“Rolling Stone” y su especial del ataque terrorista. “El día en que la música murió”

Si la mayúscula inundación del viejo río Mississippi en 1927 provocó el desastre natural más grande para la historia de aquella nación, la caída de las Torres Gemelas y demás atentados del 11 de septiembre pasado cambiaron la manera en que el imperio estadunidense se ve a sí mismo y “a los otros” para el siglo XX.

Fue el verdadero día “en que la música murió”, para usar la frase del neoyorquino Don McLean en la canción Pastelito americano (1972).

La publicación de rock Rolling Stone de esta semana congeló una fecha fúnebre del calendario en portada: “9.11.01”, bajo el logo de la revista en colores rojoazules y un escudito, un distintivo o “pin” magnificado donde brilla la bandera de las barras y las estrellas.

Es un número especial de 136 página contra el olvido y para autorreflexión estadunidense; un depositario de ideas que libera rencor y frustraciones, intentos vagos por otorgar sentido a lo inexplicable; de rescate al análisis moral e interpretaciones políticas para mirar la mañana siguiente. En fin: cantos y lamentos por la inocencia y las experiencias que incluyen un memorándum al presidente Bush, las realidades de la zona del desastre (“Ground Zero”), héroes sin nombre de Manhattan, elegías a Estados Unidos y una mirada a la Guerra Santa por medio de una veintena de reportajes preparados por un notable equipo de colaboradores y amigos de la revista.

Dios te salve, Tío Sam

El conjunto Jefferson Airplaine de la era jipi cantaba el himno rock Somos voluntarios de América (1969). Y hoy para llamada “biblia del rock” periodística, entorno a la comunidad de rocanroleros se conjuntan los dos únicos textos que abren la edición de Rolling Stone con la crónica “Leí las noticias hoy”, frase de Los Beatles que comenzaba la canción Un día en la vida (Sargento Pimienta, 1967).

El poeta de Velvet Underground, Lou Reed, escribe:

“No dejaré Nueva York. Nadie lo hará. Estamos aquí. Somos americanos quintaesencia –no nada más americanos, sino neoyorquino-americanos.”

Yoko Ono reconoce lo que haría John Lennon:

“…Ya es tiempo de que los ciudadanos americanos trate de conocer y entender el lenguaje y las creencias de los musulmanes. En vez de odiarlos, debemos abrazarlos y escuchar lo que tengan que decir.”

Rhett Miller, de Old 97:

“Mi novia y yo vivimos en un departamento a tres cuadras del World Trade Center (WTC)… Solíamos bromear, por que después de las seis de la tarde el WTC era como un cementerio. Y ahora todo nuestro vecindario es como un maldito cementerio.”

Alanis Morissette:

“Siento que la música cura…Anoche estuve oyendo a Leonard Cohen y Jeff Buckey. Pero hay canciones que ahora ya no puedo oír más.”

Y Mick Jagger se resigna:

“La gente está noqueada. Pero no quieres perder la fe y tu moral. Estás atrapado a la televisora CNN más de lo que debieras. Pero al final, tienes que hacer lo que haces.”

Muchos conjuntos pararon sus giras a partir de los primeros días tras los ataques (Chicago lo hico en México), otros organizaron teletones ofreciendo ganancias y conciertos por las víctimas (Madonna, Backsteet Boys, U2, Michael Jackson, Neil Young, Paul McCartney…). Lo que sobresale del reporte son las reacciones silenciosas de MTV o la radio nacional, y cómo Clear Channel Communications distribuyó un enlistado a los productores de programas para más de mil estaciones, señalando 200  piezas de música que contienen violencia. Sorpresa: Imagina de John Lennon estaba en la lista. Algunos grupos cambiaron las imágenes de sus nuevas portadas, como los hip-hoperos Coup de Oakland, quienes para su siguiente disco “Party Music” habían retratado a dos de sus integrantes volando las Torres Gemelas.

El vanguardia John Cougar Mellencamp, quien ofreciera un concierto en Boston a dos días de la tragedia:

“Creo que tienen que terminar los tiempos cuando uno preguntaba: ‘¿Quién va a ponerse el traje más suave?… Aquella gente no murió en vano pues este país va a cambiar. No podemos vernos ya de aquellas formas tan frívolas.”

Comiendo con el enemigo

Rolling Stone surgió en los años sesenta en San Francisco como publicación subterránea ante otros ataques, por parte del stablishment, contra el rock; pero su línea liberadora permitió (y permite) defensas de la legalización de la marihuana, los derechos humanos también en las cárceles, y sus colaboradores realizaron reportajes en situaciones de conflicto bélico. El mismo Gabriel García Márquez llegó a escribir para la publicación.

Desde 1977 trasladó sus oficinas a Nueva York, junto al edificio del Rockefeller Center y a pocos kilómetros del WTC. En su “Carta del editor” para el número que apareció el 25 de octubre, Jann S. Wenner establece:

“Septiembre 11 es el pivote sobre el cual miraremos nuestro futuro y nuestro pasado… ¿Por qué estamos a punto de lanzarnos a una guerra en el mundo árabe por segunda ocasión en 10 años? ¿Resulta plausible que los Estados Unidos –como alguna vez Gran Bretaña lo fue- se perciba como imperial, un poder colonial ocupando las empobrecidas tierras del Islam y apropiándose sus riquezas petroleras, coludidos con monarquías y dictadores corruptos?”

En su “Memorándum al presidente Bush”, el teórico político Benjamín R. Barber cuestiona:

“El mundo no puede dividirse entre aquellos que críticamente están con Estados Unidos, y aquellos que tratan con Satanás…No es que el mundo tenga que unirse a Estados Unidos, sino son los Estados Unidos quienes deben unirse al mundo.”

Sin duda, “Mi lonch con Osama Bin Laden” de Rory Nugent, ocurrido en noviembre de 1994, ofrece un acercamiento estremecedor con el hombre más buscado por el FBI y que para este recuerdo se personifica en el índice como “el terror”:

“Fue una simple comida  en un lugar complicado. Frutas y quesos llegaron en bandeja de plata. Había tres personas alrededor de nuestra mesa dentro del cuartel general de la Conferencia Popular Árabe e Islámica localizada en Karthoum, Sudán.

Los secretarios llegaban y murmuraban mensajes al oído de su jefe, Hasan al-Turabi y, en ocasiones, a su otro invitado, Osama Bin Laden…”

En algún instante del convivio con bebida Fanta de naranja, Turabi lamenta la arrogancia estadunidense:

“Tu gobierno piensa que puede hacer lo que sea…”

Cuando se le pide su opinión, Nugent lo contradice:

“Te olvidas de que los grupos revitalistas armados contra el régimen del presidente de Egipto, Hosni, Mubarak, son conocidos por su incompetencia. No han llevado más lejos la causa revolucionaria ni se han adherido a las enseñanzas del Corán. Parecen guiados para matar turistas, si bien el Corán prohíbe cobrar una vida inocente.”

En entonces cuando siente la ira de Bin Laden “reluciendo enojo, haciéndome pensar que el dar y recibir en el diálogo es atributo suyo. Es a su manera o no hay manera, así que a callar.”

Nugent comprendió que Bin Laden era un engranaje de aquella maquinaria tremebunda. Las palabras de Turabi aún resuenan:

“Me dijo que se acercaba el renacimiento del Islam. Nos estamos levantando, rodeados de todos los judíos, dijo…Es parte del ciclo histórico. Islam llegará a la cumbre otra vez…Predijo que explosiones dramáticas impulsarían la armada del Islam para reconfigurar gobiernos a lo largo del eje Oriente-Occidente…”

Este número 880 con “todas las noticias que caben” de Rolling Stone comprende los testimonios “Las primeras horas”, de Timothy Townshend, reportero de finanzas; “Mi vecindad se desvaneció”, de Kurt Loder, editor adjunto del magazine entre 1979 y 1978; “Voluntarios ante las puertas del infierno”, de Devin Friedman, decano del Men’s Journal; “Aguas por doquier”, del crítico Greil Marcus; “Deja de buscar coherencia”, de Jonathan Lethem, autor de la novela  de ciencia ficción Brooklyn sin madre; “La verdadera guerra”, de Ken Kesey, creador de Atrapados sin salida; “En el ojo mental del hombre bomba”, de Robert Stone, quien en 1998 publicó su aclamada Las puertas de Damasco acerca del terrorismo en Medio Oriente, y “El interminable Jihad”, del judío Jefrey Goldberg, sobre un seminario para niños paquistaníes.

Hay una evocación subconsciente que recurre y coincide en algunos textos, pero que se explica mejor en la sección cinematográfica de Peter Travers, “Hollywood bajo sitio”. Es la voz de Bruce Willis (quien inspiró a Bush para su primer discurso incendiario) en la cinta The Siege: “No se hagan bolas. Vamos a capturar al enemigo.”

Reflexiona el crítico:

“Los norteamericanos nos debemos a nosotros mismos el examen de nuestra fascinación por las películas de violencia. No podemos mirar colapsarse las Torres Gemelas, sin pensar en las imágenes de las cintas en el cine: la Casa Blanca explotando en Día de la independencia, el edificio en llamas de Infierno en la torre…

Quizás desde la expulsión de los indígenas, esta tierra no había llorado tanto.