El mundo islámico según Naipaul

V. S. Naipaul (a quién sus amigos íntimos llaman Vidia), nació el 17 de agosto de 1932 en Chaguanas, Trinidad, y desde 1950, año en que ingresó a la Universidad de Oxford gracias a una beca, vive en Inglaterra.

Pertenece al grupo de escritores de ascendencia no inglesa (entre los que se encuentran Salman Rushdie, Kazuo Ishiguro y Hanif Kureishi) que han escrito novelas y relatos magistrales en esa lengua. Gracias a su talento narrativo y su dominio del idioma, manifiestos en una treintena de libros publicados ente 1957 y el año 2000, que le han valido el reconocimiento de sus colegas en muchas partes del mundo lo mismo que numerosos premio y distinciones –como el haber sido nombrado caballero del imperio británico-, Naipaul era uno de los reiterados candidatos al premio Nobel de literatura desde los años ochenta.

Sin embargo, la obra de Naipaul, que en Trega una dura visión de los países del llamado Tercer Mundo (ha escrito sobre diversos países del Caribe, África, Asia y América del Sur), no ha sido ajena a la polémica. Por ejemplo, los juicios que ha vertido acerca del mundo islámico en Among the Believers: An Islamic Journey (1981) y Beyond Belif: Islamic Excursions Among the Converted Peoples (1998), le han valio críticas severas, como la que hizo el reconocido analista libanés de asuntos árabes, Fouad Ajami, cuando apareció el primero de esos títulos:

“Las interpretaciones del tercer mundo que hace Naipaul han adquirido el prestigio que tienen en Occidente porque es un escritor muy dotado, y también porque muchas de las veces brinda imágenes confiables de lugares que la mayoría de los escritores antes de eél sólo habían sido capaces de ver a través de la bruma de la ilusión. Pero el momento en que se han publicado sus libros también ha tenido que ver con su éxito. Aparecen en un momento en que hay una gran desilusión en el Occidente respecto de los asuntos del tercer mundo. Tantas revoluciones han fracasado, tantos discursos han caído en el descrédito (…) Con el tiempo, nadie que en verdad haya querido tener una idea sobre el tercer mundo siente que puede desechar a Naipaul o soslayar su obra. Pero él ha continuado describiendo lo mismo una y otra vez: un mundo donde los oprimidos con frecuencia se vuelven tan viciosos como sus opresores; donde las promesas de redención llevan a callejones sin salida de miedo y terror.

“Una de las hipótesis de Naipaul ha sido que a los hombres que viven en lugares oscuros y apartados les es negada una visión clara del mundo. Ése es uno de los principales temas de su obra (…) Sin duda, como diría Joseph Conrad, que también escribió sobre hombres así, ésa es una visión demasiado simple de las cosas, ‘pues un hombre se parece mucho más al mar, cuyos movimientos son difíciles de explicar, y de cuyas profundidades puede surgir sabe Dios qué cosa en cualquier momento’. Si Naipaul reflexionara sobre otros lugares menos llenos de fantasmas para él, se daría cuenta de algunas de las verdades que Conrad aprendió: que la oscuridad no sólo está allá, sino aquí también; que todos los hombres y todas las sociedades están hechizadas por sus propios demonios; que a todos nos ha sido negada una visión clara del mundo.”

Se le ha concedido el Nobel a Naipaul en una hora en que las ideas que se encuentran en sus textos pueden servir de apoyo a quienes buscan condenar el mundo islámico, pero así mismo, como pretexto para descalificarlo por “reaccionario.” Una lectura ponderosa de sus novelas y reportajes tienen que ayudarnos a distinguir sus virtudes y sus defectos. Para ser justos con un escritor como él es necesario tener muy presente la perspectiva desde la que escribe. Es decir, su historia personal, que también ha sido uno de los principales temas de reflexión en su obra. Todo ello es visible en el texto que presentamos a continuación. Se trata de las palabras que V.S. Naipaul pronunció el 3 de noviembre de la serie de conferencias Walter B. Wriston (nuestra versión se basa en la trascripción publicada dos días más tarde por el New York Times).

Estas líneas sintetizan en gran medida lo que ha expuesto en los libros antes mencionados. A través de él podemos asomar a la compleja posición de este escritor, que es sin duda uno de los mayores narradores de nuestro tiempo.

Nuestra civilización universal

Nunca se me había ocurrido la idea de una civilización universal sino hasta hace 11 años, cuando viajé durante muchos meses por una seria de países musulmanes no árabes –Irán, Indonesia, Malasia y Pakistán- para tratar de comprender qué los había hecho volverse tan fervorosos. La ira musulmana apenas comenzaba a ser evidente. Creí que viajaría entre gente a la que le gustará ser parte de mi propia comunidad, al comunidad indio-trinitaria. Una gran cantidad de hindúes son musulmanes; unos y otros tenemos un siglo XIX semejante, de historia colonial o imperial. Pero no fue así.

A pesar de la historia en común que tenemos, yo había viajado de una manera distinta y ritualizada vida hindú, y el hecho de crecer en las inciertas condiciones de la Trinidad colonial, me había hecho experimentar muchos estadios de conocimiento y autonocimiento. Me habían sido dadas las ganas de investigar y las herramientas de estudio. Podía tener en la cabeza cuatro o cinco o seis ideas culturales diferentes. Ahora, viajando entre musulmanes no-árabes, me encontré entre gente colonizada que debido a su fe había sido despojada de todo ese creciente conocimiento cultural e histórico del mundo en el que ya había crecido al otro lado del planeta.

Antes de que empezaran mi viaje –cuando el Shah todavía gobernaba- había aparecido en los Estados Unidos una pequeña novela, Extranjera, de Nahid Rachlin, una joven iraní, que de manera suave y apolítica prefiguró la histeria que estaba por venir. El personaje central es una joven iraní que realiza  investigaciones sobre biología en Boston. Se ha casado con un estadunidense, y parece haberse adaptado bien a ese mundo.

Pero cuando regresa a Teherán a pasar unas vacaciones, empieza a sentirse perdida. Medita sobre el tiempo que ha pasado en los Estados Unidos. No ha sido un periodo de lucidez; ahora se percata de que es un periodo de vacuidad. Nunca ha sido dueña de sí. Nos damos cuenta de que no estaba preparada para pasar del aislado mundo iraní –en el que la fe es una forma de vida total y todo lo llena, sin dejar libre ni un rincón en la mente, la voluntad o el alma- al otro mundo en el que es necesario ser un individuo y ser responsable; donde la gente desarrolla vocaciones y vive estimulada por la ambición y el deseo de lograr cosas y cree en la perfectibilidad.

Acusa de su desasosiego, enferma, va a un hospital. El doctor entiende su padecimiento. Le dice a la joven que su dolor se debe a una antigua úlcera. “Lo que tienes –le dice de manera melancólica y seductora- es una enfermedad occidental.” Y la investigadora de biología toma una decisión. Abandonará su autoimpuesta vida intelectual de Boston y su trabajo sin sentido; se quedará en Irán y usará el velo.

Esa renunciación puede parecer inmensamente satisfactoria. Pero desde una perspectiva intelectual es fallida: supone que seguirá habiendo gente luchando, en aquel mundo agitado, haciendo medicinas e instrumental médico para que el hospital de ese doctor iraní siga funcionando.

Una y otra vez, durante mi viaje islámico en 1979, encontré contraindicaciones inconscientes parecidas en las actitudes de la gente. Recuerdo especialmente  al editor de un periódico en Teherán. Su diario había jugado un papel fundamental en la revolución. A mediados de 1979 estaba lleno de actividad, en plena gloria. Siete meses después, cuando volví a Teherán, había perdido su centro vital; la sala de redacción, antaño ajetreada, estaba vacía; sólo quedábamos miembros del equipo. La embajada estadunidense había sido tomada; se había desatado una crisis financiera; muchas compañías extranjeras habían cerrado; las fuentes de publicidad se habían secado; el editor apenas podía planear la edición del día siguiente; cada número del periódico perdía dinero. Podría decirse que el editor se había vuelto un rehén, al igual que los diplomáticos.

Me contó que tenía dos hijos en edad de asistir a la universidad. Uno estaba estudiando en los Estados Unidos; el otro había solicitado una visa poco antes de que ocurriera la toma de la embajada. Para mí eso fue una completa novedad: que los Estados Unidos fuesen tan importantes para los hijos de uno de los portavoces de la revolución islámica. Le comenté al editor que estaba sorprendido. Me contestó refiriéndose específicamente al hijo que había solicitado la visa: “Se trata de su futuro.”

Satisfacción emocional por un lado, reflexión sobre el futuro por el otro. El editor estaba dividido como casi todos sus coterráneos.

Uno de los primeros cuentos de Joseph Conrad sobre las Indias Orientales, fechado en 1890, trata sobre un rajá, un caudillo local, un hombre capaz de matar, un musulmán (aunque ello nunca se dice de manera explícita) que en una crisis, tras haber perdido a su consejero mágico, nada una noche hasta uno de los barcos ingleses mercantes anclados en la bahía y le pide a los marineros, representantes del inmenso poder proveniente del otro confín del mundo, un amuleto, un dije mágico. Los marineros no saben qué hacer, pero entonces uno de ellos le da una moneda al rajá, una moneda de media libra que conmemora el jubileo de la reina Victoria, y el rajá queda complacido. Conrad no maneja esta historia como una broma; la carga de implicaciones filosóficas para ambas partes, y yo creo que verdaderamente supo ver.

En los 100 años que han transcurrido desde ese relato, la riqueza del mundo ha crecido, el poder ha crecido, la educación se ha extendido, el bullicio, el “alarido filosófico” de los hombres en los márgenes (para emplear las palabras de Conrad) se han amplificado. La división en el espíritu del editor revolucionario  y la renunciación de la biología ficticia constituyen un homenaje –no explícito, y por ello quizá más profundo- a la cotización universal. Aunque ésta no sólo proporcional simples medallas encantadas, sino también otras cosas difíciles. Ambición, esfuerzo, individualidad.

La civilización universal ha estado forjándose desde hace mucho tiempo. No siempre fue universal, no siempre fue tan atractiva como hoy. La expansión de Europa le dio por lo menos durante tres siglos un tinte racial, que todavía produce dolor.

Yo crecí en Trinidad en los últimos días de esa especie de racismo. Y tal vez ello me ha permitido apreciar mucho mejor los inmensos cambios que han ocurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el extraordinario empeño por dar cabida al resto del mundo y a todas las corrientes de pensamiento de ese mundo.

Como mi movimiento dentro de esa civilización ha sido Trinidad a Inglaterra, de la periferia al centro, puedo sentirme seguro de sus principios rectores con mucha mayor frescura que la gente para la cual estas cosas han sido cotidianas. Una de esas cosas –creo que la ha sentido la mayor parte de mi vida, pero que sólo la he comprendido filosóficamente mientras preparaba esta charla- ha sido la belleza de la idea de la búsqueda de la felicidad. Palabras muy familiares, que se dan por sentadas fácilmente, y que es fácil malinterpretar.

La idea de la búsqueda de la felicidad se halla en el centro del atractivo de esa civilización para muchos de los que viven afuera de ella o en su periferia. Me parece maravilloso contemplar hasta qué punto, después de dos siglos, y después de la terrible historia de la primera parte del siglo XX, esa idea ha llegado a una especie de fructificación. Se trata de una idea elástica, adecuada para todos los hombres. Implica una cierta especie de sociedad, un cierto tipo de espíritu alerta. No creo que los padres hindúes de mi padre hubiesen podido entenderla. Hay tantas cosas implícitas en ella: la idea de la responsabilidad, de lo individual, de la elección de la vida del intelecto, la idea de vocación y perfectibilidad y éxito. Es una idea inmensa. No puede reducirse a un sistema fijo. No puede generar fanatismo. Pero se sabe que existe, y por ello, otros sistemas más rígidos al final acabarán disipándose.