En tiempos recientes se ha dado un fenómeno singular en la prensa de Guadalajara: la proliferación de políticos, funcionarios públicos y otros integrantes de las llamadas fuerzas vivas de la comarca que habitualmente figuran en calidad (es un decir) de articulistas, columnistas, “líderes de opinión” y otras presunciones por el estilo.
La multiplicación de esta clase de colaboradores dudosamente periodísticos ha llegado al extremo de que ahora la sección editorial de más de un diario tapatío ya no la dominan profesionales de la materia, sino una clase muy distinta de comentaristas que tienen en común dos cosas, las cuales no forman parte, en definitiva, de los valores periodísticos: el amateurismo y el estar identificados con grupos particulares que tienen intereses creados.
Entre este creciente número de nuevos y parciales editorialistas hay funcionarios públicos en activo, políticos en retiro, dirigentes partidistas, miembros de las cúpulas empresariales, mandos universitarios, voceros eclesiásticos, entre otros, quienes casi infaltablemente buscan llevar agua a su molino, echando su gato a retozar y ocupándose lo mismo de asuntos de escala municipal, de cuestiones relacionadas con el país e incluso de interés mundial.
Alguien podría decir que esta situación no es nueva ni tendría por qué ser vista con recelo y, menos aún, como un hecho necesariamente anómalo, pues no pasaría de ser el punto de vista de equis persona a la que una empresa periodística considera suficientemente calificada para hablar de asuntos de actualidad desde sus páginas editoriales y ahora también en blogs, entre otras de las llamadas nuevas plataformas de comunicación. Incluso hasta podría alegarse que de esta forma una publicación periodística sale ganando en pluralidad, en apertura, en diversidad y hasta en riqueza de opiniones.
Pero esto que en teoría podría parecer plausible, en la práctica definitivamente no lo es. Y ello por varias razones, entre las que podrían destacarse la comprobación de que esta clase de editorialistas rara vez dan una opinión informada e imparcial y, lo que tal vez sea aún más grave, la evidencia de que no responden al interés de los lectores, radioescuchas y televidentes, sino a los de equis gremio, cúpula, partido, asociación, cofradía o grupo político… Y con un agravante: los medios para los que dichos opinantes colaboran no se preocupan por identificarlos ante sus audiencias, a fin de que el público sepa a qué atenerse con ellos. Se pasa así por alto lo que conseja la sabiduría popular: las cosas siempre se deben tomar de quien vienen. Porque no es lo mismo, por ejemplo, que un opinante imparcial se refiera al desempeño del gobierno de Emilio González Márquez a que lo haga el vocero oficial de ese gobierno, por más que ambos editorialistas puedan compartir las páginas del mismo diario.
La prensa española suele identificar a sus articulistas y columnistas, lo que resulta de evidente utilidad para el público lector. Así, por ejemplo, es común leer al final de un artículo de opinión en El País o en ABC: “Roberto Toscano fue embajador de Italia en Irán”; “Yoani Sánchez es periodista cubana”; “Hugh Thomas es historiador”; “Santiago Carrillo fue secretario general del Partido Comunista Español”; “Francisco Rodríguez Adrados, de las Reales Academias Española y de la Historia”; “Mario Rodríguez Vargas es director ejecutivo de Greenpeace”; “Nicholas Stern, profesor de la London School of Economics”, como ejemplos.
¿Por qué en la prensa tapatía no se hace lo mismo? ¿Acaso porque a muchos editores de los medios de la comarca les da pena aclarar quiénes son varios de sus colaboradores? Lo normal sería leer, al final de algunas columnas, algo como lo siguiente: “Enrique Ibarra Pedroza hizo carrera política como militante del PRI y ahora es diputado federal por el PT”; “Tonatiuh Bravo Padilla es rector del CUCEA de la UdeG y fue diputado federal por el PRD”; “Esteban Garaiz fue consejero delegado del IFE y en la actualidad está al frente de la organización política Alianza Ciudadana”; “José María Muriá fue regidor priista de Zapopan y durante 13 años ocupó la presidencia de El Colegio de Jalisco”; “Gabriel Torres Espinoza fue vicerrector durante la gestión del finado Carlos Briseño Torres al frente de la la UdeG y ahora dirige el Canal 44 de la misma institución”; “Rubén Alonso fue reportero y actualmente es el titular de Comunicación Social del Gobierno de Jalisco”.
La lista podría seguir: “Raúl Padilla Orozco es empresario, fue presidente de la Cámara de Comercio de Guadalajara y también diputado federal por el PAN”; “Roberto Castelán Rueda fue secretario de Extensión de la UdeG y rector en el Centro Universitario de los Lagos”; “Myriam Vachez fue regidora de Guadalajara por el PRI y ahora ocupa la Secretaría de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara”; “Rogelio Campos, director general de Medios de la UdeG”; “Salvador Cosío Gaona fue diputado local por el PRI y presidente de la asociación civil Conciencia Cívica”; “Héctor Raúl Solís Gadea, director general académico de la UdeG”; “Felipe Vicencio Álvarez fue diputado federal y senador por el PAN y actualmente es delegado en Jalisco de la Sedesol”; “Daniel González Romero, titular de Comisión de Planeación Urbana de Guadalajara”…
De este modo, las personas que eventualmente lean a Esteban Garaiz y a Enrique Ibarra Pedroza en Milenio Jalisco tienen derecho de saber que si ellos hacen comentarios favorables a los candidatos de “las izquierdas” (entre ellos a su aspirante presidencial Andrés Manuel López Obrador y a su abanderado al gobierno de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez) y las otras fuerzas políticas les merecen opiniones adversas, se debe en esencia a que dichos columnistas están comprometidos con la causa de los primeros. De la misma manera, si en su columna de La Jornada Jalisco a Vicencio Álvarez le da por romper una lanza a favor de Josefina Vázquez Mota, Alberto Cárdenas Jiménez o cualquier otro candidato del PAN, es necesario que se tenga en cuenta que aun cuando el columnista escriba en un diario identificado con la izquierda, dicho colaborador es un panista de abolengo.
Esta prevención vale también para los lectores de Mural, que merecerían saber que ni Tonatiuh Bravo Padilla ni Rogelio Campos son espíritus soberanamente libres, por lo que sus opiniones sobre la UdeG, de la cual son funcionarios, deben ser tomadas con las reservas del caso y más aun cuando con Campos se formalizó que la maquila de La Gaceta, publicación semanal de la Universidad de Guadalajara, pasara de Público Milenio (ahora Milenio Jalisco) a Mural. Y cada vez que el turiferario José María Muriá le quema incienso a Raúl Padilla es preciso que los lectores de El Informador tengan en cuenta la jugosa relación clientelar que el columnista mantiene desde hace tiempo con el exrector y mandamás de esa casa de estudios, quien dispuso la entrega a Muriá de una jubilación múltiple.
Alguien podría preguntarse a qué se debe este fenómeno, que permite la proliferación de editorialistas fatalmente parciales en la prensa de la localidad. Una primera respuesta sería que, como muchos de ellos no cobran por sus colaboraciones, los medios que los publican pueden abaratar costos. Por su lado, el interés de esos “periodistas” que inopinadamente regalan su trabajo consistiría en mantener una trinchera para lo que se ofrezca, entre otras cosas para dar gato por liebre, lo que en épocas electorales significa poder hacer proselitismo en lugar de periodismo.








