Valles del miedo

Después de enterarse de que Los Zetas tenían un centro de operaciones cerca del parque central de su pueblo, los habitantes de Ahuisculco, en la región Valles, tuvieron que aguantar una especie de ofensiva policiaca. Si los sicarios amenazan con secuestrar y asesinar, los miembros de la SSP estatal primero detienen a los vecinos (van al menos 80), catean casas y después empiezan a investigar…

Los pobladores de varios municipios de la región Valles perdieron la tranquilidad. En menos de un mes se reportaron ahí decenas de levantones por parte de Los Zetas, que recientemente se llevaron a 14 personas y las retuvieron en la población de Ahuisculco, en Tala.
Además, los vecinos del área denunciaron hasta 80 retenciones ilegales a manos de elementos de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) del estado contra ciudadanos que consideraron sospechosos de ser delincuentes o de colaborar con ellos. Para la gente de la zona, se trata de dos caras del mismo problema.
Primero se descubrió en Ahuisculco la casa de seguridad donde los sicarios mantenían cautivos a 14 hombres con el propósito de asesinarlos y descuartizarlos antes del miércoles 9, para abandonarlos en los Arcos del Milenio justo el Día de las Madres.
En la fecha mencionada aparecieron los cuerpos de otras 18 personas en dos camionetas, pero en Ixtlahuacán de los Membrillos, en lo que fue interpretado por las autoridades estatales como una respuesta de Los Zetas a la banda de El Chapo Guzmán por los 23 cadáveres que exhibieron en Nuevo Laredo, Tamaulipas, en abril pasado, aunque en el caso de Jalisco la mayoría de las víctimas eran inocentes, según la información difundida por el gobierno del estado.
Las personas que escaparon de la casa de seguridad iban a formar parte del grupo que se abandonaría en dichas camionetas, declaró Juan Carlos Antonio Mercado, El Chato, identificado como líder de Los Zetas en la región Valles y quien fue capturado cuando circulaba por Tala en una camioneta y drogado.
Después que la mayoría de los plagiados logró huir, los secuestradores ejecutaron de inmediato a dos jóvenes que no lo consiguieron.
“En la casa de seguridad de Ahuisculco –dice un vecino– sólo quedaron dos hombres”, que padecieron la ira de los criminales. Sus cuerpos fueron hallados el mismo miércoles 9 en el predio La Guadalupe, municipio de El Arenal.
La noche del 22 de abril, Juan Pedro González Raygoza y José Alfredo Velázquez Partida, de entre 20 y 25 años, salieron de la empresa maquiladora en Tala donde trabajaban como cocineros. Un grupo de desconocidos los subieron por la fuerza a una camioneta.
Familiares de las víctimas aclararon desde el principio que ninguno de ellos estaba ligado a actividades delictivas y exigieron el esclarecimiento del crimen y el castigo a los responsables.
En días posteriores otros pobladores fueron retenidos ilegalmente, pero esta vez por elementos de la Secretaría de Seguridad Pública estatal que, si bien investigaban los presuntos nexos de gente del lugar con el crimen organizado, a decir de los entrevistados lo hicieron sin respetar las garantías individuales y violentando los derechos humanos.
Personas consultadas por Proceso Jalisco afirman que los sicarios preparaban una masacre nunca vista en la región. Una de ellas detalla:
“Los secuestrados estaban recluidos como animales, ya los tenían destinados para matarlos junto con los 18 cuyos cuerpos se encontraron en Ixtlahuacán. Les quitaron la ropa, los dejaron desnudos y sin zapatos. A la mayoría los habían detenido días antes y no querían que ninguno huyera.
“Por eso los amarraron con sogas y los amordazaron para que no pudieran hablar. Los delincuentes tenían todo estudiado y sólo les daban de comer galletas de animalito y agua, les decían que no necesitaban más porque ya los iba a matar y que así era mejor. Los policías descubrieron dos motosierras que iban a usar para desmembrarlos.”
Según otro poblador de Ahuisculco que se atreve a hablar, “los jóvenes privados de su libertad eran golpeados constantemente por sus captores” en la casa de seguridad de la calle Aldama, que pertenece a la familia de Laura Rosales Sánchez, La Chaparra, quien vigilaba a los plagiados.
Los testimonios recogidos por los medios de comunicación son contradictorios. Unos dicen que los cautivos huyeron cuando La Chaparra se quedó dormida, otros indican que tres de los captores se drogaron tanto que casi quedaron inconscientes en la madrugada del martes 8, lo que aprovecharon los secuestrados para huir.
Los primeros dos hombres que consiguieron salir de la casa de seguridad trataron de avisar a las autoridades, pero los pobladores de Ahuisculco no les ayudaron de inmediato porque no les creían que los habían secuestrado.
Algunos entrevistados recuerdan: “Ellos (los primeros en huir de los sicarios) venían desnudos y golpeados, con mugre acumulada de varios días; otros (que vinieron después) apenas traían calzoncillo, estaban demacrados y enlodados. Nadie entendía de dónde habían salido y menos se sabía de qué se trataba su asunto y por eso la respuesta no fue buena. Al principio la gente se negó a ofrecerles ayuda, hasta que fueron a la delegación municipal, donde fueron atendidos por el delegado y después interrogados”.
Muy cercana a un lienzo charro, del centro de salud y del jardín central del poblado, la casa de seguridad está pintada de blanco y tiene sellos de clausura de la procuraduría estatal en la puerta principal, pero no parece vigilada.
Y ahora, la policía

En su desesperación por encontrar a los asesinos materiales e intelectuales de los 18 homicidios descubiertos en Ixtlahuacán y de los secuestros en Ahuisculco, levantaron a 80 ciudadanos y allanaron casas para investigar presuntos nexos de sus ocupantes con el crimen organizado, sin importar que los vecinos constaten la honorabilidad de los afectados.
Pese a las quejas de la población, que responsabiliza a los efectivos de la SSP, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco informó que no existe ninguna queja al respecto.
Esta situación se traduce en miedo. Incluso jóvenes que prestan su servicio social en oficinas públicas o centros de atención médica de Ahuisculco entraron en pánico e intentan que se les autorice un cambio de sede.
Una entrevistada señala que desde hace dos semanas le tiemblan las piernas cada mañana al pensar que la oficina del gobierno estatal donde trabaja está cerca de la casa de seguridad de Los Zetas:
“Tengo mucho miedo. Aquí no hay seguridad, ustedes ya vieron que no hay patrullas del estado ni del municipio. Los soldados y los policías federales nomás estuvieron la semana del 10 de mayo y luego se fueron todos. No dicen que ahora (Los Zetas) van a venir por 50 mujeres.
“Estamos totalmente aislados. Aquí, a dos o tres calles, funciona un jardín de niños y la maestra vive aterrorizada. Ella atiende a 30 criaturas y labora sola, por eso ustedes, en los medios, digan lo que está pasando. Ya no queremos trabajar o vivir aquí, sentimos que estamos solos y que el pueblo se ha convertido en un lugar muy peligroso”. Enseguida explica por qué:
“El lunes en la madrugada de nueva cuenta se escucharon fuertes balaceras a las afueras del pueblo. Fueron muchas ráfagas, disparos esporádicos y de repente muy seguidos. Muchos imaginamos que al día siguiente íbamos a enterarnos de que había una gran cantidad de muertos. Pero no se supo nada; no hubo ninguna noticia y eso aumenta la incertidumbre.”
Otros vecinos relatan que en Tala, después de las 20:00 horas las calles se quedan casi desiertas porque la gente aplica, sin que nadie lo propusiera formalmente, una especie de toque de queda.
Aunque nada garantiza que estén libres de un ataque, desde que cae la noche los pobladores evitan salir a carretera, y si andan por la calle van acompañados de un familiar.
“Muchos vivimos con la neurosis de ser secuestrados y extremamos las precauciones ante vehículos ajenos al pueblo o camionetas sospechosas”, se queja un hombre consultado por este semanario.
Otro lugareño reclama a las autoridades por “el silencio guardado por las autoridades municipales, e incluso el silencio de los propios vecinos, que sabían lo que estaba ocurriendo en Ahuisculco y prefirieron callar, porque estaban amenazados o porque no quisieron meterse en problemas, y ahora vemos las consecuencias”.
Varios vecinos de Tala recuerdan que tras el descubrimiento de la casa de seguridad, los operativos de la SSP se convirtieron en una pesadilla. Uno de ellos detalla:
“Se metieron a cuanta casa se les ocurrió para buscar a presuntos cómplices o a supuestos amigos de los secuestradores. Incluso cuentan que los policías entraron a un domicilio para llevarse a un hombre, pero querían detener también a su hermano y a su mamá; sin embargo, el detenido insistió en que sus familiares nada tenían que ver” y logró que los policías los soltaran después de forcejear.
Después del descubrimiento de la casa de seguridad de Ahuisculco, denuncian talenses, se incrementaron los intentos de extorsión por teléfono y las amenazas de sujetos anónimos a familias, a las que advierten que realizarán más levantones de inocentes.
El 30 de abril, semanas antes del escape de los 14 secuestrados, en el municipio de Amatitán, también en la región Valles, se suscitó una balacera entre bandas del crimen organizado. Cinco vehículos y una vivienda se calcinaron a consecuencia del enfrentamiento en la calle Lerdo de Tejada de Santa Cruz.
En su edición del miércoles 23, el diario El Occidental publicó, basado en testimonios y declaraciones extraoficiales de policías, que también murieron ocho personas en el tiroteo. La procuraduría de Jalisco negó que tenga información al respecto.
Tres semanas después del hallazgo de 18 ejecutados en Ixtlahuacán de los Membrillos, el Ejército desmanteló dos narcolaboratorios en ese municipio y decomisó más de 10 toneladas de precursores químicos de la droga sintética cristal. l

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