El presidente en su trampa

Es preocupante la disociación esquizofrénica que muestra cada vez con mayor frecuencia Felipe Calderón. No fuera cosa de llamar la atención el desarreglo si se tratara de un simple hijo de vecino. Pero ocupa el puesto de mayor responsabilidad en los asuntos de la República. El escenario se torna entonces público y de interés colectivo. Lo acontecido a principios de la semana pasada debería ser una seria llamada de alerta. Vino a exponer a la capital de Jalisco como a una ciudad creativa digital. ¿Quién sabe qué querrá significar tal ampulosidad? Pero para el efecto fue invitado un público ad hoc, gente “empresarial”, que suele además revestirse de saco y corbata. Es, se sabe, el tipo de escenarios que prefiere Calderón para sus apariciones en público.

Aprovechando un momento de silencio –solemne, califica puntual el reporte periodístico–, Tonatiuh Moreno, dueño de la empresa Haini, increpó al ponente con estas palabras: “¿Cuántos muertos más? Cuando se acabe la guerra, ¿a dónde te vas a ir a vivir?” Calderón sintió que el increpante le pisaba el callo que más le duele. Reaccionó de la forma patológica que acostumbra cuando se le cuestiona el terrorismo de Estado que ha desatado y que ha tronchado tantas vidas de mexicanos. Hizo a un lado el tema y tronó en contra del muchacho que le cuestionaba.

Su cantaleta fue la que repite en todas partes: “Las muertes que hay en el país son por las organizaciones criminales que están reclutando jóvenes como tú. A lo mejor viene otro presidente y hará exactamente lo que tú quieres, que no se metan. Se va a quedar sentadito, calladito, volteando para otro lado. Pero pensar que eso va a acabar con la violencia, con la criminalidad, es una ingenuidad… Se dice de otra manera en mi tierra, pero estamos en público” (La Jornada Jalisco, 31 de enero).

Los esquemas mentales de Calderón son muy elementales. Reflejan un maniqueísmo atroz de una pobre dualidad simplificante: quien no está conmigo, está contra mí; sólo hay dos partidos y el otro está en el error. Lo grave no es que vea al otro como equivocado, sino que, por estarlo, deba ser exterminado. Y peor aún, que el crimen resultante, como es realizado por una fuerza autorizada, es legítimo. Tal penuria mental genera respuestas del tipo pontifical del “haiga sido como haiga sido”.

A los tapatíos nos tiene que preocupar además lo que haya querido significar al señalar la ciudad como su futura residencia. El sentido de la pregunta del joven apuntaba a si irá a poder cargar en la conciencia, ya como expresidente, la deuda de tantos muertos; de si podrá dar la cara a los paisanos en cualquier punto de la República en que se quiera establecer, porque su incuria ya manchó de sangre todos los espacios de la geografía nacional. En todo el país punza el estigma de los muertos de su absurda guerra. El joven Tonatiuh Moreno le hacía un fraternal llamado de conciencia. Tal vez con la peregrina ilusión de que el increpado rectificara. Pero Calderón le respondió fiel a su estilo diario, retador y pendenciero. Asumió su defensa porque no hay forma racional de justificar su escalada violenta, que rebasó todos los límites. Evadió el sentido ético del cuestionamiento, que era la virtud de fondo de la intervención del valiente joven. Calderón lo tomó literalmente, para escabullirse.

La respuesta no tiene desperdicio para los que habitamos la otrora perla de occidente. Decir que “a lo mejor” se viene a vivir “aquí a Guadalajara” tendría que sonrojarnos, por lo menos. Y tendríamos que cuestionar a los tapatíos presentes que se pusieron de pie, tributándole un estruendoso aplauso para vitorear su contundencia. ¿Quiso decir que Guadalajara es un nido de delincuentes impunes o de delincuentes que son aprehendidos, pero luego, con la anuencia solapada de los alcaides, se fugan de su prisión? Si fue el sentido de su respuesta, en alusión a la fuga del Chapo Guzmán, habría que aclararle que el penal de Puente Grande sí está en Jalisco, pero en Zapotlanejo, no en Guadalajara. Si iba en el sentido de encerrarse en cotos superprotegidos como lo hace Jean Marie Córdoba Montoya, refugiado en el Puerta de Hierro, éste se ubica en Zapopan. Es zona conurbada, pero no es Guadalajara.

Si tomó el nombre de nuestra ciudad como ejemplo para significar que puede quedarse tranquilamente en cualquier punto del país, habrá que refrescarle la memoria. Sus antecesores en el Poder Ejecutivo desde 30 años a la fecha sudan la gota gorda por no poder darnos la cara, dada su conducta apátrida. Como en su actuación en la Presidencia se dedican a obedecer a pie juntillas los dictados del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, y no el dictamen de los ciudadanos, que les vincula, no han sabido qué hacer después. Miguel de la Madrid tiene que fingir demencia para habitar aquí, y cuando, por arrebatos de sinceridad, descobija a Salinas, éste lo manda a rectificar. Y De la Madrid lo hace, que es la peor de las desvergüenzas. Zedillo optó por irse del país a ponerse a cobijo con sus patrones banqueros. Nunca ha regresado. Carlos Salinas, aunque ya regresó, anduvo errabundo mucho tiempo en Dublín y en Cuba. Fox ya vivía dopado con Prozac desde que era presidente, pero ahora que está escondido en su rancho ni abre la boca. Y cuando lo hace da a todo el mundo la impresión de que está extraviado de remate.

Peter Weiss, un dramaturgo alemán de finales del siglo pasado, es autor de un juguete teatral conocido como Marat-Sade. Mete a actuar bajo la dirección del Marqués de Sade, en el manicomio de Charenton, a todos los personajes disímbolos de la revolución francesa para establecer una línea de conducta comprensible como hombres del poder. Así desfilan por el escenario Danton, Robespierre, Jean-Paul Marat, Voltaire, Napoleón y otros. Los dramaturgos mexicanos ya deberían ir mojando en tinta sus estiletes para escribir escenas similares con los gobernantes que nos ha impuesto el imperio en los últimos 30 años, a ver si con sus esfuerzos literarios nos ayudan a entender el sainete tan absurdo que estamos viviendo. Pero la pregunta obligada es: ¿Guadalajara es el Charenton de sus locuras? ¿Es lo que quiso decir Calderón al apostrofarnos? La verdad es que los tapatíos merecemos una explicación satisfactoria del exabrupto, aunque los “empresarios” presentes lo festinaran y aunque sepamos que nuestro presidente de facto no nos satisfará.