El danés Lars von Trier nunca se ha cansado de proclamar su tendencia depresiva; no sin vanidad, presume del humor negro que impregna y mancha sus películas; ha estudiado el tema y sabe que un filósofo de la antigüedad, el nombrado Pseudo Aristóteles, postuló que todos los grandes hombres han sido melancólicos. Melancolía (Melancholia; Dinamarca-Suecia-Francia-Alemania, 2011) es una elegía a la desesperación en el túnel sin salida de la condición humana. Justine (Kirsten Dunst), la pesarosa heroína de esta historia, es exactamente como él mismo, según afirma este gran provocador del Dogma.
Organizada en forma de díptico donde todos los componentes, personajes y situaciones se articulan en pares de opuestos y complementos, dualidades y reflejos que simultáneamente se atraen y repelen, Melancolía recuerda el viejo tema del microcosmos frente al macrocosmos. La primera parte presenta la historia de una familia con sus amores y rencillas; en la segunda, un planeta llamado Melancolía amenaza con estrellarse contra la Tierra; las preocupaciones fundamentales, tener o no tener, hacer o no hacer, amar o no, se vuelven intrascendentes.
Comienza en una boda, un supuesto momento de dicha y encuentro familiar, que Justine, la novia adornada de todos los emblemas y rituales de la felicidad, es incapaz de abrazar y todo se colapsa; imposible caer bajo el encanto del baile, el corte del pastel y los buenos deseos. Von Trier anuncia la debacle del ideal en sus primeras imágenes; rodeada de flores y velos blancos, la novia flota arrastrada por la corriente, como la Ofelia en el famoso poema de Rimbeau, o en el cuadro prerrafaelita de Millais; la muerte de un caballo en cámara lenta, y la muerte de Tristán e Isolda como música de fondo.
Dicho así suena pretencioso y lo es; este niño terrible de antaño, expulsado recientemente de Cannes por sus comentarios irreverentes, no conoce la vergüenza y se atreve a saturar de sentido esta obra cargada de misantropía, excluye cualquier posibilidad de trascendencia más allá del arte y la poesía.
“Somos una especie malvada, estamos solos en el universo y nadie nos va a extrañar”, sentencia Justine, una extraordinaria Kirsten Dunst que revela un talento como actriz que el cine comercial de Hollywood no le dejaba ejercer del todo. Claire (Charlotte Gainsburg), la hermana, apuesta al sentido, confía en la palabra del marido astrofísico (Kiefer Sutherland); pero no hay ciencia que valga, el conocimiento sistemático equivale a los jardines renacentistas iluminados por la Luna que recrea Von Trier; en cuanto brilla la estrella de la melancolía, se abre el agujero negro, la vacuidad y el caos del universo se hacen insoportables; claro, nunca habían dejado de estar ahí.
Pero si los rituales y las certezas que propone la tribu parecen insignificantes frente al cataclismo, el drama del universo sólo puede resentirse en la escala humana. Melancolía propone una visión desoladora de esta experiencia, donde únicamente gana el melancólico porque no tiene nada que perder; la belleza de la imagen y del sonido no hacen más que aumentar la desazón del espectador que Lars von Trier se solaza en castigar a través de sensaciones, la vista, la respiración, los apetitos..








