En sólo tres décadas China ha logrado convertirse en potencia deportiva. De sus modestos comienzos en Los Ángeles 84 a la fecha ya reta a la hegemonía estadunidense, que parecía imbatible luego del derrumbe de la Unión Soviética. Se presenta de nueva cuenta la rivalidad entre Oriente y Occidente. La fórmula para cosechar triunfos parece simple: amplios presupuestos que el Estado otorga al deporte, programas de largo plazo y tesón y disciplina de hierro aportados por los atletas.
BEIJING.- La victoria china en el medallero de Beijing 2008 rompió la dualidad Estados Unidos-Rusia que se había repartido el liderazgo en los anteriores 15 Juegos Olímpicos. La rivalidad con Estados Unidos resucitó en Londres. De nuevo el Este contra el Oeste, la oposición de dos patrones recuperada tras el desguace soviético.
Los primeros días en Londres apuntaban a otro triunfo chino que al final no fue: quedaron detrás con ocho oros menos (38) que Estados Unidos (46). Hablar de capitalismo contra comunismo sería forzar la comparación vista la evolución de China, pero la cuestión de fondo es la misma: el medallero como termómetro geopolítico.
En el devenir olímpico de China se refleja su historia. El corredor Liu Changchun abrió en solitario el olimpismo nacional en Los Ángeles 32 con la subvención privada de su universidad. Desfiló solo en la ceremonia de apertura, llegó último en las primeras rondas de 100 y 200 metros, y mendigó entre los miembros de la colonia de expatriados chinos para el boleto de vuelta.
La pasión olímpica es forzosamente nueva: durante los décimos Juegos Olímpicos de la era moderna, en Berlín 36, China era un régimen feudal. Los chinos no oyeron hablar de Abebe Bikila, el maratonista descalzo que maravilló en Roma 60, porque entonces intentaban sobrevivir a la peor hambruna de la historia moderna. Les fueron extrañas las siete medallas de oro de Mark Spitz en Múnich, metidos como estaban en la fase más cruda de la Revolución Cultural.
Después de Liu no hubo más medallas olímpicas para China… hasta 52 años después, también en Los Ángeles, en 1984. Xu Haifeng, vendedor de fertilizantes, ganó en tiro deportivo el primer oro; y Li Ning ganó seis medallas en gimnasia. No obstante, Ning fue ignorado. Fue relativamente reivindicado en los juegos de Beijing en 2008: desfiló por el estadio Nido del Pájaro momentos antes del encendido del pebetero olímpico.
En Los Ángeles, China obtuvo 15 oros. “¡Esos chicos son buenos!”, dijo Peter Ueberroth, entonces presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos.
Casi 30 años más tarde, los hijos de aquellos atletas saborean los triunfos olímpicos al mismo tiempo que su país se empecina en destronar a Estados Unidos como primera potencia político-económica.
China recuperó a Sun Tzu para su conquista del medallero, quien ya dijo 2 mil 500 años atrás que la mejor victoria es la lograda sin la lucha de ejércitos. Las enseñanzas de El arte de la guerra sirvieron a generales durante siglos y hoy a altos ejecutivos y brokers de Wall Street.
China y Estados Unidos se enfrentaron muy pocas veces en Beijing 2008 porque sus tradiciones deportivas son diferentes y los chinos hicieron poco por acercarlas.
Las autoridades sabían que no bastaría con la esperada lluvia de medallas en tenis de mesa, bádminton o clavados. El Proyecto 119, impulsado en 2000, buscaba los metales en disciplinas tradicionalmente esquivas y de escaso interés global.
En los anteriores juegos China había conseguido sólo cuatro de las 119 medallas que daban esas modalidades. La explosión en Beijing 2008 demostró que los buenos planes deportivos de largo plazo funcionan y que la suerte tiene un escaso margen.
Pero el saco de medallas requiere del broche en el atletismo, donde se edifica la gloria perdurable. China sólo había conseguido cuatro medallas en esa disciplina y en natación en los dos últimos Juegos Olímpicos. De sus 51 oros en Beijing, 38 llegaron en tenis de mesa, badminton, clavados, tiro, gimnasia y levantamiento de pesas. El siguiente paso era fortalecer las disciplinas más populares.
Los resultados en Londres son obvios: la adolescente Ye Shiwen ganó el oro en los 200 y 400 metros combinados. Sun Yang fue oro en los 400 y mil 500 metros libres y plata en los 200 metros libres. Se convirtió en el primer nadador chino campeón olímpico.
La cosecha fue más rica: el equipo varonil de China se adjudicó bronce en la prueba 4 x 200 estilo libre, detrás de Estados Unidos y Francia. En mujeres, Jiao Liyuang fue oro en los 200 mariposa; Lu Ying, plata en los 100 mariposa, y Tang Yi, bronce en los 100 metros libres.
China consiguió seis medallas en atletismo a pesar de Liu Xiang, epítome ya de la desdicha olímpica. El vallista no debutó cuatro años atrás en los 110 metros por una lesión y esta vez apenas recorrió unos cuantos metros antes de tropezar con la primera valla.
En la marcha de 20 kilómetros, Chen Ding hizo el 1-3 con Wang Zhen; mientras que Si Tiangfeng fue bronce en 50 kilómetros.
En los 20 kilómetros para mujeres, Qieyang Shenjie obtuvo bronce. En lanzamiento de martillo para mujeres, Gong Lijiao también fue bronce, mismo metal que su compatriota Li Yanfeng cosechó en lanzamiento de disco.
Ruta de éxito
China ha tirado de la chequera para lograr un salto cualitativo. Ha enviado a sus nadadores a centros de entrenamiento australianos y contratado a técnicos extranjeros en atletismo, baloncesto, natación, nado sincronizado, esgrima, hockey sobre pasto, taekwondo y waterpolo.
Los resultados ya están a la vista. En nado sincronizado no podían entrar de mejor manera al podio con plata en el dueto y bronce por equipos. En taekwondo con el oro de Wu Jingyu (mujeres menos de 49 kilos), la plata de Hou Yuzhuo (mujeres menos de 57 kilos) y el bronce de Liu Xiaobo (hombres más de 80 kilos).
En esgrima ganaron dos oros y un bronce, una plata en pentatlón moderno, dos platas y un bronce en ciclismo, un oro en vela, un oro, una plata y un bronce en boxeo, una plata en remo, una plata y un bronce en judo… En total 88 medallas en 16 disciplinas diferentes.
Aquel Proyecto 119 sentó las bases de la planificación estatal. El sistema, tozudamente criticado por la prensa occidental, es el único viable en un país en vías de desarrollo. Miles de scouts rastrillan todos los confines en busca de talentos tempranos. El deporte sería elitista sin el Estado, que proporciona 3 mil escuelas deportivas para 6 millones de niños y un equipo de entrenadores, fisioterapeutas, psicólogos y científicos para los deportistas de élite.
El sistema fue puesto en duda antes de Beijing desde la perspectiva doctrinal. China es uno de los pocos países que persevera en el modelo soviético, visto por algunos como anacrónico. También es caro: según el Ministerio de Deportes, cada oro le cuesta a China unos 80 millones de pesos. El éxito en Beijing acalló las críticas.
Incluso expertos occidentales han recordado sus beneficios: los estudiantes reciben entrenamiento, alojamiento, manutención y un salario. Los atletas de disciplinas menos glamorosas también pueden dedicarse en exclusiva a su deporte. 95% de los campeones olímpicos chinos son hijos de este sistema, que no considera la generación espontánea.
Además, en un país aún con discriminación laboral, más de la mitad de las medallas vienen de mujeres. El Estado recupera una parte de su inversión de los triunfadores.
La fragua
Shichahai ocupa la cúspide piramidal. Es una escuela de cemento gris y funcional a la vera del pequinés lago de Hou Hai. Nada la descubre desde el exterior como una fábrica de oros. De este lugar han salido 40 campeones mundiales y siete olímpicos.
Se han curtido ídolos como el taekwondoista Luo Wei, la tenista de mesa Zhang Yining y la estrella de Hollywood, Jet Li, el rey del wushu. Sus fotos estás colgadas en los 13 campos de entrenamiento. También penden grandes banderas chinas, para recordar quién paga. Hay un libreto con 40 reglas, como “respétate a ti mismo”, “cuida tu aspecto” y “defiende el honor de tu país”.
En la escuela viven 600 niños, a partir de seis años. Estudian por la mañana y por la tarde entrenan taekwondo, tenis de mesa, boxeo o gimnasia. El horario descarta el tedio. Descansan la tarde del sábado y todo el domingo.
La vicedirectora de la institución, Shi Fenghua, está acostumbrada a las preguntas acerca de la dureza, la presión de los entrenamientos y el prematuro reclutamiento. “Aquí entrenan 25 horas a la semana y en Estados Unidos, más de 40. Allí se tienen que pagar el entrenador y nosotros lo suministramos todo. A cambio, exigimos dedicación exclusiva y sacrificio”, acota.
La cabeza de un niño apenas sobresale de la mesa de ping-pong. Encadena reveses a ritmo de cadena de montaje. Del vértice opuesto emerge otra cabeza y un brazo que dibuja drives. Automatizan movimientos, juegan sin pelota. Rechinan la goma de las zapatillas contra el parquet y el repiqueteo de pelotas de las decenas de mesas vecinas. En los entrenamientos hay un ambiente relajado, con risas y padres presentes. Sólo las gimnastas entrenan en silencio.
Los papás no están obligados a ceder a sus hijos, como ocurría en Alemania Oriental. Lo que les priva de alternativas es la realidad de un país pobre. La China rural no es rica en oportunidades. La selección del hijo único para una escuela de entrenamiento sí lo es. Aunque la gloria de la patria se repita como un mantra, los niños anhelan un prosaico cheque. La alternativa es una vida igualmente dura en el campo, pero sin reconocimiento social ni ingresos.
“Los padres depositan muchas esperanzas en ellos. Se nota quién viene del campo: trabaja más duro, sabe que éste es quizá el único tren en su vida. La presión se la ponen ellos, no nosotros”, dice Zhang Guang Ping, técnico de boxeo.
El futuro de los niños que no alcancen la gloria deportiva es sombrío. La escuela sostiene que los estudios impartidos les abren las puertas de la universidad, pero es poco creíble: superar las pruebas de acceso requiere años de esfuerzos sin distracciones.
El dominio aplastante en algunos deportes nace ahí. China ha ganado 24 de los 28 oros en clavados desde 2008, entre Juegos Olímpicos y Mundiales. China acumuló en Beijing siete de los ocho oros.
En Londres ganaron seis de ocho oros posibles. Qin Kai y Qiu Bo lloraron desconsolados cuando el ruso Ilya Zhakharov y el estadunidense David Boudia les arrancaron el primer lugar en sus últimos saltos en el trampolín de tres metros y plataforma individual, respectivamente.
“Son como esclavos, yo tengo vida social. Los domingos juego al futbol”, explicaba el clavadista español Javier Illana el pasado año en los Mundiales de Shanghái. Illana trabaja unas seis horas diarias; los chinos, nueve. Illana empezó a los ocho años mientras que los chinos son captados a los cinco. Son miles de horas de déficit.
El español terminó en el último lugar de la prueba de trampolín individual, con apenas 371.60 puntos, muy lejos de los 541.75 de Qin Kai y los 524.15 de He Chong que ganó bronce. Ni que decir de los 555.90 de Zhakharov.
Pero la clave no es tanto el sudor como la compañía. Su entrenador, el prestigioso Manuel Gandarias, subraya la competencia diaria extrema como factor de mejora y descarta que la tecnología pueda suplirla. “Puedes ver repetido un salto por video miles de veces, pero no es comparable a que se lo veas hacer al tipo de al lado. Necesitas picarte para mejorar”. El técnico niega que los chinos tengan métodos revolucionarios de entrenamiento.
En nado sincronizado es posible acentuar la creatividad para compensar la fría perfección china. Pero en clavados no hay margen: todos están en un catálogo con sus notas de dificultad. Se permite introducir ejercicios inéditos, pero las veces que se ha intentado no ha funcionado. Consiste, pues, en hacer los más difíciles lo mejor posible. Y China no admite rival.
“Para ganarles es necesario hacerlo perfecto y que ellos fallen un poco. Y eso es muy difícil. Son máquinas”, dice Gandarias. “La distancia con ellos se ha acortado ligeramente pero aún están muy lejos”, comenta por e-mail el técnico, quien añade que el dominio aplastante chino se alargará aún durante una década.
Los clavadistas chinos emergieron en los noventa. Se alimentaron de las escuelas soviética, estadunidense y de la antigua Alemania comunista y establecieron un estilo propio. Los clavados han evolucionado mucho gracias a los nuevos materiales y técnicas de entrenamiento. Sólo 20% de los del catálogo presentado en Barcelona 92 sobreviven. En este tiempo han surgido celebridades nacionales, como la retirada Guo Jingjing, la clavadista más laureada en la historia olímpica (cuatro oros y dos platas entre Atenas 2004 y Beijing 2008). Muchos de los oros en sincronizados los compartió con Wu Minxia, quien sólo pudo aspirar a la plata en individuales hasta la retirada de Guo. Hoy, a sus 26 años, Wu lleva una década invicta en trampolín de tres metros sincronizados. En Londres se impuso sin problemas junto a su nueva compañera, He Zi, y en la prueba individual ganaron oro y plata.
El juvenil Qiu Bo, de 19 años, ganó en el Mundial Shanghái dos oros, recibió 25 notas de 10 y alcanzó 609.20 puntos, lo nunca visto. Su biografía no es la habitual: los cazatalentos estatales no lo captaron sino hasta muy tarde. Fueron sus padres, pobres campesinos, junto a amigos y familiares, quienes pagaron los gastos.








