Candil de Los Ángeles

Para el fin de semana que va del 11 al 13 de mayo se anuncia la segunda edición de la Feria del Libro en Español en Los Ángeles, California, cuya abreviatura coquetea entre la cursilería y el rebuscamiento: LéaLA. Se trata de uno de los proyectos “culturales” más descabellados que ha concebido el exrector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla. Lo demencial del caso está en el hecho de que, aun cuando el costo de la mencionada feria se paga con el presupuesto de varias instituciones públicas de nuestro país y particularmente de Jalisco, el numerito en cuestión tiene lugar fuera del territorio mexicano y está dirigido a las personas que radican en la urbe más poblada de la costa oeste de Estados Unidos.
Dicho de otra manera, son los contribuyentes de Guadalajara, de todo Jalisco y también del resto del país los que, sin que nadie les haya pedido su consentimiento, tienen que pagar el costo de un proyecto que, para decirlo amablemente, es muy poco racional, en caso de que pudiere ser un exceso darle el calificativo de absurdo, aun en la medida en que se trata de una iniciativa abiertamente presupuestófaga (consume dinero de los contribuyentes) y que pretende “promover la lectura en castellano” entre los habitantes de una ciudad del extranjero cuya lengua oficial es el inglés.
Marisol Schulz, directora de la feria en cuestión, ha dicho explícitamente que “una de las metas de LéaLA es fomentar la lengua española (entre los residentes de la mencionada ciudad californiana) para que no se pierda” (El Informador, 25 de enero). Cualquier persona sensata y ajena a ese proyecto podría pensar que dicha “meta” de fomento idiomático del castellano tendría que ser, en todo caso, una tarea para la Real Academia Española o para el Instituto Cervantes. ¿Pero por qué una universidad pública mexicana con tantas carencias, como la UdeG, ha de disponer de una parte de sus recursos y de su subsidio oficial para proyectos de esta naturaleza, con el agravante de que se realizan fuera del territorio nacional y de que con ello se descuidan o se desatienden, así sea de manera parcial, las obligaciones domésticas de la institución?
El motivo para que la UdeG organice y absorba la mayor parte de los gastos de la LéaLA se debe, obviamente, a que los jeques universitarios la consideran una buena idea. Así lo cree, sobre todo, el mencionado exrector, un funcionario que en el plan de exitoso cacique ha dispuesto a sus anchas, desde el ya lejano 1989, de los haberes de la universidad pública de Jalisco. En el caso de la feria libresca angelina, el susodicho (quien maneja también a su antojo la franquicia local del PRD y asimismo tiene intereses en otros partidos políticos) ha conseguido que el gobierno estatal (de origen panista) y la administración municipal de Guadalajara (que desde hace dos años es de ascendencia priista) sufraguen una parte de los gastos de la caprichosa LéaLA.
De esta forma, la demencia del proyecto de marras es compartida por la nomenklatura de la UdeG, por el gobernador Emilio González Márquez, por el alcalde tapatío con licencia Aristóteles Sandoval (actual candidato del PRI a la gubernatura) y por el sucesor de éste, Francisco Ayón López, así como por varios de sus respectivos subalternos. Tan generosa fue la aportación estatal para el arranque de la LéaLA, que el propio exrector Raúl Padilla terminó elogiando a González Márquez, quien en repetidas ocasiones y circunstancias ha sido su principal antípoda: “Yo quiero decir que el gobierno del estado fue muy receptivo a la invitación que se le formuló para participar en la primera (edición de la mencionada feria). La apoyó económicamente y con diversas presencias” (La Jornada Jalisco, 7 de mayo de 2011).
Según el propio Padilla –quien, entre sus numerosos cargos formales en el organigrama udegeísta, ostenta el de presidente del Consejo de Administración de la LéaLA–, la primera edición de dicha feria tuvo, el año pasado, un costo de “arriba del millón 200 mil dólares” (Mural, 29 de abril de 2011). Más allá de que esta cifra pudiera haber sido reportada a la baja, esos casi 15 millones de pesos salieron básicamente de dos fuentes: del presupuesto de la casa de estudios (específicamente de la Secretaría de Vinculación y Difusión Cultural de la UdeG) y, como ya se mencionó, del gobierno estatal, con la presunta justificación de que Jalisco era el “invitado de honor” en la primera edición de la feria angelina, a cuya inauguración asistió el gobernador González Márquez y otros funcionarios del gabinete estatal.
Y como para este año el “honorable” huésped de la LéaLA es Guadalajara, pues el “pagano” habrá de ser el ayuntamiento tapatío, lo que en términos prácticos significa que buena parte de los gastos del numerito va a correr ahora por cuenta del erario municipal.
¿Tiene sentido lo anterior, máxime cuando en la sociedad tapatía abundan las necesidades apremiantes? El caso es que con todo y los muy serios problemas y carencias que arrastra la comuna tapatía, las autoridades municipales han decidido despilfarrar los fondos del Ayuntamiento para pagar viajes aéreos, viáticos y hasta honorarios de escritores, grupos artísticos (con comillas y sin comillas), entre otros agentes culturales (ídem) que estarán en Los Ángeles este fin de semana para poner en alto, qué duda cabe, el nombre de Guadalajara, del idioma español. Y lo de las comillas tampoco es un exceso, pues el año pasado la LéaLA llevó, junto con autores de todo tipo, a cantantes y grupos faranduleros como Lupillo Rivera, Pedro Fernández, la Banda El Limón y también José José, aunque este último no fue a cantar –pues, como se sabe, desde hace tiempo ya no tiene ni voz ni voto–, sino a presentar un libro sobre su vida.
Por otro lado, mientras buena parte de la plana mayor del gobierno municipal hacía maletas para su viaje a la gran urbe californiana –a costa del erario, obviamente– junto con una delegación cultural y seudocultural concebida para la ocasión, las propias autoridades tapatías anunciaban que este año, debido a “limitaciones” en el presupuesto, habría severos recortes en la Feria Municipal del Libro de Guadalajara, la más antigua del país y cuya edición número 44 tiene lugar por estas fechas en los portales del Palacio Municipal.
En la práctica, lo anterior significa que para el alcalde interino Francisco Ayón López, así como para su secretaria de Cultura, Myriam Vachez, hay cosas más importantes que presentar con cierto decoro una feria del libro que fue concebida en 1969 por el propio ayuntamiento de Guadalajara y concebida para beneficio de los tapatíos. Pero eso fue en el pasado, pues para las autoridades tapatías de ahora la feria del libro que crearon sus predecesores ya no es tan importante, pues sus prioridades van por otro lado: llevar a la ciudad de Los Ángeles un muestrario de lo que presuntamente es y ha sido la cultura tapatía, y sobre todo quedar bien con el exrector Raúl Padilla, a quien algunos de sus aduladores, entre ellos varios funcionarios culturales tapatíos, consideran algo así como el Pericles del valle de Atemajac.
Así, tanto el gobierno de Jalisco como las autoridades del ayuntamiento de Guadalajara comparten con el mandamás de la UdeG (¿eres tú, Raúl?) el estilo alrevesado y demencial de ejercer el servicio público, que en este caso insiste en querer ser candil de Los Ángeles y oscuridad de su casa. l