Esta semana se celebra la primera edición del Festival de Cine de la Riviera Maya (Playa del Carmen, Tulum, Cancún, Cozumel), nueva pantalla en la serie de festivales mexicanos que combina promoción turística con difusión cinematográfica. Las diferentes secciones del programa, con títulos nacionales e internacionales, denotan cuidado por incluir algo de lo mejor y más original de la producción actual. La mirada apunta también hacia la difusión de trabajos de cineastas jóvenes, como RivieraLAB y Work in Progress 2012, secciones dedicadas a apoyar la post producción y la distribución de proyectos de calidad.
Los mejores augurios, pues, para esta opción que aumenta la oportunidad de acceder al buen cine en un rango tan amplio que va de la sección Gran Público a la de Panorama Autoral. Dentro del ya tan discutido tema del cine de autor, la lista de directores no da lugar a dudas, cada uno de ellos trabaja fuera del mainstream o ha sido un autor censurado, como Wang Xiaoshuai (11 flores). Corea del Sur (Hong Sang-soo) hasta México (Yulene Olaizola), pasando por Francia (Phiippe Garrel), Ceylán (Vimukhthi Jayasundara), el horizonte es amplio.
El concepto detrás de la sección Gran Público merece una mención aparte, ya que subordina el espectáculo comercial a una propuesta innovadora, inusitada de ver cine. Desde la colina de las amapolas (kokuriko zaka kara; Japón, 2011) sería mi ejemplo favorito; esta animación representa el triple salto mortal de Goro Miyazaki, artista hasta hace poco aplastado por el genio de su padre Hayao Miyazaki. En su primer largometraje, Goro copiaba el estilo del director de El viaje de Chihiro de manera obvia; el público japonés no lo perdonó.
Desde la colina de las amapolas, en cambio, es puro deleite. Goro Miyazaki escapa de la sombra paterna, encuentra su propio estilo y logra integrar parte del talento poético de Hayao Miyazaki en forma de epifanías, desde la luna hasta el tofu; el mar, lugar de la pérdida, es también la posibilidad de recuperación. Goro elige una historia de amor entre colegiales que se desarrolla poco antes de la Olimpiada de 1964; la reproducción de época es casi naturalista, pero el gusto del detalle y el retrato de aquella manera de vivir en ese Japón que sale de la penuria de la posguerra para instalarse como potencia económica está cargado de nostalgia; la única manera de asimilar el pasado es la conciencia de su pérdida.
En el enfrentamiento entre tradición y modernidad, el grupo de estudiantes que defiende el club cultural de la escuela, amenazado de demolición, convence a la autoridad por medio del entusiasmo y del esfuerzo; valores japoneses, claro, pero universales en cuanto se trata de sobreponerse a la pérdida y de entregarse a la vida con todo el ímpetu de conquistar un lugar en la sociedad. A causa de la guerra, la pareja de protagonistas quedó huérfana de padre, el dilema es vivir con esta herida o asumir una identidad propia. Goro Miyazaki mata y a la vez recupera al padre.








