Restauración impugnada

Punzan de nuevo dolores por el trance electoral recién concluido. No terminamos de aprender en esta materia. Como mulas de noria, volvemos a los mismos yerros. Ni los partidos ni el gobierno ni las instituciones creadas para sanear esta parcela pública dan pasos en serio para eliminar las prácticas morbosas que pudren la vida nacional. Por inacción o por complicidad reportamos en estos actores una ausencia de sincera voluntad para poner fin a esta lacra que tanto nos daña. Parecía que, desde la ciudadanización de los procesos electoreros, iríamos mejorando hasta escalar a terrazas aceptables en este rubro. Pero sólo hemos ganado en simulación y embutes, en zalamerías públicas y declamaciones huecas. El mal de fondo sigue sin ser atacado.

A los medios masivos, sobre todo a los audiovisuales, se les impidió la difusión descarada de sus filias y fobias con el afán de proteger a la opinión pública de posibles malas influencias. Pero este oficio termina siendo una tarea compleja. Siendo empresas de carácter privado, no es sencillo conseguir de ellas una actitud neutral. Algo se avanzó en el rubro, pero aún falta mucho trecho por recorrer. Por ejemplo, a lo largo del proceso varias difundieron encuestas que, al cotejarse con los resultados finales, salieron reprobadas. Este hecho, ahora del dominio público, muestra la veleidad facciosa con que actuaron. Los datos están ahí, para que los constate quien quiera.

Los comunicadores que las difundían pueden salir con cara dura y reconocer que “se equivocaron”. O pueden fingir demencia, si quieren. Pero ya no pueden negar sus actos, que nos constan a todos. Si se pudiera demostrar que eran cifras negociadas, sin relación con levantamientos objetivos, o que se alteraban las cuentas reales de las encuestas para inducir un resultado final. Entonces los cuestionamientos de los opositores ganan en consistencia y sus denuncias obtienen certidumbre.

Son nuestros jóvenes, como siempre, quienes han decidido manifestar su enojo por las irregularidades cometidas. Ellos levantan primero la voz y nos conminan a no dejar pasar ya más adelante tanta hipocresía y simulación. No es cierto que el proceso electoral haya sido terso y civilizado. Es falso que nuestros institutos electoreros sean inmunes a la tentación de la parcialidad. No es cierto que nuestros árbitros electoreros se mantengan neutrales y objetivos. Aún no podemos presumir de procesos objetivos y limpios.

Ya no se alteran de manera burda y descarada los resultados de las urnas. Tampoco se aparecen los hampones, durante el proceso o al final de la jornada electorera, a robarse las urnas o a destruir el tinglado. Las notas luctuosas por homicidios en estos eventos parecen ser cosa del pasado. Pero de habernos curado de afecciones tan graves no sigue que salgamos a aplaudir y festinar nuestra modernidad. Gruesos porcentajes de nuestra población siguen sin emitir su sufragio de manera libre y voluntaria. Siguen vivos, entre grandes segmentos de nuestra gente, los métodos de coacción y los modelos coercitivos que desvían su voluntad hacia candidatos no deseados.

El mecanismo de esta logística se basa ahora en el obsequio de despensas, de tinacos, de láminas. También se entregan tarjetas bancarias. Dinero a cambio de votos, cuando éstos deberían estar sometidos sólo a procesos de reflexión y actos de convicción. Cuán lejos estamos entonces de la madurez política. Lo más deprimente es que tales dádivas se le repartan al pueblo bajo. El hecho de saberlo indigna, no se diga el corroborarlo. Para los estratos medios y altos, la dádiva a cambio va en el sentido de los arreglos, el tráfico de influencias, las componendas y la impunidad. Cuando los agentes de estas compraventas son descubiertos, lo niegan, lo encubren, lo escabullen. Siendo operación oculta y clandestina, se manifiesta cuando se cuentan los votos. Por supuesto que incide en los resultados. Es variable que exige corrección inmediata.

La indignación de nuestros jóvenes va en ese sentido. Sus proclamas apuntan a eliminar estas prácticas de catacumba, que nos mantienen como pueblo manipulado y sumiso. Nuestra sumisión no se realiza ahora a punta de bayoneta, sino con el redondel de las monedas, con la lisura de los plásticos bancarios o con la anuencia de nuestra complicidad convenenciera. Tan nociva fue la práctica autoritaria arcaica como nos resulta mediatizadora y enajenante la presente. La llamada juvenil de protesta es un grito estentóreo para que osemos a cruzar el dintel que nos lleve a la dignidad ciudadana.

El resultado electoral oficial, que no se atiene a las impugnaciones por ser señaladas, dice en cambio que decidimos entrar a un proceso de restauración. Interrogado sobre esto, Pedro Joaquín Coldwell, presidente del PRI, opinó que entramos a una renovación. Hay que tomarle siempre el pulso al manejo conceptual de las cosas políticas, para no andar dando palos de ciego con nuestras declaraciones. Tal vez este señor no conozca la diferencia del uso entre los vocablos de restauración, reforma y revolución. Conviene conocerla.

La materia de la política es maleable. Consiste en eventos y acontecimientos cuya dinámica interna tiene que ver con el cambio. Mas las modificaciones apuntan hacia un sentido o hacia otro. Cuando un cambio político se da hacia el progreso, en el sentido de avance hacia mejorías evidentes, hacia el desarrollo humano, se habla de “revolución”. El término de “reforma” también se emplea casi siempre para tipificar cambios en sentido positivo. A diferencia de las revoluciones, las reformas son movimientos menos intensos, no violentos, sin sacudidas espectaculares. Carecen del aspecto traumático que suelen conllevar las revoluciones. Pero no es lo pacífico o lo violento lo que califica a los cambios. Se definen por sus contenidos. Si una modificación hace regresar a un país a un statu quo que ya existía, restableciendo el régimen político que había sido sustituido por otro, a este cambio se le conoce como “restauración”.

La etapa nacional a que hemos de conducir el país, indicada por la lectura del resultado electoral oficial presente, apunta pues hacia una restauración. Eso es lo que nos quieren hacer tragar, sin atender que fue obtenido tal resultado mediando la compra de voluntades, el intercambio de favores y compromisos convenencieros.

La esquizofrenia de nuestro presente la viven a plenitud nuestros jóvenes, a quienes les estrella su futuro nuestra deficiencia electorera. ¿De verdad apostamos como país, en la autenticidad de nuestra voluntad ciudadana, a volver al pasado, a reconstruir el priismo, a restablecer el teatro de la complicidad impune y la mentira como forma de interrelacionarnos entre todos? ¿De veras el resultado de la consulta consistió en que sigamos parados de cabeza? ¿Tan ciega es nuestra inteligencia? ¿Dejaremos que otra vez hipotequen nuestro futuro por un vil plato de lentejas?