca, hace más de 30 años, donde la visitaban sus amigas de verdad y su familia de siempre. Antes vivió en el DF; a mayores señas, en el “bulevar de los sueños rotos”, así como mucho después en Veracruz, donde un político probo le regaló la “Casa de la Luna de Aries”, justo frente al mar donde descansa la deidad Chalchi, gran señora de las aguas, a la que adoró.
Desacostumbrada a anclarse en un lugar, se marchó de Veracruz; más agradecida con los jarochos esta vez que lo que antes había quedado con los tepoztecos, a quienes compadeció afirmando que los dioses de Tepoztlán ya se habían marchado; como se marchó ella del Atlántico veracruzano al Pacífico guanacasteco, donde radicó largo tiempo a principios de este siglo, en una linda residencia contigua a la de su hermano Rodrigo, con quien intercambiaba mutua adoración. Pensionado él por una importante trasnacional, se radicó en Playas del Coco porque no podía dejar sola a su hermana, quien por fin buscaba tranquilidad, según decía. Ella esperó hasta inicios de este nuevo siglo para descansar ya con sus ochenta bien puestos y tan intensamente vividos que pudiera parecer imposible. Era entendible, y su familia así lo comprendió y celebró.
Viajaba a San Joaquín cada tanto, donde también contaba con un apartamento junto a la humilde casa de su hermana Ofelia, su “Compa”, como le decía cariñosamente cuando no la llamaba “Peta”, apodo de su hermanita de brazos, la menor de sus hermanos que, sin embargo, era la única persona en esta vida que la disciplinaba y la regañaba cuando buena falta hacía.
Ofelia tuvo una hija única, Yisela, cuyo padre murió muy joven. Su tía Isabel, siempre en contacto con esa hermana que era de toda suerte su álter ego, se mantuvo, toda la vida, pendiente de su sobrina. Viajaron juntas por Europa y Sudamérica, e incluso a África fueron a dar. Por cierto que, en una recaída de su tía, Yisela la llevó a la mejor clínica privada de Costa Rica.
Allí dieron un diagnóstico que no gustó a la paciente, quien dijo que la tenían secuestrada e ideó la forma de fugarse del hospital con unos españoles que, después de ponerla a cantar unas semanas, muy malpagadas por cierto, la dejaron literalmente botada en Cuernavaca. Días después apareció en la quinta La Monina, cuya dueña, que era a quien ella realmente conocía, murió al poco tiempo de que Chavela llegó.
Desde ahí, todo fue deterioro. De Costa Rica salió caminando y bravucona como siempre. No obstante, ni siquiera un año después ya aparecía en silla de ruedas y empezaba a hablar con penosa dificultad. La hinchazón y otros síntomas dicen más que mil palabras; que aparecieran imágenes donde le daban licor, sin reparar en su pasado alcohólico, dice otro tanto.
Su hermana Ofelia y sus sobrinos Yisela, Yazmín, Rodrigo y Lenín acudieron por distintas vías y en varios momentos con el fin de ocuparse de su tía, pero la cortina que se tendió en derredor de la casi nonagenaria Isabel impidió sistemáticamente todo contacto. Primero fue inexplicable. Pero después fueron entendiendo por qué.
El bloqueo llegó a tal punto que ni siquiera la hermana del alma de Chavela pudo despedirse de ella cuando ya agonizaba, así como tampoco después le pudo ser entregada su carta póstuma, cuando Yisela se la llevó a Cuernavaca, en compañía de Lupe y Alfredo, amigos cercanísimos y antiquísimos de Chavela, quienes sólo consiguieron amenazas e improperios de tal calado que tuvieron que desistir.
Lo mismo sufrieron el resto de sus amigos. Pero no sus “amigos” de ahora, sino los de siempre. Esos que nunca quisieron sacarle nada ni usarla de trampolín para publicar biografías que hoy se encuentran agotadas en librerías –y no necesariamente porque sean buenas o ciertas–, decirse productores –quién sabe de qué, porque no se les conoce ni un concierto de silbidos en la esquina de su barrio– o jurarse amigos íntimos –de María será, que es quien los envía en su defensa– para robar cámara y salir en la foto.
Fueron sistemáticamente apartados aquellos amigos de treinta y tantos años de pura lucidez, no de cuatro o cinco, maltrechos. Amigos como Patricia, Lupe, Leti, Olga, Aura, Vale, Alfredo o Miguel. Todos negados, todos aislados, todos, simplemente, ignorados. Todos, por suerte, aún vivos y bien dispuestos. Jóvenes y de excelente memoria. Solventes y a prueba de balas. Amigos de esos que cualquiera quisiera tener.
Amigos de andanzas, porque todavía andaba; de discusiones lúcidas y bravías; de cantadas que empezaban al amanecer y nunca terminaron, pues aún pueblan sus memorias. A todas esas almas puras que tuvieron la suerte de ser tocadas, acariciadas, mimadas y a veces también maltratadas por Chavela Vargas, su amiga, a quien hoy hasta la maledicencia se le perdona, porque después de los noventa todo se vale, a esas almas que tanto necesitó en sus últimos años, a ésas, no se les permitió estar; a ésas que supieron siempre que había muchas Chavelas en un mismo cuerpo, poquísimos amigos verdaderos y una sola familia. A ellos se les defenestró.
Sólo resta la sana intención mayéutica: ¿Por qué tanto impedimento? ¿Para qué? ¿Quién estuvo detrás de esa cortina y ayudada por quiénes? ¿Quién andaba detrás de qué? ¿Por qué Chavela Vargas siguió grabando discos si supuestamente no le pagaban o le pagaban leoninamente? ¿Quién regala sus frutos a aquellos que, dice, le han robado? ¿Quiénes son los que andan detrás de la plata: los que hace cinco años no eran nadie y hoy se codean al más alto nivel en México y España, concitando la atención de toda la prensa con un chasquido o publicando libros –esos sí bien pagados, suponemos–, y puntualmente se han mantenido retirando y administrando las regalías de los discos? ¿Quiénes andarán detrás del metálico: ésos o la familia que nada más quería acompañar a su viejita a solas, y ya al final disponer de sus restos y asegurar su voluntad de siempre, como es natural y como todos esperamos que pase cuando nos extingamos? ¿Por qué insisten en alegar un supuesto poder que nadie ha visto, pero que en todo caso, como es básico, caducó con la muerte de la poderdante? Tenemos muchas más preguntas, por cierto, y nadie que pueda responderlas, porque quien puede no lo hará, y los demás se tragaron el anzuelo que, de paso, les voló las cuerdas vocales, según parece. Sobre esto todo es silencio. Pero para salir en la foto, cantar usando su féretro como tarima o montarle guardia con políticos de falsa cara compungida, para eso sí estuvieron. La complicidad no conoce límites cuando el beneficio es bien repartido, eso está claro.
Chavela era Vargas Lizano, no una huérfana. Su estirpe se mantiene viva, no ha caído al vacío, y nuestro mandato es rescatarla. Su nombre es su principal herencia, y ése lo comparten sus descendientes en Costa Rica, nadie más, le duela a quien le duela. Familiares que exigen respeto y están dispuestos a demandarlo hasta que la verdad aflore y tanto engaño, maledicencia e incongruencia cesen, dejando en paz a Chavela Vargas sin tanto sobrevuelo de rapiña, pues ya va siendo hora de que entiendan que la fiesta se les acabó.
Atentamente
Juan Carlos Gutiérrez González
y Pablo Barahona Kruger








