Antonio Jáquez
A lo largo de dos temporadas recientes, el investigador Sergio Aguayo tuvo un privilegio excepcional: acceso a los archivos del Centro de Información y Seguridad Nacional, famosos por los secretos que albergan. De esa oportunidad, el experto de El Colegio de México en materia de seguridad nacional extrajo la miga para armar su nuevo libro, La charola, que comienza a circular esta semana y del cual adelantamos fragmentos, con autorización del autor y de las editoriales Raya en el Agua y Grijalbo.
Adicionalmente, en esta entrevista, Aguayo aporta detalles de la historia negra del Cisen y de su siniestra antecesora, la Dirección Federal de Seguridad.
Con acceso a los archivos del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), Sergio Aguayo armó su libro La charola, en el que reconstruye la historia sucia de lo servicios de inteligencia en México y se adentra en los años de vértigo de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y sus capos legendarios: Fernando Gutiérrez Barrios, Javier García Paniagua, Miguel Nazar Haro y José Antonio Zorrilla.
En otras culpas, esos barones de la seguridad exageraron los alcances de la guerrilla, y en general de los opositores, para impulsar sus carreras políticas, afirma en entrevista el investigador de El Colegio de México.
“Ellos –precisa- manipularon la información para vencer miedo, y sobre ese miedo cimentaron sus carreras políticas.”
Basado en documentos y testimonios del Cisen, así como en entrevistas complementarias, el libro de Aguayo avanza por laberintos y sótanos de la era posrevolucionaria y demuestra que el aparato de seguridad actuó como la política del régimen. La DFS y similares –como el Departamento Confidencial de los años treinta- sirvieron, sobre todo, para aplastar a los disidentes, como los centenares de jóvenes ejecutados en la guerra sucia de los setenta.
En algunos casos, La charola confirma sospechas; en otros, revela datos inéditos, y en unos más, aporta documentos que contradicen la historia oficial, como el informe secreto de Nazar Haro sobre el asesinato de Carlos Ramírez Ladewig, jefe del grupo que controlaba la Universidad de Guadalajara.
Los archivos del Cisen, asegura Aguayo, son una mina de materiales –clasificados en millones de tarjetas y expedientes- con los que podría reescribirse la historia del último medio siglo. Los investigadores, la sociedad, los periodistas, “debemos tener acceso a esos archivos, pero quien debe establecer los mecanismos de control es el Congreso; se necesita una institución de ese tamaño para algo tan poderoso como el Cisen”.
La revisión del pasado es uno de los compromisos pendientes del gobierno de Vicente Fox, señala el investigador.
El estado ejecutor
Académico sobre todo –doctorado en estudios de seguridad por la Universidad John Hopkins, investigador y maestro en varias instituciones reconocidas-, Aguayo es también periodista y promotor de los derechos humanos y de la democracia. Nacido en 1947, pasó su juventud en el barrio de San Andrés, en Guadalajara, que a la vuelta de los años sería la cantera de la Liga 23 de Septiembre, fundada precisamente en esa ciudad.
Relata que al entrar a los archivos del Cisen, llegó de manera natural a los expedientes de algunos de sus amigos de San Andrés que se fueron a la guerrilla. “Era una historia que no se había contado y que además me permitió regresar a mi juventud, con el consiguiente costo emocional e intelectual por ver reflejada en papel la forma en que fueron vistos mis amigos del barrio, por cierto un lugar maravilloso en el que viví años muy felices.”
Pero esos años “se acabaron de manera violenta, brutal, terrible. Por eso decidí aclararlo y explicarlo en mi libro. Y el momento en que lo hice explícito pude tomar la distancia intelectual que se requería para hablar de San Andrés. Siento que no caí en la tentación de justificar a mis amigos; simplemente expliqué”.
Subraya sus motivos para poner todas las cartas sobre la mesa:
“Por la naturaleza del libro, decidí contar con pelos y señales la forma como accedí a los archivos –con autorización expresa del secretario de Gobernación y del director del Cisen-, cómo trabajé y hasta los expedientes que consulté, porque no tengo absolutamente nada que ocultar profesional, ética, política o personalmente sobre este libro.”
-Cuéntenos su impresión al traspasar la fortaleza del Cisen.
-Hubo días terribles, como cuando empecé a ver los expedientes de es etapa de mi juventud, ver de pronto que esa gente que yo había conocido había sido reprimida por un Estado todopoderoso. No sé si las personas que me pasaban los sobres rojos (el color usado para materiales clasificados como secretos) se dieron cuenta de mi inquietud, porque las reglas del juego fueron muy especiales: nunca me dijeron ‘esto es lo que hay’; me dijeron ‘tú pides y nosotros te damos o no te damos’, sin explicaciones pedidas, ni dadas.
Hubo días en que Aguayo llegaba a su casa totalmente alterado, “conmovido por la estupidez de algunos de los rebeldes y espantado por los métodos de la DFS, como en el caso por los dos muchachos que secuestraron un autobús Flecha Amarilla (en agosto de 76) y pidieron que sus demandas – la liberación de algunos presos- fueran difundidas en el noticiario de Jacobo Zabludovsky, pero fueron interceptados y ejecutados por la Brigada Blanca de Nazar”. En el operativo murieron cinco pasajeros y ocho más resultaron heridos, según informe de la DFS.
-¿Por qué le abrieron a usted los archivos del Cisen?
-Si no hubiera habido 2 de julio, no me hubieran dado acceso, eso lo tengo clarísimo. Y creo que me lo dan porque en mi carrera académica he trabajado el tema de la seguridad, porque hay un conocimiento personal de la generación reformista que entró al Cisen en 1985, y porque puede verse como un símbolo de apertura y de profesionalismo mostrar los archivos a alguien como yo.
Una de las aportaciones del libro de Aguayo es documentar la responsabilidad del Estado y su policía política en la desaparición de personas.
Sostiene: “Para mí no hay ninguna duda: El Estado mexicano es el autor de las desapariciones. Esto ya se sabía, pero no se había demostrado con documentos. Me ocupé de unos cuatro casos porque no era ése el objetivo de mi libro, pero si se revisan todos los expedientes de la DFS que están en el Cisen se puede saber mucho más sobre cómo lo hicieron, quiénes dieron las órdenes, quiénes las ejecutaron y cuál fue el destino de los desaparecidos”.
Puntualiza: “Si se abren los archivos, no sólo a la CNDH y a la PGR, sino también a los familiares de los desaparecidos, como se prometió… si se hace un esfuerzo serio de averiguar qué pasó, es posible saberlo”.
Por lo pronto, Aguayo descubrió también un patrón de encubrimiento:
Por razones que no alcanzo a entender –dice en su libro-, en abril de 1979 la DFS distorsionó deliberadamente la información para cerrar los casos. En ocho de los expedientes encontré una manipulación intencionada de la información sobre el destino de las personas detenidas. Probablemente presionado por las exigencias de los familiares (o tal vez como parte de la campaña de García Paniagua para ser nombrado candidato del PRI a la Presidencia de la República), el director Nazar Haro ordenó que se modificaran los expedientes para dar pistas falsas y, de esa manera, liberarse de la responsabilidad y cerrar los casos.
-Los presidentes también eludieron su responsabilidad en la represión, con excepción de Díaz Ordaz, ¿no?
-Sí, Díaz Ordaz tuvo un gesto de mayor hombría; asumió su responsabilidad histórica. Pero ni Echeverría ni López Portillo se han mostrados dispuestos a explicar qué pasó realmente bajo sus mandatos. Profundizar documentalmente en las responsabilidades permitiría saber, por ejemplo, si Echeverría y López Portillo dieron órdenes precisas para desaparecer opositores.
Mitos, fantasmas, espías
Libro de pistas múltiples, La charola aborda, por ejemplo, el tema de los infiltrados en la guerrilla. “No pretendí escribir la historia de la Liga ni de la guerrilla, no tengo los conocimientos suficientes, pero el que se decida a escribir esa historia y tenga acceso a los archivos de la DFS podrá precisar los métodos y hasta las personas que infiltraron los movimientos políticos y fueron los espías del régimen.”
-Se podría, entonces, saber si algunas ejecuciones fueron de la propia guerrilla…
-Hubo ejecuciones por ajustes de cuentas internos, por supuesto. Pero tengo dudas de hasta dónde llegó la manipulación de la información de los jefes de la DFS. En el México de esos años, la oposición de izquierda nunca representó una amenaza real y Gutiérrez Barios, Nazar Haro y García Paniagua construyeron su prestigio y poder sobre la falsa idea de haber derrotado a organizaciones poderosas.
Con información de la DFS, el general Mario Arturo Acosta Chaparro –operador militar de la represión en Guerrero realizó una lista de 29 grupos guerrilleros de los años sesenta y setenta –incluida en sus manuscrito Movimiento subversivo en México-, que en conjunto sumaron mil 860 militantes.
Aguayo: Los jefes de la DFS invocaron a su antojo el fantasma de la revolución de izquierda e hicieron mitos, a pesar de que conocían bien el tamaño de los opositores; el mito, por ejemplo, de que la Cuba de Castro exportaba la guerrilla a países latinoamericanos. En el caso de México no fue así. Aún más, Castro era más proclive a apoyar al PRI que a la guerrilla mexicana. Hay incluso testimonios del maltrato que recibieron en la isla los rebeldes que se asilaron allá.
La DFS alimentó la paranoia de la clase gobernante y operó como extensión de la CIA en sus pesquisas anticastristas. Los hilos de la relación llegaron a Los Pinos, como lo demuestra Aguayo con un dato novedoso: el presidente Adolfo López Mateos y su secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, fueron testigos de la boda civil del jefe de la estación de la CIA en México, William Scott.
-Usted demuestra en su libro la forma en que los jefes de la DFS manipularon las investigaciones, como en el caso notable del informe de Nazar Haro sobre la ejecución de Ramírez Ladewig.
-Es un documento excepcional, un monumento a la trivialización de la violencia y la corrupción. Leyendo este informe, lo primero que se tiene que reconocer es que Nazar es un gran investigador policial; es impresionante la forma minuciosa en que sigue las pistas, arma el rompecabezas y ubica a los culpables. Pero él tuvo que dar una versión pública distinta, lo que debió frustrarlo, supongo porque no pude hablar con él.
Relata que la investigación llevó a Nazar directamente a la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), cuyo control ya le era disputado a Ramírez por otros líderes. Pero mes y medio después de que Nazar llegó a esa conclusión, aseguró públicamente que fue la guerrilla. “Creo que por razones de Estado, entre ellas la alianza histórica del gobierno con la FEG, tuvo que cambiar su versión y darle otro desenlace, para lo cual rehízo los testimonios originales”.
Pero Nazar dejó indicios de la alteración: Todos los que acusaban a la guerrilla declararon el mismo día. “Eso me llamó la atención, así que empecé a jalar otros hilos y llegué al informe de Nazar. No salió en automático, porque al trabajar en esos archivos un error que puede cometer es quererse beber la vida en un jarrito”.
-O sea que los archivos no entregan sus secretos a la primera…
-Hay que seducirlos, hay que acariciarlos en algún sentido. A lo mejor sueno políticamente incorrecto, pero un archivo es algo vivo; aunque es un montón de papeles, tras ese montón están vidas, hay gente. Además, quienes ordenan los archivos lo hacen con cierta intencionalidad; así que uno tiene que meterse en la lógica con la que los hicieron, descifrar esa lógica interna, para que te empiecen a hablar.
El archivo del Cisen “es el mejor ordenado de México. Nadie tiene idea de lo qué significa tener un archivo ordenado; que tú pidas, no sé, Julio Scherer, y te traigan tarjetas ordenadas y ahí estén los números de los expedientes, y que tú pidas un legajo y empieces a reconstruir…Claro, ahí no está toda la historia, ni todo lo que se dice es cierto, pero es irritante que algunos digan que el archivo contiene sólo paja y trivialidades. No tienen ni la más remota idea. Es cuestión de buscar con cierta idea y de tener suerte”.
Y a veces sueltan perlas. Al comienzo de su indagación, Aguayo se topó con un reporte de agentes del Departamento Confidencial en el que informaban de la ejecución del general rebelde Saturnino Cedillo, en enero de 1939, y precisaban que no pudo defenderse porque estaba débil y enfermo. Falta saber quién dio la orden y por qué. “¿Fue informado, antes o después, el general Lázaro Cárdenas? Son las preguntas inevitables de una historia que sigue esperando el punto final, el cual probablemente esté resguardado en los archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional”.
Pioneros de la narcopolítica
Los vínculos de la DFS con el narcotráfico son conocidos, especialmente a partir del escándalo de las charolas entregadas al capo Caro Quintero por Zorrilla. Pero Aguayo encontró una novedad en los archivos del Cisen: Los nexos de la policía política –e incluso de militares- con el narcotráfico datan del arranque de la corporación, en 1947, y se trabaron en los niveles más altos. De acuerdo con un informe confidencial de la embajada de Estados Unidos, el subdirector de la DFS, el mayor Manuel Mayoral García, controlaba el tráfico de mariguana en la capital.
Unos años después, en 1951, la CIA elaboró un reporte sobre México, con un apartado en el que elogia a la DFS como una organización competente” que responde de manera directa el presidente” (Miguel Alemán), pero a la vez afirma que algunos jefes de este grupo son poco escrupulosos y han abusado del considerable poder que tienen porque toleran, y de hecho conducen actividades ilegales, como el contrabando de narcóticos.
Este documento de la CIA –“extraordinario por lo explícito de sus afirmaciones (no tiene las tachaduras que generalmente ocultan los hechos o nombres que Washington considera demasiado sensibles)”-, dice Aguayo en su libro, tiene un anexo con biografías de los personajes de la política mexicana.
En el anexo destaca el nombre del coronel Carlos I. Serrano, estrechamente ligado al presidente Alemán y quien “organizó y controla (de manera extraoficial) a la DFS”. Es, dice la CIA, un hombre poco escrupuloso, involucrado activamente en empresas ilegales, entre ellas el tráfico de narcóticos. Se le considera astuto, inteligente y agradable, aunque sus métodos de operación violan cualquier principio de buena administración. Se dice que aspira a la Presidencia a la República.
La llegada del narco a Jalisco, por otra parte, está ligada al general de división Federico Amaya Rodríguez, quien inició su carrera política durante el gobierno de Alemán y “estuvo cerca” de los generales Hermenegildo Cuenca Díaz y Félix Galván López.
“El general Amaya ejemplifica la fusión del combate a la guerrilla con actividades delictivas”, apunta el autor de La charola. Entre otras cosas, empleaba “viciosos con antecedentes criminales” en la extorsión de industriales, como lo hizo cuando fue comandante de la 7ª Zona Militar de Monterrey y a principios de los setenta.
En 1972, ante las quejas de autoridades de Nuevo León, Amaya fue reubicado en Guadalajara como comandante de la 15ª Zona Militar. Creó un grupo similar al de Monterrey, con golpeadores de la FEG, bajo el nombre de “agentes confidenciales”. El más destacado fue Carlos Morales García, El Pelacuás, quién, según la DFS, era “ampliamente conocido por sus atracos a mano armada y sus atropellos” y estaba al “servicio personal” del general Amaya.
Pregunta clave del 2 de julio
El mal uso de los servicios de inteligencia se puede repetir “si no se establecen controles”, advierte Aguayo. “Si el Congreso y el Ejecutivo no entienden esta lección puede ser que en unos cuantos años enfrentemos un problema parecido al que ya tuvimos; nada nos garantiza que no pueda haber nuevo espionaje telefónico indiscriminado, sobre doto en un clima de paranoia y belicismo como en el que estamos viviendo”.
-El Cisen puede ser la policía política del gobierno de Fox…Por cierto, ¿qué tanto tuvo que ver el desplome del sistema priista con la profesionalización del Cisen que se da desde mediados de los ochenta?
-Es una hipótesis excelente, me lo he preguntado muchas veces, porque eso pasa con la KGB, que cuando siente que el régimen ya no tiene salvación, mejor se hace a un lado para que se desplome, y a cambio de eso sobrevive. Es una pregunta clave del 2 de julio: ¿Qué papel jugó el Cisen?
-Usted supone en su libro que el Cisen entregó información a Labastida, pero a lo mejor también se la dio a Fox.
-No se puede descartar absolutamente nada. Pero sería fundamental para entender la transición llegar a saber qué hizo el Cisen en esos días, como también tendríamos que saber qué hicieron los estadunidenses y qué fueron haciendo los diferentes sectores. Ojalá se pudiera tener acceso a los archivos del Cisen y a las entrevistas con los que tomaron las decisiones. Yo sólo conozco anécdotas, pero como no están documentadas, mejor no las cuento…








