“Don Giovanni” o el disoluto absuelto

La ópera Don Giovanni –libreto original de Lorenzo de Ponta y musicalizada por Wolfgang Amadeus Mozart– es revisitada por el Premio Nobel portugués José Saramago y ahora se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM bajo la dirección de Antonio Castro.
José Saramago, sobresaliente en el campo de la narrativa (de ahí sus múltiples reconocimientos), no tiene nada que hacer en la dramaturgia, donde cae estrepitosamente, particularmente en este Don Giovanni o el disoluto absuelto (2005), que poco aporta y mucho aburre. Cuatro obras más acompañan su quehacer teatral: La noche (1979), ¿Qué haré con este libro? (1980), La segunda muerte de Francisco de Asís (1987) y En el nombre de Dios (1993), única llevada al escenario.
La leyenda sevillana del don Juan se escenificó por primera vez (algunos afirman que existe una anterior) bajo la pluma de Tirso de Molina entre 1612 y 1625, con el título de El burlador de Sevilla y convidado de piedra. Tanto para este autor como para muchos otros del teatro clásico, don Juan es siempre castigado y mandado al infierno a causa de sus múltiples conquistas, abusos y engaños: tal es el caso de las obras de Molière, Azorín, Marañón, Lord Byron, Espronceda, Pushkin, Zorrilla. Las visiones contemporáneas han actualizado esta visión y propuesto diferentes resoluciones lejos del mensaje moral acostumbrado. José Saramago siente la necesitad de cambiar este final condenatorio para don Giovanni y se rebela, como es su costumbre, contra la religión y el sistema social establecido, perdonándolo “gracias al amor”, pero nunca desarrollando dramáticamente su hipótesis. El salto mortal es intempestivo, mirar a una joven le hace sentir el amor, y todo lo borra: la repetición típica de la trama se cumple, la sigue como se ha escrito (aderezando los hechos con mujeres vengativas), y de repente impone otro final. No hay justificación, no hay proceso de transformación del protagonista, obsesionado en este caso por su libreta donde constan sus 2 mil y tantas mujeres; no hay historias ocultas, sólo un capricho del autor. Su final parece emparentarse a la propuesta de Oscar Wilde en su novela El retrato de Dorian Gray, el cual se redime descubriendo el amor en Hetty Merton, una jovencita pueblerina de bajos recursos a la cual seduce pudorosamente y le promete matrimonio.
El formato que sigue Saramago para su versión teatral de Don Giovanni, traducida por su compañera de vida y promotora Pilar del Río, es el de la ópera, la cual también la escribió junto con Azio Corghi el mismo año, aunque por los largos parlamentos, el inmovilismo, la trama platicada y no dramatizada tenga poco de dramático y mucho de narrativo, a pesar de agregar el ingrediente del intento de revancha de doña Elvira. Las interpretaciones de Carlos Cobos en el papel del criado de don Giovanni, y Lucero Trejo, como doña Elvira, son buenas y verosímiles, pero la dirección de actores no les ayuda y menos al resto del reparto, forzado y con poca proyección.
A Antonio Castro, que logró una atractiva propuesta de dirección en El filósofo declara, no le ayuda la escenografía e iluminación de Mónica Raya, la cual corre por cuenta propia.
Don Giovanni o el disoluto absuelto es una superproducción poco afortunada. El mito de don Juan, con posibilidades múltiples de exploración, continúa siendo un reto para el teatro contemporáneo.