En 1982 Leopoldo Galtieri asumió el poder en un país muy próximo al desquicio, con profundas grietas sociales. Intuyó que le era imprescindible tener un triunfo resonante. Apoyó así el plan secreto del almirante Jorge Isaac Anaya, jefe de la Armada, para realizar un desembarco en las Malvinas. Óscar Raúl Cardoso, Eduardo van der Kooy y Ricardo Kirschbaum, periodistas del diario Clarín, se asoman a los entresijos del poder durante la Junta Militar y describen los factores que culminaron en la decisión de invadir las islas. Su libro, Malvinas, la trama secreta (Planeta, 1983) –del que a continuación publicamos fragmentos– es considerado un clásico de la investigación periodística tras el inicio de la democracia en Argentina.
–Lombardo, le habla Anaya. ¿Podría venir al Casino de Oficiales?
Sí, claro que podía. El vicealmirante Juan José Lombardo había asumido, pocos minutos antes de la llamada de su superior, el cargo de comandante de Operaciones Navales, posición burocrática en tiempos de paz, pero clave en situación de guerra.
Desde las horas de tensión y vísperas de 1978 –cuando Argentina orilló un enfrentamiento bélico con Chile por el conflicto en el canal de Beagle–, la guerra había vuelto a ser lo que siempre fue para las fuerzas armadas argentinas del siglo XX: apenas una hipótesis de trabajo recreada en la fantasía íntima de los estados mayores.
Pero nada de eso preocupaba a Lombardo aquel 15 de diciembre de 1981: en la peculiar ecuación interna de poder de la Armada, el Comando de Operaciones Navales era un paso seguro e importante en el camino que desemboca en el vértice superior de la pirámide: la titularidad de la fuerza.
Aunque el oficial no lo sabía cuando recibió la convocatoria del almirante Jorge Isaac Anaya (jefe del Estado Mayor General de la Armada y uno de los integrantes de la Junta Militar), ese día su historia personal cambió junto con la de todo el país. Para Lombardo fue un día especial que no olvidaría jamás. La gran mayoría de los argentinos, en cambio, vivió aquella jornada como una más. Con absoluta indiferencia asistieron a la consumación de la intriga palaciega que tumbó a otro presidente de la nación al que, después de todo, tampoco habían elegido: el teniente general Roberto Eduardo Viola, un militar que laboró pacientemente durante 10 años para llegar a la Casa Rosada y que no pudo siquiera tomarle el gusto al poder. Su fugaz gestión duró apenas nueve meses. El reemplazante era Leopoldo Fortunato Galtieri, comandante en jefe del Ejército, cargo al que había accedido gracias a la “muñeca” de Viola para manejar la “interna militar” (…)
Los fantasmas
Los diarios de ese día especularon con la composición del nuevo gabinete que acompañaría al expansivo Galtieri, y los fantasmas de un regreso a la dura ortodoxia monetarista –atenuada durante el “violismo”– flotaban sobre la castigada sociedad argentina: Adalbert Krieger Vasena, exfuncionario del “onganiato” (en referencia al gobierno del dictador Juan Carlos Onganía, de 1966 a 1970) y extitular del Banco Interamericano de Desarrollo, y Álvaro Alsogaray, un admirador irredento de la economía de mercado y del “puño de hierro” de Margaret Thatcher para manejar la economía británica sin reparar en el costo social, eran mencionados por las usinas de rumores como candidatos para suceder a Lorenzo Sigaut, ministro de Economía del gobierno de Viola (…).
Lombardo se apresuró a responder a la convocatoria de su comandante pensando que recibiría de éste órdenes para el alistamiento de la Flota de Mar u otras operaciones que debían desarrollarse durante el denominado “Año naval”. Quizás escucharía también alguna referencia de Anaya al proceso político, pero esto era poco probable porque el hombre que ocupaba la jerarquía máxima era escasamente comunicativo.
Saludó e intentó introducir un tema, pero el rostro pétreo, inexpresivo, de Anaya lo detuvo.
–Vea, Lombardo –dijo el comandante como único prólogo–, lo que le voy a decir es absolutamente reservado. Estrictamente confidencial. ¿Me entiende?
El pensamiento del flamante responsable de Operaciones Navales se concentró –mientras daba las seguridades de comprensión requeridas por su jefe– en una idea que había atesorado durante algún tiempo y cuya concreción deseaba secretamente más que ninguna otra cosa en el mundo: un operativo para recuperar las islas Picton, Lennox y Nueva en poder de Chile (…)
–Le ordeno –dijo Anaya apelando a una fórmula que no dejaba margen de error en cuanto a lo formal de la ocasión– que prepare un plan de desembarco argentino en las islas Malvinas. Usted debe ser el primero en el país que se entere de esto. Sería conveniente, entonces, que el equipo que escoja para colaborar en el planteamiento mantenga la boca cerrada. El secreto es prioritario. ¿Me entiende? –insistió con su gusto por la recurrencia (…)
“Sorpresa táctica”
Lombardo era portador de algunas razonables dudas que expondría ante el comandante Anaya. Las necesidades de la operación lo obligaban a recurrir al influyente SIN (Sistema de Inteligencia Nacional) en busca de una serie de datos imprescindibles para el cálculo exacto de las acciones a emprender. Necesitaba detalles sobre la profundidad de las caletas que rodean a Port Stanley, la capital de la colonia británica, estado de las playas y aptitud para desembarcos anfibios, vías de acceso a la ciudad y al aeropuerto. La inteligencia naval tenía toda esta información desde hacía mucho tiempo. Para recurrir al SIN le era vital, sin embargo, el reaseguro de una instrucción del comandante. Cualquier oficial de inteligencia que leyera la lista de requerimientos que pensaba elevar Lombardo sospecharía y mucho.
Anaya lo aguardó, como era su hábito, sentado en su escritorio, con las manos entrelazadas y los músculos de su rostro conformando una máscara que no traducía la menor emoción. Casi sin formalidad previa alguna –el interés era un valor sobrentendido entre estos dos hombres– Lombardo inició su exposición con una conclusión: la operación de recuperación se podía llevar a cabo con facilidad relativa, considerando el potencial naval existente. Pero enfatizó que serían absolutamente imprescindibles dos factores: la sorpresa táctica y el secreto estratégico.
Con “sorpresa táctica” se podía llegar frente a las costas malvinenses sin que sus habitantes estuviesen advertidos y la operación sería así “limpia”, eufemismo con el que se aludía a la posibilidad de evitar derramamiento de sangre. Si se lograba preservar el “secreto estratégico”, los ingleses no reforzarían su dotación militar en las islas, que apenas alcanzaba a 40 infantes de marina y un viejo navío (…)
La reacción de Anaya, quien esa vez decidió no ocultar la incomodidad que le produjo la curiosidad de su subordinado, confirmó a Lombardo lo acertado de haber planteado todas las preguntas.
–Señor –dijo formal Lombardo–, ¿van a intervenir las tres fuerzas en el operativo o sólo van a cumplirlo efectivos nuestros?
–Será una acción de las Fuerzas Armadas –replicó Anaya (…)
Lombardo asintió con la cabeza, pero decidió no dar tregua a su superior y le descerrajó otro interrogante de difícil respuesta.
–Almirante, ¿qué va a pasar después de tomar las islas? –inquirió.
–Usted no se preocupe por eso, porque no le compete –fue la tajante contestación–. Limítese a elaborar el plan para tomar las islas, el resto viene después (…)
Luz verde
Hijo de una modesta familia italiana que había vivido en los suburbios de Buenos Aires, a los 55 años Galtieri era, antes que nada, un hombre ingenuamente ambicioso, de palabra fácil y explosiva (“yo voy al frente”, dijo el 22 de diciembre al asumir la Presidencia), sencillo y emocional, como quedó demostrado en sus viajes a Estados Unidos donde insistió en conocer Hollywood y Disneylandia.
Acorde con sus esquemáticos principios ideológicos –los mismos que, en suma, caracterizaron toda la experiencia militar–, Galtieri impuso su estilo expansivo que parecía estar acorde con el papel que, él creyó, tenía asignado Argentina en el concierto internacional. “Cree que el mundo gira alrededor de la República Argentina y que la República Argentina gira alrededor de él”, lo describió Viola.
Muchos visitantes fueron impresionados por las características que lo definían cuando los recibió un Galtieri en mangas de camisa, repantigado en el sillón detrás de su escritorio, con un vaso de whisky en la mano y, a menudo, con los pies sobre la mesa. Lucy, su mujer, que tenía grandes aspiraciones sociales frecuentemente expresadas a través de un declamado interés en el arte de la pintura, había intentado durante años cubrirlo con un barniz de refinamiento. Fue en vano. La rústica vida de cuartel había marcado a fuego a este hombre que resultó derrotado en la lucha contra su propia pereza intelectual.
Galtieri sabía que llegaba a la Casa Rosada con un país muy próximo al desquicio, con profundas grietas sociales y un creciente escozor político. Estaba convencido de que, ante todo, tendría que reconstruir un poder destruido. Intuyó también que era imprescindible tener un triunfo resonante para dar impulso a un régimen militar al que le estaba costando gran esfuerzo respirar. Por esa razón se rodeó, sin demasiada coherencia, de algunos ministros con figuración. Dio una singular importancia a la designación del canciller, ya que suponía que en la política exterior podía esconderse una de las claves del éxito de su gestión.
El nuevo presidente, a través de Saint Jean, extraído de las filas del Ejército para ser ministro del Interior, tomó contacto con Nicanor Costa Méndez, un hombre de antecedentes compatibles con el proyecto de Galtieri y nostálgico de Malvinas. Se barajaron también otros candidatos (a la cancillería), entre ellos un amigo de la niñez de Costa Méndez, el abogado y asesor de empresas multinacionales Eduardo Roca. Ambos estaban vinculados con el relativamente nuevo pero influyente Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) uno de los reductos clave del establishment argentino (…)
Así serían finalmente las cosas (…). A los pocos días, Galtieri le comunicaba a Costa Méndez su elección (de nombrarlo canciller) y le imponía dos prioridades: el Beagle y las Malvinas.
Por su parte, Costa Méndez condicionó su aceptación del cargo a la certeza de que el gobierno militar no se embarcaría en un conflicto bélico con Chile, lo cual le valió una irónica frase, pero también una velada advertencia del presidente: “Yo llamé a un duro y resulta que ahora vino a verme un blando”.
Anaya y la Armada se sintieron seducidos con la presencia de Costa Méndez en el Palacio San Martín. El jefe naval, un hombre de propósitos obsesivamente perseguidos, percibió una luz verde más de las que anhelaba para empujar la añorada idea de reconquistar las Malvinas.
La Fuerza Aérea también resultó complacida: Costa Méndez era uno de los hombres a quien sus comandantes recurrían, de tanto en tanto, para obtener asesoramiento. En 1978, Costa Méndez había redactado la parte dedicada a la política internacional de las “Bases políticas de la Fuerza Aérea” –uno de los documentos base que se empleó para elaborar el programa político de la Junta Militar– en el que defendió la inserción de la Argentina en el “Occidente cristiano”.
Por lo demás, Anaya sabía que Galtieri, su amigo, no le podía fallar. Estaba en lo cierto porque el presidente no vaciló ante la aventura. El “Pacto Siniestro”, como lo definió un expresidente del Proceso de Reorganización Nacional (como se autodenominó la dictadura militar), estaba ya en marcha.








