El aspecto más conmovedor del documental realizado por Tatiana Huezo no proviene de la interminable lista de atrocidades perpetradas en El Salvador de 1979 a 1992 entre éste, paramilitares y guerrilla; el infierno de masacres, torturas, desaparecidos, violaciones, está a la mano, nos aterra porque nos es ya muy fácil imaginarlo. Lo que estremece es pensar en recuperar la esperanza, tener que seguir adelante barriendo los escombros de los muertos, como los habitantes de Cinquera que regresaron a vivir y reconstruir el pueblo donde crujen los huesos de sus difuntos confundidos con la maleza.
El lugar más pequeño (México, 2010), producido por el CCC, recoge los testimonios de los habitantes, sobrevivientes, que regresan después de haber huido de Cinquera, perdido en las montañas de ese país; Tatiana Huezo capta los ecos y murmullos del pasado, las ráfagas de las armas, gritos de los desaparecidos y asesinados, que se mezclan con los ritmos del presente, croar de sapos y ranas, el canto de una vieja, la música de la banda formada por jóvenes, trabajos de reconstrucción, conversaciones con los muertos.
Además de la memoria, el mejor tributo a las víctimas es la reconquista del espacio que el gobierno había borrado de los mapas oficiales. Si como cuentan los entrevistados, el pueblo ya no existía cuando regresaron, apenas la torre de la iglesia, la conversación constante de los deudos con sus muertos, la madre con la hija, el matrimonio con hijos asesinados, convierte a Cinquera en un santuario que ganó su derecho a existir; los muertos y la sangre la nutren para siempre. Si eventos tan simples como la gallina que pone huevos o el nacimiento de una ternera funcionan como metáforas de renacimiento, es gracias a la vida de los muertos que nutre el suelo. Visto de esta manera, el constante barrer no sólo limpia despojos de guerra, sino que sugiere una especie de ritual que mantiene la pureza y la cohesión del templo.
Como publicó Proceso en una extensa entrevista con Tatiana Huezo, se consigue un impacto que el género no había logrado en el cine. La cineasta mexicana-salvadoreña menciona la advertencia de uno de los habitantes de Cinquera: “Este no es un simple bosque, ésta es la tumba de nuestra gente, de nuestros hijos, padres y hermanos que murieron en estos montes”.
La originalidad estriba en el enfoque fenomenológico que adopta –por citar desenfadadamente una corriente filosófica muy seria–. Fuera de todo didactismo, explicaciones políticas, denuncias, la documentalista transmite la manera en que los habitantes del pueblo perciben su propia realidad; experiencia que resulta precisamente de un inagotable diálogo con el pasado representado por las pláticas y referencias constantes a sus muertos. No era cosa nomás de barrer el pasado y comenzar de nuevo; se trataba de recuperar la tierra, de darle a los muertos el lugar apropiado, de no dejarse desarraigar por los atropellos y la insidia política ni dejarse arrastrar por el vendaval del olvido.
Sólo un tratamiento poético donde se combinaran imágenes y voces podía dar cuenta de la manera en que Cinquera, en las antípodas de Comala, intuye ahora su lugar en el mundo. Tatiana Huezo accede a esa dimensión poética apoyada por su fotógrafo Ernesto Prado; la cámara vuela por la selva, da voz a las montañas y a los árboles, rehúye entrevistas a cuadro, persigue sombras, acecha rostros y gestos. Todo esto sin perder su rigor narrativo y técnico.








