Más de lo mismo 170 años después

Este artículo es el rescate histórico de un intelectual y de una situación: Juan Bautista Morales, autor de El Gallo Pitagórico, que cuestionó las prácticas corruptas de los políticos hacia la mitad del siglo XIX. El paralelismo con la actualidad es escalofriante.

Juan Bautista Morales, una de las más honradas plumas sarcásticas contra las corrupciones de su tiempo (que se parecen demasiado a las actuales), nació en Guanajuato el 29 de agosto de 1778. Su obra más difundida fue y es El Gallo Pitagórico, editado como folleto el 26 de enero de 1842 en El Siglo XIX, el periódico liberal que editaba Ignacio Cumplido. Cuando murió el 29 de julio de 1856, la que fuera su tribuna lo despidió señalando sus más sobresalientes cualidades:

“Este hombre que como profesor hubiera hecho su fortuna en cualquier otro país; que como escritor pudo traficar con su pluma; que como magistrado pudo acumular tesoros en épocas de corrupción, vivió siempre pobre, pero contento; en la miseria, pero gozando de la tranquilidad de una conciencia sin mancha. El primer funcionario en el orden de nuestra magistratura muere sin dejar a su numerosa familia más legado que el de su fama y el de su gloria.”

Y Guillermo Prieto subrayó otras singulares circunstancias:

“En su cuarto en El Siglo XIX escribía en una pequeña mesita de palo blanco, viendo a la pared, y los pies en una estera ordinaria. Pero ese anciano, y en ese humilde aparato, forzaba los rayos que, desprendidos de su mano, confundían al tirano en medio de su ostentación de poder, y anonadaban a los cortesanos viles que se estaban enseñoreando de la nación.”

En 1809 llegó a la Ciudad de México y, como alumno externo, ingresó en el Colegio de San Ildefonso a las cátedras de jurisprudencia, y se mantuvo dando clases a gente de su edad. A los 42 años se recibió de abogado. No ejerce la profesión y se incorpora a las fuerzas de Guadalupe Victoria. Escribe para el periódico El Hombre Libre. En 1824 fue diputado al Congreso Constituyente. Fue electo senador y después fiscal de la Suprema Corte de Justicia. En 1837 se le nombra magistrado de la misma. En Querétaro funda el periódico Los Debates. Colabora en El Demócrata fundado por Francisco Zarco. En todas esas publicaciones con sentido de humor critica el despilfarro, la prepotencia, la ostentación, la ineficacia, el cohecho, la deshonestidad… Pero a Juan Bautista Morales hay que citarlo textualmente:

“Si el pueblo se queja de que aumenta el ejército más de lo que sufren las rentas nacionales, se dice que es preciso que haya un ejército brillante para sostener la respetabilidad de la nación.

“Y pido a Dios con ansia que venga un gobierno que no piense en soldados, sino en labradores y artesanos, y que no se ocupe de la guerra, sino de la población.

“No sé cómo tienen ustedes tan poca filantropía que se premian por haber teñido sus manos en la sangre de sus hermanos en guerras civiles.

“Pero lo que más me hace fuerza es que se premie el crimen, y a un crimen tan detestable, como el de faltar a la confianza de sus superiores y vender sus secretos.

“La dificultad consiste en que dure un ministro siendo bueno. Casi es un milagro que se sostenga por largo tiempo un ministro recto y justo. No le basta adquirir ascendiente sobre el jefe de la república, es indispensable que lo adquiera sobre el partido que influye en el gobierno. Si es afecto a los extranjeros, se han de sacrificar a sus pretenciones los derechos y bienes de los nacionales. Si le agrada la muchedumbre de tropas, se han de sacar soldados hasta de los hormigueros.

“Si el ministro de guerra no concede todas las banda, grados y empleos que solicitan los militares que hicieron la revolución, abajo ministro. Si el ministro de hacienda niega la entrada a los agiotistas influyentes, o no paga sus sueldos a ciertas personas, abajo ministro. Si el de relaciones no se doblega a las solicitudes del extranjero, abajo ministro. Si el de justicia no toma providencias eficaces en ciertos negocios, para que su resolución sea favorable a ciertos personajes o a sus ahijados, abajo ministro.

“Diputado, no tienes otra cosa que hacer sino secundar toda iniciativa del gobierno, aunque sea en contra del interés general y del bienestar de la nación; estar preparado y pronto para conceder facultades extraordinarias, aunque sean para echar a pique a la república; abrirle de par en par las arcas nacionales para que las gaste en lo que quiera; si éstas no bastan, imponer contribuciones. Aprobar préstamos y contratos a roso y velloso; si el gobierno pide facultades para levantar veinte mil soldados, añadir un piquillo corto de otros treinta mil, aunque para pagarlos sea necesario grabar a la nación más de lo que sufren los caudales de los ciudadanos; en fin, absolver a todo ministro aunque sea más bribón que Pillo Madera. ¿No es verdad que esto no pasa de unas bagatelas? El diputado que opta de la manera indicada es tenido por hombre de bien, amigo del orden, timorato, religioso, prudente y, sobre todo, patriota. Los aristócratas no tienen embarado en igualarlo a ellos, aunque pertenezca a la hez del pueblo.

“A fuerza de gritar que eres anarquista, revoltoso y libertino, se lo harán creer a todo el mundo. Ellos nunca se dan su verdadero nombre de serviles, sino el de liberales moderados, porque para poder engañar a los hombres es necesario que el vicio se disfrace con el ropaje de la virtud, persuadiéndola de que ellos son los verdaderos liberales que miran por su bien, y que los otros son sus enemigos, que con sus limitadas pretensiones impiden los progresos de la libertad nacional y de la felicidad común.

“Como defender la injusticia es lo que da dinero, hay abogados que no se dedican a otra cosa que a cohechar escribanos y jueces para tenerlos a todos por amigos, y de ese modo hacer perdedisos los expedientes, suplantar hojas en ellos, quitar las que no le convienen, y formar escrituras falsas para obtener sentencias favorables, o por lo menos prolongar años enteros un juicio que estaba concluido en un par de meses. En una palabra: hostilizar al contrario hasta obligarlo a que, por quitarse de ruidos, haga una transacción poco ventajosa para él, o muera sin ver el fin de su negocio.

Dos veces fue encarcelado Juan Bautista Morales, una vez por Agustín de Iturbide y otra por Antonio López de Santa Anna. Cuando éste lo amonestó, Morales le dijo que seguiría escribiendo de la misma manera y agregó: “cuando comencé esta tarea me convencí de que en lo que más puedo parar es en cuatro velas y un petate”.

Tras vivir un tiempo en los Estados Unidos, opinó:

“Todos los angloamericanos tienen el corazón y el cerebro de plata, porque a fuerza de no amar otra cosa que el dinero, ni de pensar en otra cosa que en el dinero, llegan a metalizarse sus cerebros y corazones. Allí no hay buena fue, no hay generosidad, no hay hospitalidad; el engaño, la intriga, la falsedad, todos los medios lícitos e ilícitos se ponen en movimiento para adquirir caudales.”

Por último, hay que acudir una vez más a Guillermo Prieto para dibujar el físico de este incansable trabajador intelectual y político: cuerpo pequeño, delgado y fino como una dama, calvo, tez morena, ojos azules algo saltones, la boca grande y la patilla de fleco ralo, el caminar garboso que en cierta forma delataba su autovaloración. Pese a su gran sabiduría, prefería conversar con el lenguaje del pueblo. Su generosidad lo llevó siempre a estimular a los jóvenes.