Al cuarto para las 12, cuando ya están a punto de entregar el changarro, las autoridades de Guadalajara, particularmente las del área cultural, se sacaron de la manga una ocurrencia al lanzar la convocatoria para dos premios en el campo de las artes visuales: uno de escultura pública o arte urbano, al que le dieron el nombre de “Juan Soriano”; otro de pintura, bautizado como “Jorge Martínez”.
Por la forma en que el primero fue concebido (del segundo aún no se emite el fallo), por su organización improvisada y por sus muy pobres resultados estéticos, es digno de figurar entre las prendas de Rancho Grande, el perdurable apodo burlesco que algunos espíritus maliciosos de otras partes del país le pusieron a Guadalajara, que hacia fines del periodo colonial se afanaba por convertirse en una ciudad de respetables dimensiones.
Cuando se busca que las cosas marchen bien, no se actúa a tontas y a locas como sucedió en esta ocasión, a causa del activismo desaprensivo de varias funcionarias de la Secretaría de Cultura de Guadalajara. Y ello porque antes de echar al mundo un premio, se debe revisar su naturaleza, sus pros y contras, ponderar sus alcances, tener en cuenta los eventuales galardones de su tipo existentes y revisar, de estos últimos, los resultados que hayan producido, las disciplinas que comprendan, la forma en que operan, la recompensa económica de que están dotados, etcétera.
Pero para desgracia de los flamantes premios municipales, nada de esto sucedió, pues fueron hechos sobre las rodillas, cuando la administración municipal de Guadalajara, como las del resto de los ayuntamientos de Jalisco, está en la cuenta regresiva (tanto que desde antes que se cerrara la fecha de la convocatoria de ambos concursos ya había alcalde electo); decidiendo restringir la participación únicamente a escultores y pintores de la comarca (como quien dice, se trata de premios de un orgulloso aldeanismo), pero dotándolos de una recompensa francamente derrochadora, ya que se encuentra muy por encima tanto de otros premios afines en la localidad como del promedio del resto del país, e improvisando un jurado localista (como quien dice, “pa’ los toros del jaral, los caballos de allá mesmo”), un jurado que para colmo de males está conformado mayoritariamente por sinodales que son funcionarios del propio ayuntamiento de Guadalajara, comenzando por el alcalde interino (Francisco Ayón López), siguiendo con el regidor que preside la Comisión de Cultura (Paolo Eduardo Colunga) y rematando con la secretaria de Cultura (Myriam Vachez). En otras palabras: peor, imposible.
Una vez que fueron presentadas las seis obras ganadoras del Premio de Escultura “Juan Soriano”, con la amenaza de que esas piezas –bobas y rebuscadas en su mayoría– habrán de instalarse, acrecentando su tamaño de alrededor de tres metros, en el parque González Gallo y en el camellón de la avenida Salvador López Chávez, no es difícil llegar a la conclusión de que los administradores municipales de las musas timaron de lo lindo a los tapatíos, y que el fraude fue cometido por partida múltiple. Y ello porque se dará gato por liebre con 6 estramancias 6 (en la jerga tapatía, estramancia es un objeto estorboso y de poca o ninguna gracia), a un costo de 1.2 millones de pesos del erario y con la noticia de que, según la señora Vachez, este premio ya ha quedado “institucionalizado” (La Jornada Jalisco, 28 de julio); es decir, que cada año resurgirá la amenaza de más estramancias para la vía pública y para otros espacios ídem.
Lo anterior no quiere decir, de ninguna manera, que sea malo que equis autoridad (municipal, estatal, federal, universitaria) impulse la creación de premios en el campo de las artes. El problema está en la forma caprichosa como se ha hecho en el ayuntamiento tapatío. ¿Por qué esos premios debían de ser necesariamente de pintura y escultura y no, por ejemplo, de ensayo, crónica u otro género literario? ¿Y por que se tenían que discriminar también a la composición musical o a la danza? A nada de esto han respondido ni la secretaria de Cultura, Myriam Vachez, ni su subalterna Sandra Carvajal, cuyo cargo es un aparatoso tutti fruti burocrático: directora de Museos, Bibliotecas y Casas de Cultura de Guadalajara. Ahora sí que, como decía el personaje de Mauricio Garcés: ¡Arroz!
Limitar la convocatoria a pintores y escultores de la localidad, y al mismo tiempo ofrecer un premio por 600 mil pesos al primer lugar y cinco premios complementarios por un monto 120 mil pesos cada uno, aparte de ser una contradicción es un disparate, y máxime si se le compara con el Premio Jalisco, con más de 60 años de existencia y el cual es reconocido como el galardón más importante y prestigioso de la entidad, el cual el año pasado entregó 80 mil pesos para reconocer la trayectoria artística y profesional de toda una vida. Es decir, la persona agraciada con el primer premio municipal “Juan Soriano” puede presumir que por una simple ocurrencia se embolsó ¡siete veces más! de lo que se entrega al ganador del Premio Jalisco por la labor realizada a lo largo de su existencia. ¡El mundo al revés, por cortesía del ayuntamiento de Guadalajara!
No menos absurdo es integrar un jurado compuesto en su mayoría por funcionarios y, para colmo, de la misma institución convocante. Aunque el alcalde interino Francisco Ayón López, el regidor Paolo Eduardo Colunga y la señora Vachez sean autoridades administrativas, sus respectivos cargos no les otorgan ningún reconocimiento como peritos en cuestiones artísticas, es decir, no tienen ninguna autoridad reconocida en el campo de las manifestaciones estéticas. Y el hecho de haber nombrado a un arquitecto (Juan Palomar Verea) y a un pintor (Alejandro Colunga), ambos también de la localidad, para que completaran la quinteta de sinodales, no cambia mucho las cosas, pues un jurado de este tipo sigue siendo cucho.
El nivel de las obras ganadoras fue tan bajo que, en circunstancias normales, el premio debió ser declarado desierto, y emplear ese dinero para la adquisición de obra artística, otra clase de acervo o hasta mobiliario de los museos, bibliotecas y casas de cultura del municipio que regentea la versátil Sandra Carvajal.
Los integrantes del jurado decidieron concederle el primer lugar a una obra del escultor Alfredo López Casanova intitulada Ave, que lo mismo podría pasar por la cola simplificada de un pez que por una llave española a medias. Con esta clase de obras, lejos de mejorar la imagen urbana de Guadalajara, la ciudad pareciera estar condenada a ver cómo se acrecienta el número de estramancias que pueblan sus avenidas, parques, plazas, glorietas: los Arcos del Milenio, de Sebastián, monumento al gusto estético de cierto panismo tapatío que suele confundir lo grandioso con lo grandote (Ibargüengotia dixit); La inmolación de Quetzalcóatl, de Víctor Manuel Contreras, a la que los transeúntes de la plaza Tapatía han rebautizado como “el sacacorchos” o “el rabo de Porky”; las estorbosas “obras escultóricas” que, con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, se instalaron en el parque Morelos y varias de la cuales sigue sin ser concluidas.
José Clemente Orozco solía recomendar a los gobernantes deseosos de hermosear su pueblo o su ciudad que, en lugar de encargar estatuas y esculturas de dudoso gusto, mejor hicieran fuentes. Lamentablemente, las autoridades de Rancho Grande parecieran ser refractarias al consejo del esteta mayor de Jalisco y todo México.








