Fox, atrapado en el dilema de Bush

Pocos países como México viven con más intensidad el dilema en que el presidente George Bush colocó al mundo: o estamos con Washington o estamos con el terrorismo. Ante ello, ¿hay una verdadera pugna dentro del gobierno mexicano?¿O los choques verbales entre los secretarios de Relaciones Exteriores y de Gobernación forman parte de una tortuosa estrategia diplomática? En cualquier caso, entre manifestaciones contradictorias, el gobierno encabezado por Vicente Fox resultó maltratado por la reacción crítica de intelectuales, medios de información y representantes de la oposición, aunque en el último momento de la semana pasada se vio confortado por el reconocimiento de sus colegas, los funcionarios estadunidenses.

 

El presidente de México, Vicente Fox, se encuentra entrampado ante la nueva política de Washington, que no acepta la neutralidad tras los ataques del 11 de septiembre.

Washington demanda al presidente mexicano demostrar cercanía y apoyo total –es nuestro vecino, socio y, según el discurso oficial, “amigo”-, pero las presiones internas lo obligan a marcar distancia ante Estados Unidos. Por eso “el presidente Fox está en una situación imposible. Cualquiera que sea su posición, va a perder”.

Lorenzo Meyer, analista político, doctor en relaciones internaciones e investigador de El Colegio de México, analiza la situación del país en el “reacomodo” internacional surgido luego de los atentados.

En ese contexto ubica las “aparentes” diferencias entre dos hombres clave del gabinete de Fox: el canciller Jorge Castañeda y el secretario de Gobernación, Santiago Creel.

El primero insistió en que no hay que “regatearle2 apoyo a Washington y afirmó que el taque a Estados Unidos fue también un ataque a México.

El segundo, por el contrario, declaró que México “no debe subordinarse al gobierno de Estados Unidos” ni debe –aun “en coyunturas complejas pero pasajeras”- “tener titubeos”, pues el país se rige por una ética en política exterior plasmada en la Constitución. Apeló, incluso, a la historia y a la traición pacifista de México:

“No podemos olvidar, así nada más porque sí –a la luz de que algunos intentan borrar todo- nuestra Constitución, nuestra historia y, sobre todo, nuestra condición de mexicanos soberanos”.

El debate sobre al posición de México ante la política de Washington fue catalizado por las declaraciones del escritor Carlos Fuentes “somos socios” de Estados Unidos, “de ninguna manera somos sus achichincles. Hay una diferencia, ¿verdad?”, dijo el martes 25.

En esas posiciones encontradas, Meyer ve dos posibilidades: “O la división de la clase política llegó al corazón del gabinete y ello hace evidente la debilidad del presidente Fox”, o se trata de una “estrategia gubernamental de división de tareas” para reducir los costos internos y externos del giro en política internacional.

Explica: “Castañeda sería el que hacia fuera trataría de mantener las buenas relaciones con Estados Unidos, al tiempo que recibe los golpes internos de la clase política y de la prensa. Un pararrayos necesario para amortiguar los embates del nacionalismo. Creel por su parte, le lava dentro del país la cara al presidente. En tanto responsable de la política interna, es el que puede negociar con la clase política, particularmente con los más críticos: el PRD y el PRI. Su posición es como para decir: ‘Oigan, no dentro del foxismo hay una posición de un personaje central que defiende los valores tradicionales de la política exterior. Con él se puede hablar, con él se puede negociar’.

“Entre los juegos de política dentro del gabinete, me parece que no hay más alternativa que ésta”, dice Meyer.

-¿Con cuál de las dos opciones se queda usted?

-Sería preocupante que hubiera una seria división dentro del gabinete. Uno pude o no estar de acuerdo con Fox. Personalmente no voté por él. Pero el juego democrático requiere que –una vez pasada la elección, donde se vale manifestarse- exista en su gobierno una mínima unidad para dirigir el barco. Si ello no es así, vendría el desastre.

Meyer llama la atención sobre un hecho: Pese a que hay un nuevo gobierno, se mantiene la cultura política del presidencialismo. Y Creel, considera, no puede emitir y reiterar tales declaraciones nacionalistas sin tener, por lo menos, la anuencia del presidente.

Acepta, no obstante, que sí hay diferencias entre Creel y Castañeda: “Más allá de que los dos son güeros y usan barba, uno de ellos (Castañeda) se identifica y recibe el apoyo del presidente; el otro (Creel) se identifica y es apoyado tanto por Fox como por el PAN, particularmente por Diego Fernández de Cevallos (líder de la bancada panista en el Senado). Y ésa es la fuerza política innegable que el canciller no tiene”.

En ese sentido, comenta, la posición de Castañeda es en estos momentos “vulnerable”.

-¿En qué punto entre el apoyo total y la distancia ubica al propio Vicente Fox?

-Diría que no está exactamente al centro. Está cargado hacia el apoyo a Estados Unidos sin llegar, claro está, al extremo de Tony Blair. Sabe que si se carga demasiado, la clase política le hará pagar un costo, pero también sabe que de no hacerlo habrá de pagar un costo enorme con Estados Unidos.

El viernes 28, en una entrevista con Larry King, de la cadena de televisión CNN, el presidente Fox dijo que México llevará su apoyo a Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo “tan lejos como sea necesario, hasta el final. Estamos totalmente comprometidos en los eventos del 11 de septiembre (…) Por su puesto –matizó-, militarmente, no, no somos un país militar. No tenemos un ejército fuerte”.

Aseguró que su gobierno reforzó los controles migratorios para evitar que terroristas ingresen a territorio estadunidense, que se intercambia información con el FBI y otras agencias de ese país y que se rastrean cuentas bancarias que pudieran estar relacionadas con personas vinculadas al terrorismo o al narcotráfico.

Afirmó, además, que México está dispuesto a vender más petróleo  Estados Unidos. Refirió luego que había sostenido varias conversaciones con el presidente Bush. Contó que en una de ellas si hijo Rodrígo, de 13 años, le pidió: “Papá, quiero hablar con mi amigo George. Y él y (Bush) le tomó el teléfono. Y él (Rodrígo) le dijo que sentía pena, que quería estar a su lado y que estaba dispuesto a apoyar”.

Para el mandatario mexicano “esto es algo que debe demostrar el tipo de compromiso que tenemos”.

El nacionalismo

Autor entre otros libros de México y Estados Unidos en el conflicto petrolero y Fin de régimen y democracia incipiente: México hacía el siglo XXI, Meyer repasa los últimos eventos de la relación bilateral.

“Aunque a nosotros no nos atacaron, sí destruyeron toda una política que se estaba edificando, creo yo, de manera inteligente: concretar un acuerdo migratorio (…)El gobierno de Fox había tomado la iniciativa y había puesto las cartas sobre la mesa ante Washington. Era el principal logro de su gobierno.

“De repente, la gran potencia centró su atención en un solo punto (la lucha contra el terrorismo) y cerró los intersticios de su política exterior por donde países como México podría colar inteligentemente sus demandas y negociar acuerdos especiales de su agenda bilateral. De un golpe se le cerró el juego a México. Washington impuso la agenda y advirtió al mundo: ‘Deben estar con nosotros’. Con base en ello va a juzgar a todos los países. Justo o injusto, no tiene sentido discutirlo. En un mundo unipolar, Estados Unidos tiene el poder y es el centro respecto al que los demás reaccionan para acomodarse.”

Los europeos –particularmente los ingleses, pero también los franceses- reaccionaron rápido. En horas diseñaron su política. Jacques Chirac y Tony Blair se trasladaron a Washington para dar significado simbólico a su apoyo.

“El gobierno mexicano se vio de pronto metido en un problema: no sólo se le cayó lo construido, sino que se le exigió una definición política de manera rápida y significativa. Pero Fox no pudo reaccionar a la velocidad de los europeos. Las condiciones internas se lo impidieron.”

Meyer se refiere entonces al nacionalismo que existe en la sociedad y del cual echó mano la clase política mexicana. Además, apunta, “los acontecimientos fueron a velocidad de Internet, y la cultura política mexicana no puede cambiar tan rápido”.

A su juicio, “la clase política mexicana fue lenta en reaccionar porque sigue pensando en el nacionalismo revolucionario del siglo XX, cuando el proyecto era industrializarnos para ser semindependientes de Estados Unidos. Ese proyecto fracasó en los años ochenta. Fue el propio sistema priista tal vez para ganar tiempo y salvarse- el que nos impuso el cambio: el presidente Carlos Salinas, sin consultar, dijo: hágase el TLC, y se le hizo. Pasamos de la distancia a la unión estrecha con Washington”.

Por ello, Meyer considera que hay “irresponsabilidad política” del PRI, que se “rasga ahora las vestiduras con un discurso nacionalista que no aplicó cuando estuvo en el poder”.

El dilema de Fox

El especialista llama la atención sobre un fenómeno: la división interna de la clase política.

Comenta que esta división estaba más o menos oculta, pero que la coyuntura internacional –el ataque a Estados Unidos y la subsiguiente política de no neutralidad- la puso a descubierto.

“Durante la mayor parte del siglo XX, el único que tocaba el tambor y marcaba el paso era el presidente. A partir de 2000, ya no hay siquiera tambor: el PRI  tiene mayoría en el Congreso y cuenta con buena parte de los gobernadores, y el PAN, supuesto partido ganador, está dividido: por un lado, los que apoyan a Fox, y por otro, los panistas de viejo cuño, que son los más. El PAN parece a veces de la oposición. Baste recordar cómo le tiraron ley  Indígena al presidente, En esas circunstancias, Fox no tiene un control mínimo de las fuerzas políticas.”

Así, “ante la coyuntura internacional, la política exterior fue rehén de las divisiones internas. Y Fox no tiene bases políticas dentro del país para responder a las demandas urgentes de definición ante la posición de Washington, trátese de una respuesta de apoyo rápido y total, o por el contrario, de plena neutralidad. No cuenta con la fuerza interna para decirle a Estados Unidos: ‘México tiene su propia línea y la sociedad mexicana está dispuesta a asumir el cierre de fronteras, la devaluación del peso, etcétera, etcétera”.

Las dos posiciones implicadas en el dilema de Fox tienen sus costos:

“Si es de apoyo total a Washington, los costos serán inmediatos en lo interno: El PRI y el PRD van a tomar la bandera del nacionalismo para deslegitimar al presidente. Ya me imagino: recordarán su origen de empresario de la Coca-Cola, símbolo del capitalismo; dirán que ‘nos quiere poner de rodillas frente al imperialismo yanqui’, y podrían bloquear cualquier iniciativa que tenga que tenga que ver con el petróleo, gas o electricidad bajo el argumento que se los ‘quiere entregar a Estados Unidos’.

“Pero los costos de la indefinición externa pueden ser mayores, aunque a mediano o largo plazos. Washington tiene una gran cantidad de instrumentos para ello. Sólo por citar uno: el cierre de la frontera en aras de combatir la entrada de terroristas.”

Meyer señala que las negociaciones de la agenda bilateral se suspendieron temporalmente debido al actual “momento de tensión que vive Estados Unidos”. Sin embargo, esto “no puede ser permanente: tiene que volver a la normalidad”, aunque el momentum de México se perdió y las condiciones serán diferentes.