Entrevista a un ganador de Oscar


ISLA SAN SALVADOR, Bahamas (Proceso). Al cabo de una serie de intentos, la cita con el eminente músico argentino Luis Bacalov se concretó en este reducto del paraíso tan cargado de historia. Antes de haber podido concederse unos días de asueto en su casa frente al infinito azul del caribe, el ajetreado maestro dirigió varios conciertos en Medio Oriente, tuvo una estadía relámpago en Buenos Aires, y de regreso a Europa se detuvo en Tenerife para estrenar una de sus últimas obras. Ni su caminar, ni su postura, y tanto menos el cúmulo de actividades que realiza delatan sus 79 años de edad, prácticamente todos consagrados a la música. De maneras señoriales y mirada penetrante, el patriarca de los sonidos se dispuso a recibir a Proceso en la intimidad de su refugio. Con sus rasgos semíticos distendidos por la brisa del mar, esperó, paciente, a que la amañada grabadora se pusiera en marcha…

 

–Máynez: Maestro Bacalov, su trayectoria como compositor ha sido fulgurante, pero no se sabe mucho de su faceta como pianista. Háblenos de ella, por favor…

–Bacalov: Desde que tengo memoria he estado sentado frente a un piano. Jugando con las teclas aprendí a darle forma a mis sueños de infancia y a mis pasiones de pubertad. Era curioso, porque mi madre repetía que yo estudiaba para concertista y que mi destino iba a estar signado por los viajes. Sin embargo, en las miles de horas que deben emplearse para dominar la técnica y aprender el repertorio, sentía que traicionaba una parte importante de mis pulsiones creativas. Cuando comencé a componer, alrededor de los trece años, la perorata familiar evolucionó hacia la “pérdida de tiempo” que significaba distraerme de mis estudios para inventar cosas que no iban a darme de comer… Pasaron los años, y hube de hacer las cuentas con mi incierto futuro de concertista, empleándome en lo que se pudiera y como se pudiera. Los grandes teatros parecieron esfumarse de mi horizonte. Abandoné la Argentina y, poco a poco, los cauces de mi vocación fueron encontrando su equilibrio, sobre todo, en la música popular aunque, eso sí, jamás abandoné para mi propio deleite las obras de la gran literatura pianística. Además, nunca descuidé el repertorio latinoamericano, ha sido una de mis constantes.

–¿Qué tan arduo le resultó eximirse del desprecio que los académicos y los custodios de la música “seria” nutren por los compositores de bandas sonoras?

Estuve vacunado desde joven contra los prejuicios que subyacen en la división de géneros musicales. Nunca me he sentido escindido al tocar jazz o tango, al contrario, ahí mis dedos fluyen con mayor soltura. En cuanto al menosprecio contra los músicos que trabajan en el cine, habría que romper una lanza a favor de la Academia, pues ha proliferado mucha música de mala calidad, música que no ha sabido servirle a las historias que cuentan las películas. También habría que decir que no está del todo oculta la envidia que suscita en un compositor “serio” que sus creaciones sean escuchadas por una minoría híper selecta, mientras que las músicas cinematográficas arrasan con los índices de audiencias.

–En su haber hay más de 150 bandas sonoras, y entre ellas las compuestas para varios spaghetti westerns. Uno que tuvo mucho éxito se tituló ¿Quién sabe? y fue ambientado en México. ¿Dónde encontró su fuente de inspiración?..

— Tomé ideas de la música tradicional, corridos, jarabes, sones, aunque mi intención no fue hacer una copia vulgar sino imitar lo mexicano con mi propio lenguaje.

–En varias entrevistas ha afirmado que la música para la película de Michael Radford que le valió el Oscar no es la obra que más lo enorgullece, es decir, usted es progenitor de composiciones de mayor envergadura como óperas, cantatas escénicas, conciertos y su portentosa Misa Tango que ha vendido más de 100 mil copias, empero el furor que causó su tema para il Postino debe haberle cambiado la vida.([1]) Cuéntenos qué transformaciones se operan en la vida de alguien que gana la codiciada estatuilla y que, al improviso, su nombre está en boca de media humanidad…

–Jamás hubiera imaginado la secuela. De un día para otro empezaron a lloverme invitaciones, y no sólo para componer, sino para tocar el piano. A los grandes teatros les surgió interés por mis obras, como si antes no hubieran existido. Desde entonces no tengo tregua. De alguna manera, el Oscar me ayudó a cerrar ese ciclo que había dejado abierto en mis mocedades. Todo el asunto tiene gracia porque las composiciones en las que había invertido muchos desvelos, de pronto, comenzaron a escucharse con otros oídos. El Oscar es un inmenso reflector, pero se corre el riesgo de quedarse deslumbrado e irremediablemente inmóvil…  

–A propósito de su Misa Tango, habría que decir que el sincretismo musical logrado entre los elementos sacros de la misa ordinaria y los componentes profanos que le aportó ese género nacido en los prostíbulos y barrios bajos de Buenos Aires, en otros tiempos lo habrían llevado a la excomunión o a la hoguera; es de subrayar que hoy se toca en todo el orbe, pero aún no se ha estrenado en México. ¿Cuál de sus movimientos le gustaría que los lectores de Proceso escucharan como primicia?

Me inclinaría por el Credo, por la inmediatez de su comprensión. Lo concebí en un tiempo de milonga y si me pregunta porqué lo escribí, le diría que quise acentuar que hay un Dios para cada uno de nosotros, a pesar de nuestras diferentes religiones.([2])

–Tengo entendido que ha estado varias veces en México y que siente admiración por el arte mexicano. ¿Qué particularidades de nuestra cultura le resultan atractivas?

Siempre he admirado el formidable patrimonio musical de su folclor y, por supuesto, el de sus grandes compositores. Yo no sé porqué teniéndolo se dejan inundar por tanta basura norteamericana. Con la producción de Silvestre Revueltas bastaría para que erigieran un dique contra el sistemático allanamiento del coloso del norte; en realidad, el verdadero faro cultural de Norteamérica tendría que situarse en México. ¿Cómo es posible que con la complicidad de sus autoridades se permita la intrusión de lo peor de la cultura yanqui? ¿Cómo es posible que sus niños escuchen la infame chatarra comercial antes que los sones emanados de su crisol de culturas?… Como usted ve, ese es un tema que me enfurece, pero para redondear la respuesta debo agregar que los muralistas mexicanos me han cautivado siempre. Recuerdo con especial intensidad la impresión que me causaron los murales de Orozco en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. Perdí el aliento.

–¿Hay algún recuerdo preciso sobre su relación con Federico Fellini o con Pier Paolo Pasolini que quisiera compartirnos?

Trabajando junto a Fellini aprendí la importancia de la devoción y el empecinamiento que se requieren para crear una obra de arte. Mi colaboración con Pasolini fue más modesta, pues no toda la música para su película El evangelio según San Mateo la hice yo. Ya había elegido obras preexistentes, de Bach y Mozart, sobre todo, mas yo le compuse varios segmentos que funcionaron bien. Recuerdo la emoción que sintió cuando sincronizó las porciones de la misa Luba que le sugerí, con las escenas donde aparecía el arcángel Gabriel. Se logró algo mágico.

¿La misa Luba es aquella que arregló un cura belga después de su estancia en el Congo, dotándola de textos y ritmos de la tradición nativa dentro de la liturgia?

–Efectivamente, fue un experimento musical que vale la pena conocer.

¿Cómo cree que sería el mundo si aquello que consideramos buena

música se impartiera seriamente en las escuelas, y si en los hogares las familias encontraran solaz y elevación espiritual descubriendo juntos las maravillas del arte sonoro?

Quisiera creer que la música, por sí sola, serviría para armonizar al planeta, pero el problema es que se utiliza en sentido inverso. Nuestra civilización se sustenta en lo que se toca y se compra, y si no está en venta se hurta; lo que se escucha se relega de forma engañosa. Ahí lo tiene usted, estas playas fueron el primer bastión del continente mancillado por Colón. Dígame, ¿no fue el almirante pionero en malvender una realidad que no supo escuchar, sometiéndola a los cantares de su avidez? ¿Qué quedó de la promesa de hacer de estos parajes un Orbis Novo?… Una hermosa tierra depredada por sordos y unos cuantos aborígenes a quienes les robaron su canto. ¿Y hoy? ¿No seguimos sometidos por nuevos “descubridores” que encubren sus saqueos apareando su música con las leyes del comercio que ellos imponen?



([1]) Se recomienda su escucha en dos interpretaciones del propio autor. Disponible en proceso.com.mx

([2]) Disponible también en la página electrónica del semanario.