Cortejando a los ayatolas

Ante los requerimientos de petróleo para sostener el crecimiento de su economía, China llegó a Medio Oriente, donde se juegan los intereses de la geopolítica mundial. En esa región ha encontrado un aliado al que le sobra el crudo: Irán. No es gratuito que –en el contexto de la creciente tensión de este país con Estados Unidos y Europa– Beijing apoye al gobierno de Mahmud Ahmadineyad. La irrupción del gigante asiático en el mundo es descrita por los periodistas Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo en el libro La silenciosa conquista china que, con el sello de Planeta, circula en México. Con autorización de la editorial y de los autores, Proceso reproduce fragmentos relativos a la presencia China en Irán.

Aunque el calor es sofocante y la contaminación espesa, el congestionamiento provocado por el desesperante tráfico de Teherán es, pese a todo, un espectáculo. Al atardecer no cabe un alma en la supuesta vía rápida Ashrafi Esfahani que enlaza el norte con el sur de la capital iraní. De todos lados embisten vehículos que le hacen la vida imposible a nuestro taxista, impertérrito a bordo de su desvencijado Peykan.

A los lados de la autopista aparecen, aquí y allá, carteles de propaganda y murales pintados a mano que perpetúan la gloria de los héroes de la Revolución Islámica de 1979, con el fundador Ruholá Jomeini como gran protagonista. No faltan tampoco ingeniosos y bellos dibujos que, como inspirados en los que salpican el Malecón de La Habana, aluden al imperialismo estadunidense y al de sus “secuaces” israelíes. Down with the USA! reza uno clásico. Otro, más plástico, muestra la bandera estadunidense boca abajo, sustituyendo las estrellas y las rayas rojas de la original por bombas y chorros de sangre, respectivamente.

Todo ello resume de manera pintoresca el estado de animadversión mutua que la República Islámica y Estados Unidos mantienen desde hace tres largas décadas, cuando los lazos diplomáticos saltaron por los aires luego de la Crisis de los Rehenes. Una enemistad oficial que, para beneficio de China, no sólo se ha propagado a otros países de Occidente, sino que se ha intensificado con la llegada al poder en 2005 del presidente Mahmud Ahmadineyad, gran artífice de la aventura nuclear en la que se ha embarcado Teherán y que le ha costado un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la comunidad internacional.

En este estado de cosas, China juega indudablemente un papel fundamental. Los constantes coqueteos de la diplomacia china con los ayatolas, en medio de un embargo que ha provocado su aislamiento, han permitido a Beijing convertirse en un actor económico clave en el país que cuenta con la tercera mayor reserva probada de petróleo del mundo, por detrás de Arabia Saudita y Venezuela; y las segundas de gas, después de Rusia.

“Hace cinco años no había chinos aquí”, nos explicó el representante de una de las mayores petroleras occidentales presentes en Irán para ejemplificar la progresión china en el país.

Las cifras también dan cuenta de ello: si hace una década los flujos comerciales eran insignificantes, hoy China es el mayor socio comercial de Irán, con un volumen que ronda los 36 mil millones de dólares anuales, entre el flujo oficial y el que llega vía Dubái.

 

Entrada triunfal

 

El endurecimiento de las sanciones contra Teherán ha ocasionado un vacío de inversión occidental en el sector de los recursos, que, de igual modo que ocurre en Sudán, ha abierto de par en par las puertas a la penetración china. Con la presión estadunidense, las petroleras ENI, Total, Repsol, Shell o BP han tenido que echar el freno a sus negocios con Irán para no perjudicar su posición en el mercado estadunidense.

“Los americanos te dicen: ‘O los iraníes o nosotros.’ Así que aquí todos estamos en modo stand by o nos hemos retirado del país por temor a comprometer nuestros intereses comerciales en Estados Unidos”, explica la fuente.

Un ejemplo del dilema al que se enfrentan las petroleras occidentales es el de la española Repsol, que en reacción a las presiones estadunidenses optó por un abandono paulatino de Irán para salvaguardar con ello sus intereses en el Golfo de México. Su salida le habría costado, según se comentaba en los corrillos de Teherán, nada menos que 300 millones de euros. No es extraño, por tanto, que en este estado de cosas las petroleras estatales chinas hayan hecho una entrada triunfal, pese a que su tecnología está aún lejos de poder rivalizar con la de sus competidores occidentales.

“Sí, los chinos se han convertido en un gran jugador en Irán, pero sólo porque se encontraron con el campo de fútbol vacío”, resume el directivo aludiendo a la ausencia de competencia en el sector.

“Las sanciones han supuesto una condición sine qua non para la presencia china en Irán. Si no hubiera sanciones, la tecnología occidental habría copado el sector”, indica el experto francés en asuntos iraníes Clément Therme. China, por tanto, compensa sus carencias tecnológicas poniendo sobre la mesa dos valiosos comodines: la conexión política y su pegada financiera.

“La única alternativa sería Rusia, porque tiene la tecnología, pero no dispone del capital”, resume John Garver, profesor de relaciones internacionales del Instituto de Tecnología de Georgia y asesor del gobierno estadunidense.

Mehdi Fakheri, vicepresidente de la Cámara de Comercio, Industria y Minas, apuntó en la misma dirección cuando lo vimos en Teherán: “No hay muchas alternativas para conseguir tecnología y dinero fresco. Los chinos no pueden ser sustituidos fácilmente”.

Arropadas por el Estado y los recursos ilimitados de los bancos públicos chinos, las petroleras CNPC, Sinopec y China National Off-shore Oil Corporation (CNOOC) han llenado parcialmente el vacío dejado por Occidente con inversiones que, según fuentes oficiales iraníes, sumarían 40 mil millones de dólares.

Todo ello para alivio del régimen de los ayatolas, que no tienen más que echarse en brazos del gigante si consideramos que la exportación de hidrocarburos supone el 27% del PIB iraní. El monto ha servido para mantener viva la producción iraní de crudo y hacer posible que la República Islámica siga siendo el tercer suministrador de petróleo de China. Todo ello pese a que, según reconoce la propia China, los ingresos que Teherán obtiene por la venta de sus recursos naturales pueden estar “potencialmente conectados” al programa nuclear iraní.

 

Blindaje empresarial

 

En este orden de cosas, con China conquistando Irán a la misma velocidad que los occidentales salen precipitadamente, se plantea una cuestión que levanta ampollas entre las petroleras europeas: en medio del embargo internacional, ¿cómo han podido las petroleras chinas hacerse con el salvoconducto que les da entrada preferencial en el sector energético del tercer productor mundial de petróleo? En otras palabras, ¿por qué Sinopec, PetroChina y CNOOC tienen vía libre y expedita a los campos petrolíferos iraníes mientras Shell, Total, ENI o Repsol se ven obligados a hacer las maletas? La respuesta está, desde luego, en la influencia que es capaz de ejercer, incluso frente a Washington, el todopoderoso Estado chino.

En ese sentido, el régimen chino no ha dudado en usar su poder político para blindar a sus empresas de las iniciativas estadunidenses para aislar a Irán, demostrando su creciente pujanza internacional. Prueba de ello es un revelador cable diplomático de la embajada estadounidense en Beijing, fechado el 26 de marzo de 2008, en el que se registra la advertencia de un alto funcionario chino a su interlocutor estadunidense en el caso de que Washington llegara a sancionar a Sinopec por sus operaciones en Irán: “Es un asunto muy serio y no puedo imaginarme” las consecuencias que tendría para las relaciones bilaterales, dijo.

Lo que el cable confirma es que Beijing ha marcado a Washington una línea roja muy clara: las sanciones no pueden alcanzar, en ningún caso, a sus grandes petroleras.

A la vista de los acontecimientos, a riesgo de represalias “inimaginables”, Washington parece haber cedido a la presión, al permitir a las energéticas chinas lo que para las occidentales supondría sanciones.

El puñetazo en la mesa del gobierno chino está estrechamente vinculado al carácter prioritario que concede a su seguridad energética, pero en la práctica la paradójica consecuencia que se deriva de todo ello es que Sinopec –junto con CNPC– ha acabado incluso sustituyendo a las corporaciones suizas en el suministro del 30% de la gasolina que consume Irán. La república islámica dispone de una reducida capacidad de productos refinados debido a las sanciones estadunidenses y por eso necesita adquirir gasolina en el exterior.

“El número de empresas chinas sancionadas por Estados Unidos ha caído desde 2002. A principios de siglo sancionaba a 15 o 16 por año, ahora apenas tres o cuatro, y entre éstas no figuran las grandes petroleras chinas”, alude John Garver para explicar la influencia de Beijing.

“China tiene mayor capacidad de resistencia a las presiones de Estados Unidos que el resto de países”, concluye Clément Therme. Algo tendrá que ver en todo ello que, como la propia Hillary Clinton (secretaria de Estado de Estados Unidos) admitió: es difícil enfrentarse al banquero del mundo. (China es el primer tenedor mundial de deuda estadunidense con un monto de 1.1 billón de dólares en bonos del Tesoro americano).

¿Cuál será la consecuencia de todo esto? En Teherán un ejecutivo de una petrolera europea se aventuró a vaticinar cuál sería el futuro de la situación actual: “En cinco años el sector energético estará por entero en manos de los chinos”.