Señor director:
Por medio de la presente, le agradeceré publicar esta carta para conocimiento del público que asiste al Hospital General.
El sábado 28 de abril, a las 11:00 horas, ingresó al Hospital General de México mi hermana, la señora Rosa María Olivares Jiménez, con un dolor abdominal muy fuerte. Después de hacer una larga cola, nos solicitaron pagar la consulta. Luego la revisaron y le dijeron que era candidata a cirugía, pero que debía esperar turno.
Los dolores que presentaba eran muy fuertes y ya se encontraba con deshidratación avanzada. La sentaron en una silla de ruedas y así esperó durante 24 horas. Presa de dolores más fuertes, tuvo que acostarse en el piso, sobre unas chamarras, para mitigarlos. Cada hora que pasaba su estado empeoraba, pero las enfermeras repetían que debía esperar el turno porque había 30 operaciones previas. Le rogamos a una enfermera que nos sugiriera otra opción para trasladarla, pero ella nos respondió que no estaban autorizados para sugerir ninguna opción y que para qué trasladábamos a mi hermana a otro lugar, si al fin y al cabo ya estaba ahí. Debido a esto, decidimos quedarnos y esperar.
El domingo 29, a las 17:00 horas, por fin se desocupó una camilla. Le pusieron suero y una sonda. Así estuvo el resto del día hasta que nos dijeron que requería de un lavado y que debíamos pagar las medicinas y placas correspondientes. Así lo hicimos, pero la condición de mi hermana empeoraba.
No fue sino hasta el lunes por la tarde cuando la operaron y nos dijeron que le extirparon “el apéndice, los ovarios y la matriz, porque todo estaba lleno de pus”.
Sin embargo, cuál no sería nuestra sorpresa al ver que no la suturaron, sino que dejaron la herida abierta debido a “complicaciones presentadas en el último momento, como baja de potasio, presión alta y diabetes”.
Estuvo con la herida abierta hasta el viernes 4 de mayo, ya que no hubo quirófano disponible. El sábado 5, una enfermera nos dijo que mi hermana tenía que bañarse, lo que nos sorprendió porque la herida se encontraba abierta. Pedí una esponja para bañarla en la cama, pero las enfermeras me dijeron que no tenían ese servicio y que debíamos bañarla parada. Mi hermana estaba muy débil y no podía sostenerse en pie. En vista de ello, solicité ayuda, pero me contestaron que intentara bañarla con apoyo de algún pariente. Llenos de dudas, la tuvimos que bañar entre mi hermano y yo, en el pasillo, sentada en la silla de ruedas.
Para la madrugada del lunes 7, amaneció con una fiebre muy alta. Uno de los doctores se mostró sorprendido cuando le dijimos que una enfermera nos había indicado que la bañáramos. La trasladaron a infectología para operarla de emergencia a las 11:00 horas.
Otro doctor –no el mismo que la operó la primera vez– nos informó que le extirparon el apéndice y le sacaron seis litros de pus. Le contestamos, sorprendidos, que ya le habían quitado el apéndice en la primera operación. Sarcásticamente nos respondió: “Pues yo no sé, a menos que ella hubiera tenido dos apéndices”.
El doctor –del cual nunca supimos su nombre– nos dijo que “ya no urgía que la volvieran a operar porque la intervención se complicó debido a una bronconeumonía. A los tres días la revisamos, a ver si ya no hay ningún incidente, y esta vez sí la suturamos”.
A las 4:00 horas del 10 de mayo mi hermana ya no podía respirar pese a que se le estaba aplicando oxígeno, y falleció a las 6:00, después de una agonía innecesaria y de un trato poco profesional y deshumanizado.
Es importante señalar que ningún médico da su nombre en ese hospital y que ninguna enfermera porta una placa de identificación. Mi hermana falleció cuando seguramente todo lo que presentaba era una peritonitis que pudo haber sido resuelta si se hubiera intervenido oportunamente.
El único dato que tenemos es que el doctor encargado del módulo 304, donde estuvo internada mi hermana, es el doctor Castillo, quien, aun cuando no realizó las operaciones, era el que daba los reportes médicos.
Hacemos del conocimiento público estos hechos para que quede constancia de que el Hospital General es el peor lugar al que uno puede acudir, pese a los impuestos que se nos cobran y a las declaraciones del presidente Calderón sobre los servicios de salud de este país.
Atentamente
Isabel Olivares Jiménez








