FICUNAM, sexo y revolución

Esta semana se presenta la segunda edición del FICUNAM (Festival Internacional de Cine de la UNAM), que inició con el estreno de Cumbres borrascosas, dirigida por la británica Andrea Arnold, adaptación de la famosa novela de Emily Brontë que recupera la intensidad de la pasión y sensualidad del texto obliterada en las anteriores versiones de Hollywood. Habrá tiempo de verla después en la cartelera comercial.
Entre las cintas con menos oportunidad de localizar más tarde, La vida sin principios (Life Without Principles; Hong Kong, 2011), una amarga e irónica reflexión sobre la vida social y económica en la era posterior a la Colonia en Hong Kong; realizada por Johnny To, maestro del estilo y del ingenio. Estudio de la angustia y de los efectos de la globalización y del capitalismo rojo que bien podría haberse titulado: la mafia ensaya el arte de la especulación financiera.
Una sección imprescindible es, sin duda, la retrospectiva de Masao Adachi, cineasta independiente, guionista, actor y revolucionario artista experiemental, prácticamente desconocido en México. La impresionante trayectoria de Adachi abarca la moda del Pinku Eiga o cine porno masoquista de los años sesenta a principios de los setenta, colaboración con el Ejército Rojo Japonés e intenso activismo político con el Frente de Liberación Palestina.
En trabajos como El rezo de la eyaculación (Jugosai no baisyunfu; Japón, 1970), Adachi revienta los códigos de la “sexplotation” del pinku que giran en torno a imágenes de violencia masculina sobre el cuerpo femenino. Un grupo de cuatro adolescentes intentan descubrir la función del cuerpo como espacio de placer; entre ellos un chica de 15 años que trata de apropiarse de su sexualidad, pero sólo percibe a su propio cuerpo como objeto enajenado por el discurso de la supuesta liberación sexual. Ante la incapacidad de entender cómo “sienten” los adultos con el cuerpo, la niña recurre a juegos como la prostitución, el embarazo o el suicidio, únicos medios de apropiación de sí misma… Los cambios de negro y blanco al color marcan diferentes perspectivas y estados de ánimo. Juego de sexo (1968), por ejemplo, funciona como una especie de instalación visual donde se explora el tema del sexo, el poder.
Adachi ha sido también colaborador de Koji Wakamatsu, el más prolífico director de cine de vanguardia del Japón, lo más cercano a un autor underground. En la sección se incluyen cuatro de sus películas, entre ellas El embrión caza en secreto (1966) y Sex Jack’ (1970), estupendo trabajo de exploración, auténtica denuncia de la explotación del cuerpo femenino como zona de poder masculino. Una bomba contra la intolerancia y el machismo tanto del fascimo como de la militancia de izquierda.
Directores del Ero Sen (Pinku Eiga), entre ellos Seijun Suzuki, quedaron marcados por las violentas manifestaciones antiestadunidenses de 1960. Wakamatsu, la figura de culto más extravagante del cine japonés, proviene de una familia campesina, de joven perteneció a una banda de yakuza (mafia), salió de la cárcel para convertise en director, tuvo como mentor a Nagisa Oshima, con quien participó en la producción de El imperio de los sentidos, y entendió mejor que nadie la conexión entre sexo y política.