ALatif Yahia le endosaron una oferta que no podía rechazar: se convierte en el doble del hijo del tristemente célebre dictador de Irak gracias al privilegio de haber sido compañero de escuela de Uday Hussein; cirugía plástica de por medio y amenazas contra la familia, Latif se entrena para sustituir al junior máximo en eventos engorrosos o presentaciones peligrosas; los atentados contra la persona del gobernante y sus allegados eran cosa corriente durante su mandato.
Adaptada a partir de las memorias noveladas de Latif Yahia, El doble del diablo (The Devil’s Double; Bélgica-Holanda, 2011) fabrica un modelo para armar de la personalidad del hijo mayor de Sadam Hussein, vástago psicópata de catálogo que se especializaba en cometer atropellos, atascarse de cocaína, someter, humillar y violar mujeres y colegialas, acumular ropa, relojes y coches de marca. El británico Dominic Cooper encarna el doble papel con un juego de actor derivado de un Doctor Jekyll, dientón y con mirada de loco, y un Mister Hyde luchando contra su propia sombra; el tratamiento del director Lee Tamahori (Somos guerreros) sugiere un Caracortada (el clásico de Brian de Palma), pero la polaridad del bueno y el malo, verdugo y víctima, anula cualquier posibilidad de complejidad psicológica, por lo menos del lado de Uday.
Como ocurre en casos de tiranos absolutos, la realidad habrá sido peor que la ficción; aunque sobran testimonios de las atrocidades del sujeto, en el síndrome Calígula, donde caben todas las monstruosidades, también caben las fantasías del memorialista, hay que ser Camus para saber dotar de alma al engendro del diablo.
Según comenta en una entrevista de la BBC, Dominic Cooper, en sus conversaciones con Latif Yahia (quien ahora vive en Inglatera), prefirió no escarbar mucho cuando vislumbró el grado de aflicción en este excombatiente iraquí que perdió patria y familia. El actor recurrió entonces a una fórmula ingeniosa, caricaturizó a Uday y humanizó a Latif, pero en la construcción de este héroe torturado por su sombra mantuvo en mente que Uday era también un pobre tipo humillado por su padre. En una escena, Sadam intenta castrar a su propio hijo, entubado y anestesiado.
La visión política del neozelandés Lee Tamahori es prácticamente nula, se limita a intercalar material documental de la Guerra del Golfo y de declaraciones de Bush padre; la neutralidad que adopta el director deja puntos suspensivos para que cualquiera complete la frase y coloque a los estadunidenses como libertadores.
Una buena película de gangters queda, pese a todo, como placer culpable; Lee Tamahori tiene talento para coreografiar escenas de acción con un toque de gore, persecuciones, suspenso y giros narrativos, si no inesperados, por lo menos bien narrados. También, la fascinación del director por los excesos del machismo convierte al Doble del diablo en un laboratorio para explorar el tema.








