Insólito tener acceso a una obra de teatro escrita durante el holocausto al interior de un guetto. Karl Svenk, quien estuvo en el campo de Terezín localizado a 60 kilómetros de Praga, escribió y representó El último ciclista, teniendo como espectadores a dirigentes y prisioneros. Bajo estas circunstancias, ¿cómo hacer una obra crítica donde se ponga en cuestión la barbarie y la opresión de ese sistema?
El último ciclista fue la única obra que se rescató de este autor a través de la memoria de una actriz que participó en ella.
Svenk llegó a Terezín con un sinfín de poemas bajo el brazo y la intención de infundir ánimo y esperanza a sus compañeros. Con este espíritu se dedicó a escribir obras de teatro y encontrar el tiempo para conjuntar compañeros que se lanzaran a la aventura de escenificarlas. Así, El último ciclista, que actualmente se presenta en el Teatro Ofelia de la Ciudad de México, inicia con los momentos previos al ensayo general de la obra, la cual ha sido prohibida por el Consejo de Ancianos. A través de las discusiones que se desarrollan queda clara la situación que viven los artistas en el campo, la información que tienen del exterior y las formas en que intentan enfrentar la censura: un ensayo general es la solución y nosotros los espectadores.
Svenk crea una parodia de los nazis y los judíos representando a los segundos como los ciclistas y a los primeros como un grupo de locos que se han escapado del manicomio y que, comandados por una mujer, quieren destruir al último ciclista. El paralelismo es claro, tal vez clarísimo, y los símiles con la situación que el autor y sus compañeros están viviendo se dan de la misma manera a lo largo de la obra. Los ciclistas no saludan con el brazo extendido sino haciendo la señal de una C, insignia que también les es cosida en sus ropas; son amenazados con mandarlos a la Isla del Horror, que implica la muerte, y se ejemplifica paródicamente cómo aleccionan a los presos cuando la Cruz Roja viene a supervisar las condiciones humanas en las que viven.
Seguramente las condiciones en que la obra se representaba significaba un acto heroico donde la liberación que pudieran sentir los espectadores se antoja impresionante. Hablar de su propia condición con el lenguaje del teatro, reírse de sí mismos y de sus detractores, identificarse en la injusticia, la persecución y su encierro, ser el último ciclista y ver a sus carceleros como unos locos casi con retraso mental. ¡Qué logro del teatro!, qué importante se habrá convertido para los que vivían ese momento comunitario donde su misma condición adquiría otro significado. El valor de esta obra de teatro radica ahí, pero al sacarla de su contexto pierde toda su fuerza. A algunos de nosotros como espectadores nos resulta obvia, predecible, con correspondencias demasiado evidentes, y nos cuestionamos sobre la importancia de los porqués y paraqués se escribieron. A veces estas preguntas determinan las obras; en otras ocasiones las rebasan.
El último ciclista, dirigida por Isaac Slomianski y protagonizada por Paula Comadurán, se queda en un ejercicio teatral, donde 10 actores hacen múltiples personajes. Las soluciones escénicas y musicales fallan por ilustrativas. Los cambios son a vistas y en constantes semioscuros. Los actores tropiezan sus parlamentos o los objetos se caen cuando no deberían hacerlo. La actriz tiene la fuerza necesaria para realizar el personaje de esta perversa mujer que habla con su espejo como la bruja de Blanca Nieves, pero a la obra es difícil imprimirle verosimilitud. El tono fársico de la puesta se confunde con la precaria emotividad, pero el espíritu combativo de todo el equipo se rescata.
El último ciclista puede ser vista los jueves en el Teatro Ofelia, aunque el responsable de éste no haya resuelto las salidas de emergencia y, ya iniciada la función, cierre a piedra y lodo todos los accesos para, tal vez, hacernos sentir en un campo de concentración.








