Mauricio Mejía
Todo comienza en el domicilio de la poesía:
Soy guapo como el cromo y nadie hay a quién no pueda derrotar
Soy fuerte como un toro y dos veces más duro
El nombre de este campeón bien lo puedo decir
No es otro que el más grande Cassius Clay.
El poema favorito de Clay pertenece a los días previos a su combate por el título mundial de los pesados contra Sonny Liston, a quien disfrutaba en llamar oso, feo y grandote. Entonces Cassius era poeta, dramaturgo, filósofo, una constelación de virtudes platónicas. Acostumbraba terminar las charlas con la prensa con rectos de poesía burlesca o con sentencias de corte bíblico: They all fall in the round I call (todos caen en el asalto que digo.) Clay se daba oportunidades para ventilar su destacada ración de belleza física y su aventurada dotación de rapidez mental.
Aquel Clay era el personaje recurrente del sueño americano. Ganó el oro en los Olímpicos de Roma el mismo día en que sus compatriotas se olvidaron de su vergonzosa condición de esclavo, de negrazo de mala madre. Pero aun después de los discursos a favor de su ego, los restaurantes “sólo para blancos” se negaron a servirle una hamburguesa al campeón romano de los grandes pesos por su ineludible condición subhumano, de primate en vías de desarrollo.
Poco después de aquella tarde cuando fue humillado en un restaurante de Louisville, el negro Clay arrojó la recién ganada medalla dorada –que constituía la prueba palpable de una actuación categórica- al río Ohio. “Al fin, no era de oro, era falsa. Te digo que era falsa”, le dijo a su amigo Ronnie, apenas después del arranque de coraje. Luego soltó: “No la necesitamos, de veras. Mi paréntesis con la Esperanza Blanca ha terminado”. Entonces Clay no quería ser campeón del mundo, quería imponer un estilo de campeón del mundo.
Norman Mailer en El Rey de la Colina sostiene que “Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros, es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa, y los masivos medios de comunicación”.
Desde el 11 de septiembre, descubrimos que esa Gran Inteligencia no es norteamericana, es negra, es musulmana, es universal. El más grande símbolo del deporte estadunidense –uno de los tres grandes íconos que los norteamericanos han aportado a la cultura popular del mundo, los otros Marylin Monroe y Mickey Mouse- no es hijo del destino manifiesto, sino un converso musulmán, hijo de Malcom X, a quien todo el mundo prefiere llamar Mohamed, Mohamed Alí. Tampoco es blanco porque no piensa, razones o descubre el mundo como los exquisitos blancos de la clase media norteamericana, para quienes la despensa, la gloria y la tranquilidad cotidianas llegan a casa sin tener que usar los puños para su consecución.
El Alí universal se impuso al Clay norteamericano por una virtud moderna: el psicoanálisis. Alí sostiene al doctor Freuden el cuadrilátero, domina la voluntad del rival como si lo hipnotizara a mazazos y controla su desafortunado destino en las cuerdas, dicta cuándo caerá y cuántos días pasara en la sala de recuperación del hospital más cercano.
Pero refuta al doctor vienés cuando baja del ring, sabe cómo comportarse ante ojos ajenos, le gusta verse bien, ser escuchado por multitudes y ser atendido como el Evangelista de los golpes. Alí es un escribano del Nuevo Testamento que se le escapó de los dedos al Creador de lo visible y lo invisible.
Hay que ver a Alí, dice Mailer, como el dedo meñique de Dios Todopoderoso. ¿De qué Dios? El de los cristianos o el de la Nación del Islam, el de los vengadores negros, que supieron de Abraham y de Mahoma gracias a las pláticas pseudo altruistas de un tal Elijah Muhammad, quien por aquellos sentía sostenía una cierta rivalidad contra el progreso blanco en el cual no tienen ni por accidente entrada los negros, los chicanos y los puertorriqueños.
Pocos días antes de aquel combate contra Liston (Sonny Liston is great, but he’ll fall in eight. “Sonny Liston es grande, pero caerá en ocho”) Malcom X, un destacado ministro de Muhammad que denunciaba en televisión su animadversión al “Diablo blanco” y a la discriminación contra los negros, visitó el gimnasio en donde se entrenaba Clay. Eso fue una tromba. Angelo Dundee, su manejador, se aterró: “¿Sabes lo que pasará si los periodistas se enteran? ¡Te acusarán! ¡Te condenarán! ¡Hundirán el combate! ¡Por favor, Cassius…!”.
Luego Bill McDonald, el organizador de “El más grande combate por el título de los pesados en la historia del boxeo”, ordenó a Clay negar públicamente su nueva afiliación a la Nación del Islam. Le preguntó si era cierto que había estado en una mezquita de Nueva York. Clay dijo que era verdad, “todo lo que te han dicho es verdad, Bill”. Luego McDonald le preguntó si era cierto que Malcom X estaba en el gimnasio por invitación de él de Clay. “También es cierto”, respondió el futuro campeón de los grandes pesos.
Luego quiso comprobar su relación con el capitán Samuels y lo consentido que lo tenían unas mujeres negras musulmanas que le guisaban sus platillos. Todo era verdad.
Clay le dijo a Dundee que no aceptaría el Chantaje de Mac. “No estoy dispuesto a renegar de mi religión, ni siquiera por este combate”. Dundee le pidió que reconsiderara, que su religión no debía formar parte de su imagen pública, “sólo Dios sabe lo que pasa en tu corazón. Puedes estar seguro de que Alá te comprenderá”.
Años después, Alí escribió en su autobiografía (El mas grande, mi propia historia):
“Recuerdo que sentí cierta resignación. Lo que ellos calificaban de conversión ‘hace unos pocos meses’ fue, en realidad, algo mucho más profundo, ya que en la Nación del Islám vi la liberación del pueblo negro de la subyugación y la esclavitud, y su paso a la libertad, la igualdad y la justicia, y eso era algo que no podía explicar a mis patrocinadores de Lousville o a McDonald.”
El poder blanco
Dundee tenía razón: se le echaron encima. Clay tuvo buena prensa casi siempre, pero en aquellos días las cosas fueron duras, Estados Unidos comenzaba abrir su piel de elefante a las entrañas sociales que querían salir a la superficie sociales que querían salir a al superficie. Clay, Malcom X y Luther King eran personajes para los cuales muchos norteamericanos no tenían defensa. Los periodistas, que ya tenían medida la truculenta personalidad de Liston, comenzaron a ver con buenos ojos que el oso feo y grandote se quedara con el título de los superpesados en lugar del bocón incorregible de Clay.
Hubo un señalador, Estes Kefauver, que se atrevió a decir: “Si Liston obtiene el título, nos enfrentaremos con la fea perspectiva de que el campeonato mundial vuelva a quedar controlado por los gangsters, pero veo con peores ojos que el título lo controlen los musulmanes negros”. Cuenta el mismo Alí que si a los norteamericanos blancos les hubieran dado a escoger entonces entre la mafia blanca y los musulmanes negros hubieran preferido mil veces a la mafia blanca.
En la mañana del combate, las primeras planas de los diarios nacionales y locales anunciaran la ventaja que Liston tenía sobre Clay en las apuestas. Hubo articulistas que dijeron que Sonny acabaría antes de 180 segundos con el muchacho fanfarrón. Ya en la ceremonia del pesaje el mismo campeón había advertido a Clay:
“¡Se ha acabado! ¡Esta noche te hundiré! ¡Estoy cansado de juguetear contigo! ¡Ahora ya se ha acabado!.”
Pero Clay –o nuevo Alí- sabía cómo moverse en las distancias cortas, más en las respuestas rápidas:
¡Venimos a pelear! ¡Venimos a pelear! ¡A volar como mariposa y a picar como avispa! ¡Prepárate oso feo y grandote! ¿Por qué no empezamos de una vez?”
Clay estaba tenso. Desde muchos días antes del día del combate había recibido mensajes poco amigables por teléfono. En uno de ellos le dijeron: “Fanfarrón de mala madre, suerte tendrás si puedes llegar al cuadrilátero”. Clay se refugió con el capitán Samuels, quien lo consoló:
“La estructura del Poder Blanco desea tu derrota. No hace mucho estuviste en Nueva York, en compañía de Malcom X, se sabe que eres discípulo del Elijah Muhammad. Eres musulmán negro. Y la prensa lo ha publicado. Nos encargaremos de vigilar todo, sol y todo el agua.”
Para entonces ya era de todos conocido que el boxeador Harold Johnson se le había puesto drogo en una naranja y se le había hecho subir el ring atontado para ser demolido por su rival en menos de lo que dura lo efímero.
Para los musulmanes el destino de los hombres está dictado. Alá sabía lo que pasaría en ese sexto asalto de la pelea por el cinturón. Narra Alí, en su biografía, que para ese round todo estaría claro: “Sabía que todo terminaría bien. Liston había gastado sus fuerzas sin hacerme daño. Noté que jadeaba. Estaba cansado. Y yo, fresco. No podía detener mis golpes, fueran de derecha o de izquierda”.
Cuando sonó la campana para iniciar los trámites del séptimo, Liston se quedó en su esquina. La expresión se le había ido de los ojos y la fuerza de los músculos. Estaba derrotado, deprimido a mazazos. Luego desde el rincón de Clay comenzaron a gritar: “¡Eres campeón! ¡Eres campeón!”. Clay dijo a la prensa después del pleito: “Mi predicción se ha cumplido”.
Malcom X fue asesinado en el siguiente año, cuando Alí se preparaba para al pelea de revancha contra Liston. Alí se deprimió, pero la posibilidad de acabar con Liston en un nuevo combate lo mantenía entretenido. Un día soñó que estaba en su rincón, sonaba la campana, se abalanzaba contra Sonny, le daba un golpe de derecha y se hacía para atrás para observar las consecuencias del terremoto, esperaba durante un minuto que Liston lo siguiera y después le propinaba otro golpe para fulminar al oso malo.
Alí le cuenta su sueño a un periodista. Pero no le da predicciones sobre el nuevo pleito contra Sonny. Ya en la realidad, el combate comienza con un baile de Alí. Y sigue con un soneto de letras capitales, escrito con tercetos de oseznos movimientos.
“Inicio –escribe Alí- mi ataque con un jab de izquierda a la derecha. Me contesta con una dura derecha al cuerpo, que paro con el codo. Liston se lanza hacia delante para conectar un jab, y veo la oportunidad. Al avanzar hacia mí ha perdido la posición asentada de las piernas. Le suelto un fuerte golpe de derecha en la parte lateral de la cabeza que lo levanta del suelo. Luego se desmoronó y quedó tumbado boca arriba. Me inclino ante él y le grito: ¡Levántate Sonny! ¡Arriba, ni siquiera hemos comenzado!”
Todo acabó. El oso nunca logró ponerse en pie.
Pero, ¿por qué se derrumbó?, le preguntaron algún tiempo después a Alí.
“Creo –respondió- que todas esas presiones, del FBI; los rumores de asesinato, los policías con rifles, presiones hacia mí dirigidas, afectaron mucho a Liston. Me parece que, mientras miraba alrededor del cuadrilátero y veía aquellos escudos a prueba de bala, pensó que si alguien intentaba disparar sobre mí difícilmente podía dar en el banco sin darle a él.”
El final. Otra vez la dirección de la poesía. El periodista a quien Alí contó el sueño, preguntó:
-¿Tu sueño ha sido el padre de esta pelea o la pelea ha sido el sueño?
Alí desenfundó:
“El sueño es el Padre.”








