“Es también la crítica quien, por concentración, hace posible la cultura (…) Y cuando llegamos a la verdadera cultura, que es nuestro objetivo, alcanzamos la perfección de aquellos quienes les es imposible el pecado, no porque renuncien a todo, como el asceta, sino porque pueden hacerlo todo sin dañar el alma”. Es así como Oscar Wilde vierte su concepción respecto al crítico y su relación con el arte, y de éste con el receptor quien, entonces, se encuentra en situación permanente de “alcanzar la perfección”.
Bajo este postulado, se vuelve ineludible la voz de José Antonio Alcaraz (1938-2001). Para quienes lo conocimos de cerca (y no tan cerca), sabemos que cumple –así, en tiempo presente-, entre, otras una de las características de lo que para Wilde, deben poseer quienes ejercen la crítica: el temperamento, (“un temperamento exquisitamente sensible a la belleza…”)
Manuel Enríquez. Canciones para un compañero de viaje (Cenidim-Conaculta-INBA, 2001), es uno de los dos libros que Alcaraz dejó preparados un tiempo antes de su fallecimiento, (la nota preliminar que aparece a manera de presentación, está fachada el 24 de septiembre de 1998), en el que reúne una selección de sus textos de entre 1977 y 1998 en torno al compositor y violinista nacido en Ocotlán, Jalisco, quien visto desde la perspectiva de otro siglo, confirma una vez más su importancia como el personaje decisivo para el desarrollo de la vida musical de México en la segunda mitad del siglo XX. Audaz, Manuel Enriquez (1926-1994) cambió de manera de componer y de escuchar la música en nuestro país; abrió, literalmente, los límites de lenguajes y estructuras, edificando una postura estética (la suya) que podría identificarse –curiosamente, y sin contradicciones ni aparentes- como concreación abierta; por una parte, por cuanto a la especificidad de elementos empleados (gráficos y musicales) que no permiten, haciendo juego de palabras, la más mínima inflexibilidad en la flexibilidad de la propuesta; y por otra, a partir de lo anterior, por su concepción de un arte –el musical- más libre y liberado de sus propios estatutos, accediendo, precisamente, a una música abierta en forma y contenido, pero que a la vez niega el acceso a la anarquía (en sus propios términos) en aras de una renovadora filosofía musical abierta en forma y contenido, pero que a la vez niega el acceso a la anarquía (en sus propios términos) en aras de una renovadora filosofía musical quizás extremista –aunque para algunos, necesaria; seguramente lo fue- a la manera de John Cage (1912-1992) un compositor estadunidense que fue permanentemente aceptado y rechazado por muchos que con frecuencia fuero los mismos. Aunque en circunstancias y por causas distintas, a Enríquez parece haberle sucedido los mismo que a su colega californiano, pero además, Alcaraz patentiza que el legado de Enríquez “…experimenta un eclipse parcial en las salas de concierto al momento de escribir esto” (septiembre de 1998); no obstante, así mismo manifiesta la sorpresa generalizada ante el incremento de obras grabadas de Enríquez.
El Foro Internacional de Música Nueva (desde hace algunos años) “Manuel Enríquez” es otro de los bienes que el compositor heredó a México. Controvertido desde el principio, dicho evento anual, con 23 ediciones ininterrumpidas, sigue siendo el acontecimiento musical de nuestro territorio, con todo y sus errores, deficiencias y programaciones sucesivamente parciales en más de un sentido (hay quienes con sarcasmo se refieren a él como “Foso Internacional de Música que no es Nueva. A.C.Kas”).
Esta selección de textos escritos en su mayoría para Proceso, corrobora el temperamento, perspicacia, tino –casi siempre- y sentido del humor de José Antonio Alcaraz. Cabe mencionar que se le ha agregado al libro, una lista de obras de Enríquez elaborada por Aurelio Tello.
Si bien, Manuel Enríquez. Colecciones para un compañero de viaje no ofrece una particular aportación, (para el caso, la contribución de los textos al conocimiento de la obra del compositor, yace desde la publicación original de los mismos), sí, en cambio, brinda su validez en términos de la propia recopilación, de la conjunción de ambos aquí –músico y crítico, polémicos y trascendentes-, así como de la publicación que ahora se vuelve póstuma.
¿Habrá tenido José Antonio Alcaraz, El Gordo, una sensación premonitoria? Lo cierto es que él y Enríquez siguen siendo compañeros de viaje. Siempre lo fueron.
(*) Paráfrasis al título de un texto de Alcaraz, 1988.








