Cine: “De Roma con amor” de Woody Allen

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Conmueve leer los comentarios más favorables sobre este último trabajo de Woody Allen, De Roma con amor (To Rome with Love; E.U.-Francia-España, 2012), cada uno advierte a su lector que ésta no es su mejor película, pero que sí, que aunque las historias que cuenta aquí el director de Manhattan parezcan disparadas y gratuitas, sin conexión unas con otras, la cinta se disfruta.

Resulta una pérdida de tiempo justificar o enjuiciar a Allen, nunca ha sido un director realista y siempre ha jugado, mejor o peor, a trastocar las fórmulas narrativas (La rosa púrpura del Cairo), a compartir sus fantasías y las de sus personajes; su amor por Bergman lo llevó, una que otra vez, a ejercicios rigorosos de estilo (Interiores), pero lo que cautiva a su público es esa auto-indulgencia, tan sobrada, para contar, para romper reglas de verosimilitud. ¿Ahora con qué nos va a salir? El mito que este director se ha construido del intelectual obsesionado por el sexo y la muerte es una máscara, Woody Allen es un poeta urbano que nunca se ha tomado a sí mismo en serio.

En De Roma con amor el cliché es la lógica; las variaciones y desarrollo de los temas, la música. Si una rubita americana anda perdida (Allison Pill) en Roma y le pregunta por la fuente de Trevi a un bello ragazzo, que además resulta arquitecto y socialista, seguro que se van a enamorar y casar, que los padres de ella, una psiquiatra (Judy Davis) y un productor retirado de ópera (Woody Allen) llegan para conocer a la familia romana, que el padre de él es un talentoso cantante que solamente canta en la ducha (el famoso tenor Fabio Armiliato), y si, además, la familia tiene una funeraria, entonces los ingredientes de la ensalada están completos. Amor, muerte, Freud, arte e intelecto; el personaje de Allen advierte que no lo psicoanalicen porque todos los que han tratado han fallado; ahora está casado, no obstante, con el psicoanálisis.

Las otras tres historias no tienen que ver entre sí, sólo Roma las vincula; los temas, los de siempre: Roberto Benigni, burócrata, hombre de la calle que despierta convertido en una celebridad; una pareja de recién casados llega a la ciudad en busca de mejor vida; Monicelli, Rossellini, andan por ahí; Penélope Cruz en despampanante prostituta, Anita Ekberg latina en comedia de enredos da una buena lección de sexo al provinciano.

Jesse Eisenberg es el joven arquitecto enamorado de Roma, presa fácil de todos los clichés del enamoramiento con Allen Page, afectada actriz que posa como intelectual; Alec Balwin, en otoñal y famoso arquitecto, se vuelve el súper ego encargado de describir la mecánica de la fatuidad del deseo disfrazado de amor. Ni los desdoblamientos teatrales, ni las advertencias del yo maduro y su descripción de los lugares comunes impiden que Jesse caiga en el pozo; según este Allen, los temas eternos se alimentan de clichés, pero el turista se enamora de Roma y quiere vivir su historia de amor en esa tarjeta postal que ilumina el fotógrafo Darius Khondji.