Señor director:
En el México actual, atravesado por tan altos grados de violencia e impunidad, lo menos que se esperaría de un cristiano es un testimonio de solidaridad y compasión con las víctimas que más sufren, entre quienes resaltan los migrantes: cientos de miles cada año. Cristo mismo y su familia fueron migrantes refugiados. El padre Alejandro Solalinde, con gran humildad y amor, ha sido para todo México y el mundo una imagen viva del rostro de Cristo hacia los migrantes.
Enterarnos de que el obispo de Tehuantepec, Óscar Campos, le está exigiendo que abandone la coordinación del Albergue “Hermanos en el Camino” de Ciudad Ixtepec, Oaxaca, para irse a una parroquia, nos causa una indignación espiritual y moral gigantesca. Es el rostro de una Iglesia que ya no oye la voz del Espíritu sino la del poder económico y político. Esto sucede en el momento en que México tiene más que nunca necesidad de una Iglesia profética encarnada entre los más sufrientes, donde se multipliquen como panes los albergues para migrantes en cada diócesis, donde en cada punto crucial del “tren de la muerte” debiera existir una comunidad cristiana solidaria y protectora con los migrantes, donde en cada parroquia debiera haber un comité de solidaridad con los familiares de víctimas de esta guerra y búsqueda de desaparecidos.
En cambio, se reprimen las contadas luces de esperanza real que existen. Se sigue así el ejemplo de Caín, después de matar a su hermano Abel, cuando contesta a Dios: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” Cristo, en cambio, dice que sí lo somos. El Papa, en su reciente viaje a México, al desembarcar, lo primero que exigió fue: “La Iglesia debe hacer todo lo posible contra el narco”. No permitamos que una vez más se impongan el autoritarismo, la complicidad con los violentos y la obediencia ciega a todo menos al Evangelio.
Por el Movimiento por la Paz
con Justicia y Dignidad
Pietro Ameglio y Javier Sicilia








