Luis Manuel Serrano en “Gimena y la fábrica”

Tanto por el espacio en el que se encuentra como por las obras que expone, Las desavenencias del tiempo es una muestra interesante y valiosa.

El artista es el ensamblador de imágenes y objetos Luis Manuel Serrano (Distrito Federal, 1954), cineasta de formación y surrealista de corazón, cuyo notorio reconocimiento en Francia contrasta con la indiferencia del medio museístico y galerístico mexicano.

Conceptualmente, su obra no es novedosa; por el contrario, se ciñe con exactitud a los principios del espíritu surrealista. Sin embargo, en la selección de los objetos y en su confirmación como una nueva realidad, logra materializar esa poesía omnipresente que en la dimensión surrealista debe expresar la esencia y la vitalidad del ser humano, incluyendo sus pasiones, sus deseos, sus ansiedades, su desesperación, sus gozos y sus curiosidades.

La mirada del cineasta, característica evidente en su obra, se delata en las historias y en las atmósferas de los ensamblados. Cada pieza es una narración contada y actuada por los objetos que han dejado de serlo, para convertirse en los personajes de una escena que se elabora a partir de las metáforas que representan: las aves y sus alas son sinónimos de libertad; las espirales son el símbolo de lo espiritual, y el círculo es de la totalidad; el caracol remite al origen de la vida; los niños y niñas simbolizan la inocencia; los corales evocan las enramadas de los árboles y de las venas; las viseras exponen el interior del ser humano. Y la atmósferas, gracia al sobrio equilibrio que existe entre los colores de los soportes y los de los objetos adheridos, logran transmitir una emotividad que se traduce en un orden irreal, que paradójicamente amplía la realidad al transportar al espectador a otra dimensión.

En esta muestra, Serrano presenta 37 cajas de pequeño formato realizadas entre 1995 y 2001. En ellas, el autor, congruente con las pasiones surrealistas, exorciza sus lamentos y expone sus obsesiones, entre las cuales se cuenta la mujer, ya sea inocente, romántica o erótica.

Especialmente sugerente en las propuestas de ese autor es la ironía moral que esconde en la mayoría de sus obras, como en La Virgen que le jode serlo, o en La niña perdida que tiene a sus espaldas una reproducción de la Estatua de la Libertad sobrepuesta en un crucifijo, o en la Salomé que, para Serrano, es quien se quedó sin cabeza.

En general, las cajas de Luis Manuel son una especie de poesía objetual que hipnotiza al espectador con su elegancia y lo seduce con su discreta malicia.

Y regresando a las primeras líneas de este texto, el lugar en el que se muestran las piezas es también digno de una mención, ya que es atractivo, propositivo y vital. Es un espacio que desde el año pasado abrió el artista plástico Gabriel Macotela en uno de los locales del número 123 de la Avenida México, en la colonia Condesa de la Ciudad de México.

Le llamó Gimena –porque así se llama su hija- y la fábrica –porque las estéticas fabriles son especialmente entrañables para el artista.

Es propositivo porque promueve el consumo comercial del arte y no se limita –como la mayoría de los espacios alternativos- sólo al asilo o a la difusión de propuestas despreciadas por las instituciones oficiales; por el contrario, trata de dinamizar el mercado artístico con precios accesibles dirigidos a públicos heterogéneos, y también trata de beneficiar a los creadores sustituyendo la comisión obligatoria con la donación de una obra.

Es vital porque el espacio se ha convertido en un centro de convivencia para artistas y público en general: como los expositores son los responsables de abrir, limpiar y cuidar el recinto, su presencia promueve la visita de colegas, vecinos y visitantes del barrio. Sin embargo, este aspecto es también un problema, pues resulta común que las muestras sólo puedan visitarse el día de la inauguración.

Aún así, gracias a la afectividad que predomina en Gimena y la fábrica, este espacio podría convertirse en un dinámico centro artístico en donde el arte sea algo más que sólo una cosa para mirar.

NOTA DE LA REDACCIÓN

En la portada de la edición 1298 de Proceso aparece la reproducción de una obra del pintor José Clemente Orozco, cuyo título original es Nueva York: los muertos, y fue u utilizada con la autorización de la Fundación José Clemente Orozco, de la que es presidente el hijo del pintor, Clemente Orozco V. y del Instituto Nacional de Bellas Artes. En aquella ocasión debió aparecer, al calce de la reproducción, este señalamiento explícito: (c) Familia Orozco Valladeres. Hacemos esta precisión a  solicitud del propio Clemente Orozco V.