Prometeo y sus promesas

Ciertas películas, pretenciosas o no, como las de David Lynch o de Terrence Malick, exigen claves para ser apreciadas; otras, como es el caso de Prometeo (Prometheus; E.U. 2012), requieren de largas explicaciones para entender cómo un producto de 130 millones de dólares, realizado por un buen director que contó con enormes recursos actorales y de producción, haya quedado tan lleno de agujeros y ralladuras. ¿Mera glosa del naufragio?

El comentario más simple sería que se trata de un mero blockbuster y que cualquier aclaración sale sobrando ante la mercadotecnia de Hollywood, pero se trata del director de Alien y de Blade Runner, dos cintas que promovieron la estética de la ciencia ficción de fin de siglo y se atrevieron a plantear el tema de la situación del hombre en una sociedad de tecnología post humana; eso de la ingeniería genética y sus consecuencias.
Prometeo retoma el mismo asunto e intenta proyectarlo a escala mítica, creacionista; el hombre habría sido un experimento de laboratorio sideral, por ponerlo de alguna manera. En una secuencia directamente inspirada de La cueva de los sueños olvidados (Herzog), un equipo de arqueólogos comprueba que existen indicios de que el hombre en la Tierra fue creado por extraterrestres, la consecuencia es un viaje a los confines del universo para conocer a estos doctores Frankenstein que invadieron este planeta con sus engendros.
El salto de las cuevas a la nave espacial reproduce el mismo de 2001, Odisea en el espacio de los homínidos a los viajes espaciales, pero también el ambiente tecnológico de Alien; los pasajeros viajan dormidos por años, mientras un androide (Michael Fassbender) pasa su tiempo estudiando lenguas arcaicas y copiando el estilo de Peter O’Toole en Lawrence de Arabia. Lo curioso es que este androide es, a final de cuentas, el personaje más interesante de la cinta, mucho debido al talento de Fassbender y otro tanto porque es el más complejo, quizá por su vínculo directo con el poder, una mente que parece manipular los destinos de los demás (Guy Pierce) y termina demostrando que es un pobre iluso.
Los demás personajes, o salen sobrando como el primer par de necios a los que se come el alien, cosa que a nadie le importa, o les falta consistencia. Apenas se salva la arqueóloga Shaw, una Noomi Rapace que evoca la bravura de la teniente Ripley de la saga de los Alien. El contraste con el magnífico diseño de producción, el arte de Kubrick combinado con la estética de intestino grueso de Gigger, con la banalidad de los diálogos y la oquedad de sentido, duele.
Ridley Scott quizo conjugar el mito griego de Prometeo, como muestra el prólogo del superhombre inmolándose para crear vida, con los mitos cinematográficos de Kubrick y del mismo Scott; la hubris, arrogancia desmesurada, provoca una caída estrepitosa. La avidez por fabricar una nueva franquicia, temas a resolver en los siguientes capítulos, deja huecos por donde sólo se asoma la puerilidad y el apetito de lucro. Lástima.